¡Aparecieron los almendrones!

De tibia manera, pero alentadora, comienzan a verse esos autos gringos de los años 40s y 50s por las calles de La Habana. Algunos, con un claxon muy peculiar, que tal parece anuncian al viandante la llegada de forasteros que de una u otra forma, advierten y filman las alegrías y tristezas de la ciudad. 

Como pasajeros, esas personas con obligadas botellas de agua en mano, sombreros de aquí y de allá para protegerse del inclemente sol, gafas oscuras, pañuelos al cuello, camisas hawaianas y las cámaras de los celulares haciendo su trabajo.

Unos vehículos-reliquias, algunos convertibles de fábrica; otros, convertidos a la fuerza con el ingenio de un esmerado chapista. Es que esos descapotables, al aire libre son los más codiciados por el visitante que poco o nada le importa si en su interior hay un motor original, uno de la era soviética o europeo.

Aquí sí cabe desmentir el aquello de que una golondrina no hace verano. Quien se dedique a observar el comportamiento y presencia de los almendrones, podrá verificar que el negocio comienza a renacer. Amén, que así sea.

Y no les falta el petróleo a casi todos. Una incógnita que mejor ni averiguar. “Bueno”, me dijo un chofer, “siempre se resuelve”, palabra mágica que en una hora de recorrido ni el turista más sagaz podrá entender.

Parafraseando a aquel soldado del chiste, habrá que apuntar eso de “manden más que estamos ganando”.

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