Llamando a una revolución interior

Algunos están contentos con el statu quo. Otros argumentan que necesitamos una revolución socioeconómica, e incluso un  derrocamiento violento del gobierno, para curar la profunda podredumbre en nuestra sociedad.  Pero la violencia engendra círculos viciosos interminables, y estamos demasiado lejos de la costa para andar como una veleta. Necesitamos una revolución pacífica e interna que abarque un gran giro y un gran compromiso, como Gandhi, Nelson Mandela y Martin Luther King practicaron y enseñaron.

El compromiso es entender el camino de la política, la historia estadounidense y mundial, y el proceso político. Un compromiso para ayudar a construir sociedades democráticas. Buscar la verdad política, así como se busca la iluminación; y comunicar esta verdad lo mejor que puedas. El compromiso de conocerse a sí mismo y de cambiarse a sí mismo. Estos compromisos con una revolución interior, una revolución en la conciencia humana, deberían ser como una religión, pero desprovista de dogmas y supersticiones, destinada a romper para siempre los círculos viciosos de la guerra y otras formas de gran violencia.

¿Por qué hacer estos compromisos? Porque una persona necesita participar plenamente como ser humano en el proceso histórico, la confluencia de innumerables condiciones y circunstancias, entre las cuales se encuentra la propia existencia de cada uno. Se lo debemos al mundo que nos parió. Los estadounidenses tenemos una responsabilidad especial debido al daño desproporcionado que infligimos al planeta, así como a la influencia que ejercemos en todo el mundo gracias a la hegemonía económica, militar y cultural de nuestra nación.

¿Es esto difícil de hacer? Sí, pero no más difícil que el futuro que se avecina, donde los individuos pueden seguir poseyendo su instinto de supervivencia, pero el colectivo aparece estar en gran medida en una carrera hacia la extinción.

Ciertas sociedades han experimentado una revolución interior. En el Tíbet, por ejemplo, una revolución lenta resultó, al menos hasta que los chinos tomaron el poder en 1949, en una tradición de pacifismo, optimismo y compasión incondicional que comenzó 2.500 años antes. En ese entonces, un período que Arnold Toynbee llama la Era Axial, figuras imponentes tuvieron experiencias paralelas que fueron fundamentales para las civilizaciones euroasiáticas. Buda, Zoroastro, Moisés, Sócrates, Confucio y Lao Tse dirigieron revoluciones internas.  Nuestros días están maduros para similares experiencias pivótales, líderes comparables, y la enseñanza correspondiente a las multitudes.

En tiempos modernos, los Universalistas Unitarios para una Comunidad Económica Justa, por ejemplo, ponen un fuerte énfasis en el gran giro para todas las sociedades. Corresponde a otras comunidades, religiosas o no, centrarse también en sus temas esenciales. Según la visionaria Joanna Macy, estas preocupaciones reemplazan la subordinación actual a los imperios con una comunidad global basada en arreglos sociales sostenibles, justos y mutualistas. En 1987, la Comisión Mundial de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo formuló la llamada Carta de la Tierra, que encarna esta visión, para guiar la transición hacia el desarrollo sostenible. Un gran número de organizaciones internacionales, instituciones religiosas, organismos políticos, universidades y otros la han respaldado.

¿Cómo podemos promover los objetivos de la Carta de la Tierra y contribuir al gran giro? La respuesta es compleja y depende de la posición única de cada persona en la sociedad. Mi enfoque aquí es el tercero de los cuatro pilares de la Carta de la Tierra: construir sociedades democráticas que sean justas, participativas, sostenibles y pacíficas. En última instancia, la democracia es el mejor antídoto contra la guerra y el mejor caldero del progreso humano. La guerra es típicamente librada por minorías de viejos privilegiados que ostentan el poder, pero librada en los campos de batalla por los desempoderados, jóvenes y pobres. La guerra es la antítesis del gran giro; es típicamente una expresión de impulsos imperiales, perjudica a la tierra, agota nuestros recursos y lesiona a los inocentes más que a los ejércitos.

Construir sociedades democráticas en todo el mundo es una ardua tarea. Así como primero debemos construir una sociedad verdaderamente democrática en casa antes de que podamos predicarla en el vecindario, debemos cambiarnos positivamente a nosotros mismos antes de que podamos cambiar positivamente al mundo. Ni siquiera el imperio militar y económico más poderoso de la historia puede imponer la democracia por la fuerza. Solo se puede dar un ejemplo, comenzando con una revolución interior. Una buena toma de conciencia a la antigua usanza es necesaria para implantar la Carta de la Tierra, y cada persona con una conciencia elevada necesita ponerse de pie y hacerse oir. No podemos permitir que las falsedades y el pensamiento erróneo queden sin respuesta. Nuestras voces necesitan ser escuchadas aún más fuertes que aquellas con tendencias retrógradas y destructivas.

Para que esta revolución interior triunfe, debemos entender y practicar la verdad. A menudo, estamos ciegos a la verdad en la arena política porque los gobiernos, los medios de comunicación y los intereses especiales la ocultan o distorsionan. Si no podemos reconocer la verdad, no podemos actuar en consecuencia. Como dijo George Orwell: “En tiempos de engaño, decir la verdad es un acto revolucionario”.

Estamos abrumados por las falsedades. Los anunciantes, los funcionarios públicos, las agencias del gobierno en todos los niveles, y los políticos electos mienten habitualmente. Trump es, con mucho, el campeón de todos los tiempos y en gran medida logró normalizar la mendacidad. Los principales medios de comunicación también mienten o no hacen su trabajo de desvelar la verdad y, a menudo, sirven como megáfonos involuntarios para los estamentos de poder. Las mentiras tienen horrendas consecuencias antidemocráticas porque allanan el camino a la guerra. La guerra de Vietnam, por ejemplo, fue vendida al pueblo estadounidense gracias en parte a la mentira encarnada en la resolución del Golfo de Tonkin de que hubo un segundo ataque contra un destructor estadounidense por parte de torpederos norvietnamitas en 1964. La administración de Bush orquestó de manera similar una campaña de desinformación para justificar la invasión iraquí, tratando de hacernos creer que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Al igual que en Vietnam, esta desventura había sido planeada antes de las justificaciones públicas. Tampoco salió bien, causando muertes incalculables, sufrimiento y destrucción en nombre de la defensa de la libertad y la democracia. No se aprendió ninguna lección de Vietnam.

No es sorprendente que aproximadamente el cuarenta por ciento de los estadounidenses siguieran creyendo que Saddam tenía armas de destrucción masiva incluso después que se demostró que era falso. Y minorías sustanciales nunca dejaron de creer otras justificaciones desacreditadas entre las muchas falsedades patentes propagadas por los belicistas, como “varios de los secuestradores que atacaron a Estados Unidos el 11 de septiembre eran iraquíes” o “Saddam ayudó a planificar y apoyar a los secuestradores que atacaron a Estados Unidos.”

Algunas personas creerán cualquier cosa, y la derecha se aprovecha de esto. Porcentajes significativos de estadounidenses creen que reptiles que cambian de forma controlan al mundo al tomar forma humana y ganar poder político para manipular nuestras sociedades. Lo que es peor, creen que nuestro clima se está calentando completamente por sí solo, lo cual es más demencial que creer que el clima no se está calentando en absoluto. Incluso antes de Covid, un estudio de JAMA de 2014 mostró que el 20% de los estadounidenses creen que “los médicos y el gobierno todavía quieren vacunar a los niños a pesar de que saben que estas vacunas causan autismo y otros trastornos psicológicos”. La Fundación Nacional de Ciencias descubrió que uno de cada cuatro estadounidenses cree que el sol gira alrededor de la Tierra, y Scientific American informó una vez que solo el 66% de la generación milenial piensan que la Tierra es redonda.

Trump terminó su mandato con casi 25,000 mentiras documentadas, muchas de las cuales se han arraigado firmemente en los cerebros del 40 por ciento o más de los votantes, y sus seguidores cultistas continúan creyendo la Gran Mentira de que Biden robó las elecciones. Los cultistas de QAnon van aún más lejos y predican que una camarilla de abusadores sexuales satánicos y caníbales de niños operan una red global de tráfico sexual infantil que conspiró contra Trump, además de muchas otras teorías de conspiración locas de remate. La propaganda alimentada por un grupo de Generación Z sostiene que las aves no existen y que en realidad son réplicas de drones instaladas por el gobierno de Estados Unidos para espiar a la ciudadanía. Cientos de miles de jóvenes se han unido al movimiento, visten camisetas que rezan Los Pájaros no son Reales, acuden en masa a mítines, difunden el eslogan y exigieron que Twitter cambiese su logotipo de pájaro, aunque todo fue creado explícitamente como una parodia de QAnon. Debido a las mentiras sembradas por Trump y sus aliados en este terreno fértil, hay una creciente evidencia de que los republicanos son cada vez más propensos a recurrir a la violencia contra el gobierno y los opositores políticos.

Las falsedades prosperan en parte debido a una corriente histórica de anti-intelectualismo en la sociedad estadounidense, que devalúa el conocimiento y la razón. Esta tendencia impulsa los esfuerzos para denigrar abrumadores datos científicos que muestran los efectos nocivos de los gases de efecto invernadero producidos por el hombre y la noción misma del cambio climático, en beneficio de las industrias de combustibles fósiles. También sustenta la oposición a las vacunas y los nasobucos. Hay una especie de orgullo nativista en demostrar que eres ignorante y estúpido, y no importa si te lavan el cerebro y te manipulan. Es más, algunos incluso creen que el gobierno debería estar al servicio de los súper ricos, que tienen derecho a hacerse más ricos en virtud de haber comenzado siendo ricos.

Las falsedades históricas o políticas también prosperan porque los maestros de la manipulación política como Joseph Goebbels desarrollaron técnicas efectivas para lavar el cerebro a las masas. Técnicas similares a las nazis están documentadas en Outfoxed, por ejemplo, una película que muestra cómo los canales de Fox News sirven como cámaras de eco para su partido y políticos favoritos, y el funcionamiento interno de un esfuerzo coordinado para manipular la opinión pública y dar forma a la percepción de la realidad.

George Lakoff, un lingüista cognitivo que enseñó en la Universidad de Berkeley y fundó el Instituto Rockridge, es el autor de Moral Politics: How Liberals and Conservatives Think, así como varios otros libros sobre cómo el lenguaje afecta nuestras ideas y creencias. Explica cómo las fuerzas antidemocráticas, incluidos ciertos tanques de pensadores, fundaciones y algunos medios de comunicación, han utilizado deliberadamente construcciones de lenguaje llamadas “marcos” y “memes” para lograr sus objetivos estrechos y socavar la voluntad y los intereses de las mayorías democráticas –– es decir, a través del lavado de cerebro. En el galardonado libro Dark Money: The Hidden History of the Billionaires Behind the Rise of the Radical Right, la distinguida periodista investigativa Jane Meyers también detalla  meticulosamente cómo las organizaciones de derecha emplean técnicas de lavado de cerebro basadas en marcos y memes a la vez que ocultan las fuentes de dinero de esas organizaciones. También utilizan numerosos legalismos, volteretas marginalmente legales y fraudes para evadir tanto los impuestos como el escrutinio de la sociedad sobre esta verdadera “vasta conspiración”.

Los marcos se pueden describir como el agregado de connotaciones inconscientes de términos, incluidas las metáforas. Los memes son unidades de ideas culturales como frases hechas, creencias y modas. Son armas para las batallas libradas por los medios conservadores en sus fabricadas guerras culturales. Los marcos y memes reflejan dos puntos de vista fundamentalmente diferentes del mundo que resultan de lo que Lakoff llama  moralidad de “Padre Estricto” y moralidad de “Padre Sustentador”. Los conservadores tienden a modelar la moralidad del Padre Estricto en sus ideologías, los liberales en la moralidad del Padre Sustentador.

Como ejemplo que es central para nuestras preocupaciones sobre la supervivencia de la especie en oposición a la preservación de los privilegios de los súper ricos, Lakoff explica que “la visión conservadora de la relación del hombre con la naturaleza . . .  surge naturalmente de la moralidad del Padre Estricto [y es] conceptualizada y razonada en términos de un sistema de metáforas comunes que se ajustan mejor a la visión del Padre Estricto. Incluyen (1) La naturaleza es el dominio de Dios; (2) La naturaleza es un recurso; y (3) La naturaleza es propiedad, entre otros.

[La primera, metáfora de la “mayordomía”,] dice que la Naturaleza, por la autoridad de Dios, es del hombre para usarla para lo que quiera, [aunque] debe usarla con sensatez y frugalidad.

La metáfora del recurso . . . asume que todo lo que está en la naturaleza es, y debe ser parte de un sistema económico humano. Su valor no es intrínseco, sino que está determinado por lo útil que es para los seres humanos y lo abundante que es [. . . ] Según la metáfora de la propiedad, la naturaleza está a la venta, al igual que un sofá, un automóvil o un videojuego. Las cosas en la naturaleza (bosques, lagos, volcanes, cañones) pueden ser puestas a cualquier uso que el propietario quiera, o incluso destruidas si ese es el deseo del propietario. El valor de la naturaleza, en esta metáfora, es como mercancía, y fluctúa con los gustos locales y las condiciones del mercado. En esta metáfora, los arroyos, lagos y valles no tienen un valor inherente, solo un valor de mercado.

El capitalismo salvaje se basa en la moralidad de Padre Estricto y sus correspondientes construcciones conservadoras. Es fácil ver cómo tales construcciones conducen a memes como “taladra, bebé, taladra”, que acuñó el entonces senador John McCaine, a un  sistema “regulatorio” del gobierno donde los reguladores se han encontrado literalmente en la cama con las compañías petroleras que se suponía que debían regular, y a la inquietante noción de que los parques nacionales y las reservas federales deberían estar abiertos a una mayor exploración petrolera a pesar  de que, como nación, tenemos solo el cinco por ciento de las reservas de un recurso finito mientras consumimos el 25 por ciento de la producción actual del mundo.

Los estudios de Lakoff y otros demuestran que los marcos y memes, junto con otras técnicas de lavado de cerebro, se pueden usar no solo para afectar los juicios de valor, sino también el procesamiento de los hechos. Los hechos objetivos basados en la realidad no desplazan los juicios de muchas personas. Los juicios desplazan a los hechos y abrazan falsedades que concuerdan con los marcos y memes fijados en nuestros cerebros. La última investigación de Lakoff muestra que las falsedades y el engaño eventualmente se vuelven cableados de nuestras neuronas, lo que hace imposible aceptar la verdad y la realidad, sin que importe la  evidencia, la razón o la lógica. Y la psicología evolutiva enseña que, como especie, los humanos no han heredado una ventaja genética por decir la verdad o creer la verdad. De hecho, la conciencia misma parece ser principalmente un mecanismo de auto-engrandecimiento mendaz que se logra a través de la narración revisionista. Sin embargo, no debemos mentirnos a nosotros mismos ni a los demás, y debemos superar delirios mortales como el odio, el racismo y todo tipo de supremacía. Debemos entender nuestros genes e ir más allá de ellos.

¿Cómo podemos escapar de los efectos de la propaganda, los marcos y los memes, distinguir la verdad de la falsedad y aplicarla para promover sociedades democráticas? Cumpliendo con nuestros compromisos.

Debemos entender cómo otros están enmarcando los problemas. Debemos separar los hechos de la desinformación y no dejarnos manipular por el miedo, la ira y los delirios. Debemos estudiar asiduamente y aprender cómo gira el mundo. Debemos buscar activamente la verdad, investigar diferentes fuentes y estar más informados sobre lo que sucede en nuestro país y otras partes.

Debemos practicar la verdad absteniéndonos escrupulosamente de habladurías, chismes y cotorreo de fuentes cuestionables. Debemos verificar nuestros alegatos, y debemos aprender a enmarcar el debate para que podamos comunicar ideas progresistas de manera persuasiva. Debemos hacerlo nosotros, no dejarlo en manos de otros. Únete a un grupo o a un partido. Contribuye financieramente dentro de tu capacidad. No te quedes callado cuando sea hora de hablar. Encuentra otras formas de actuar, conforme a tu situación individual. Todos estos actos reverberan sobre las innumerables redes de relaciones que conforman nuestras sociedades y colectivamente tienen el poder de rehacerlas.

Debemos enfatizar que la mejor manera de promover la democracia es dar el ejemplo, no imponerla por la fuerza de las armas, y  recordarles a los políticos que los fines nunca justifican los medios. Como dice Thich Nhat Hanh en Peace is Every Step, “No hay camino a la paz, la paz es el camino. ”

Hemos visto que la democracia no está garantizada. Trump estuvo a punto de destruirla, y aún no ha terminado. No solo debemos repararla, sino también trabajar para fortalecerla.

(*) Amaury Cruz es abogado, escritor y activista político de Miami Beach. Es Licenciado en Ciencias Políticas y Juris Doctor.

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