Que no es lo mismo ser un número a montar uno

LA HABANA. Caprichosa la vida, la historia, que después de tanto tiempo uno vuelve a convertirse en un número y no en una persona.

Con una chapilla metálica y no dos como suele verse en filmes y gráficas, numerada con el 75 987 hice la guerra en la entonces nombrada Etiopía Socialista y ahora, casi 50 años después, soy el 90 en la fila del mercado para ser, nuevamente, un simple número y no fulanito de tal, hijo de Mengana y Zutano.

Lo menos que imaginé, llegado mi turno ante la persona que organizaba la fila, era que debía mostrar mi muñeca para que con bolígrafo corriente me espantara el 90.

Hasta las tantas de la tarde y desde las 8:30 am tendré que tener sumo cuidado en alejarme del agua para mantener esa parte de la mano y brazo bien distante de cualquier elemento que pueda borrar el nueve con el cero.

Un punto a mi favor es la entrada de un débil frente frío que nos dispensa una mañana gris, sin sol. Con lo cual, la acción del sudor quedará descartada y como pintura rupestre encontrada en profunda cueva, estará intacta la obra de la organizadora.

Debo confesar sin reparos, que en el momento del crucial acto me vino, como relámpago, aquella escena que de niño presencié cuando me llevaron a ver cómo marcaban las reses con unas marcas al rojo vivo.

Un ejercicio de inmovilización digno de un experto ortopédico. Reposo absoluto, con la vista clavada en el numerito y, de paso, en el reloj.

Y si alguien me preguntara el motivo de tanto molote tendría que confesar mi ignorancia o desconocimiento de lo que van a vender en el establecimiento. Pasaba por allí en el paseo matutino del perro, vi la aglomeración y supuse que algo necesario estaría allá dentro sobre los estantes. A pesar de que todavía no estaban escritos en pizarra, el olfato de los coleros profesionales auguraba algo bueno y necesario. Por tanto, unos segundos de espera para recibir el “tatuaje”.

A no dudar, otros en este convulso mundo pandémico y belicista, la pasan mejor o peor que nosotros. Yo cuento lo que me ha tocado.

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