Unión con el mundo, no con una parte

La agudización del conflicto entre Rusia y EE.UU. por la expansión de la OTAN hacia el este y el destino incierto de las conversaciones entre ambas potencias para resolverlo, han puesto de nuevo sobre el tapete la posibilidad de un despliegue de cohetes rusos en esta área geográfica. De nuevo, porque esta Rusia es la heredera de aquella CCCP que en 1962, en plena Guerra Fría, instalara proyectiles nucleares en Cuba —aprovechando el riesgo de agresión directa de los Estados Unidos a la entonces llamada Isla de la Libertad— para equilibrar la balanza nuclear global ante la amenaza de cohetes estadounidenses situados en Turquía.

No es gratuito el revuelo político y mediático que causó en todo el mundo, a excepción del Gobierno cubano y su prensa oficial, la respuesta ambivalente del jefe de la delegación rusa en las conversaciones con Estados Unidos a una pregunta al respecto. La Crisis de Octubre/de los Misiles/o del Caribe, cumple este año su aniversario sesenta y ningún ser humano en su sano juicio —del que excluyo a los extremistas de ambos bandos—, desearía que se repitiera un escenario como aquel que puso a gran parte de la humanidad, incluida Cuba, ante su peor amenaza de extinción violenta.

Aunque algunos se asombren de las reacciones de alarma en gran parte de la sociedad civil cubana, el asunto no es como para que metamos la cabeza en la arena. Primero, porque ya pasamos por eso en 1962 y sabemos cómo finalizó: un acuerdo entre los dos grandes para retirar sus respectivos misiles y una promesa verbal al pequeño de que no habría invasión del ejército regular de los Estados Unidos; pero nada de terminar los ataques terroristas, acoso político y diplomático, bloqueo económico y base de Guantánamo.

Segundo, porque en la larga historia de relaciones de la nación cubana y sus instituciones representativas con el expansionista vecino del Norte —desde la República de Cuba Libre en Armas hasta el actual gobierno socialista—, hay toda una tradición de roces y choques por razones bilaterales, como le ocurre a todos los países pequeños situados en la periferia de poderosos imperios, que no vale la pena exacerbar por intereses de terceros.

Si alguien profundizó en el tema del conflicto Cuba-EE.UU., cuando aún no éramos república, fue José Martí. De él analizaremos varios juicios que pueden ayudarnos a entender cuál debiera ser la posición actual de Cuba ante esta «pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos».[1]

)El viceministro de Exteriores ruso, Sergei Riabkov, se ha referido a la presencia militar en América Latina en una entrevista con la cadena RTVI. (Foto: Thomas Peter / fotografía de Pool vía AP, Archivo)

En aquella época de fines del siglo XIX, el Apóstol advirtió a nuestros pueblos de América sobre la necesidad de prepararse para enfrentar el peligro mayor que se avecinaba: la intervención de los Estados Unidos. De ahí que otorgó rango de ley sociológica a esta generalización: «Los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos». (19, 365)

En las Bases del Partido Revolucionario Cubano quedó definido que los patriotas cubanos aspiraban a constituir: «una nación capaz […] de cumplir, en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señalan». (1, 279) Tal pretensión era el clímax de la lucha incesante de Martí contra las pretensiones estadounidenses de apoderarse de la América Hispana que alcanzó primeros planos con la Conferencia Panamericana (1889) y la Conferencia Monetaria. (1891)

Martí comprendió que la política expansionista de los Estados Unidos no se limitaba a la tradicional intervención político-militar, sino que concebía también la de tipo económico. De ahí su verdadera intención al celebrar tales encuentros internacionales: juntar a los países latinoamericanos en una unión continental bajo su hegemonía económica.

Por ello advierte sin ambages:

Jamás hubo en América, de la independencia para acá, asunto que requiriera más sensatez, que obligue a la mayor vigilancia, que pida examen más claro y minucioso que la invitación que los Estados Unidos, poderosos, repletos de productos invendibles y determinados a extender sus dominios por América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para coordinar una liga contra Europa y cerrar los negocios con el resto del mundo (6, 46).

Martí percibió con agudeza que el proyecto de integración regional que los nunca generosos Estados Unidos intentaba ensayar en Latinoamérica implicaba un nuevo sistema de colonización. Ante esta coyuntura postuló cuál era la mejor política a seguir para los «pueblos menores»:

El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios. Distribuya sus negocios entre países igualmente fuertes. Si ha de preferir a alguno, prefiera al que lo necesite menos, al que lo desdeñe menos. Ni uniones de América contra Europa, ni con Europa contra un pueblo de América (…). La unión, con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él, contra otra. (6,160)

Por eso, más que aprovechar en nuestro beneficio las contradicciones interimperialistas, el Apóstol exhortaba a la unidad latinoamericana y al desarrollo urgente de sus países como valladar ante el avance de los yanquis. En 1891 declaró: «el deber urgente de Nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento» [frente] «al desdén del vecino formidable, que no la conoce». (6, 22)

Percibía la lucha entre ambas Américas como un peligro en ciernes que aún era posible conjurar mediante una política sabia y emprendedora. Fue en este contexto histórico, fortificado con el presumible avance económico de la región al terminarse las obras del canal interoceánico, que madura en el pensador cubano la idea de una república antillana, libre y fuerte, que sirviera a Nuestra América «de pórtico y guarda».

No obstante, la visión de Martí sobre Estados Unidos no fue jamás antinorteamericana, pues, al mismo tiempo, es crítica con los defectos y entusiasta con los aspectos positivos y novedosos de aquel inmenso país, su cultura y grandes personalidades. En una sentencia define su posición al respecto: «Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting», (1,231) contraponiendo dos símbolos: el popular presidente, salvador de la Unión y liberador de esclavos, y el famoso aventurero expansionista, que intentara arrebatarle el Estado de Chihuahua a México.

Estatua de José Martí en Ybor City, Estados Unidos.

En la tercera década del siglo XXI mucho ha cambiado el mundo: durante la pasada centuria los Estados Unidos establecieron su hegemonía a nivel americano y mundial, y ahora pelean por conservarla ante la amenaza de potencias emergentes como China y Rusia, dueñas de arsenales nucleares. Los países pequeños debemos tener sumo cuidado y proteger nuestros intereses nacionales al navegar en aguas batidas por las colas de esos monstruos furiosos.

El propio Martí aseveró: «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras» (6, 16) y también: «No se debe exagerar lo que se ve, torcer, ni callar […] Lo primero, en política, es esclarecer y prever». (22,256)

Con ese espíritu analicemos la actual coyuntura mundial y los riesgos y beneficios que puede reportar para Cuba, sin caer en extremismos ni idealizaciones.

Rusia no es la URSS y sus pretensiones hegemónicas no poseen un alcance similar. Aunque tiene un territorio inmenso y sus fuerzas armadas son poderosas, su economía no está ni entre las diez primeras del mundo y marcha a la zaga en muchos aspectos de la ciencia y la tecnología. Una exacerbación de las tensiones con Estados Unidos y la OTAN no les sería favorable bajo ningún concepto. Difícilmente provocarían a esos rivales con el envío de una importante fuerza militar —ni hablar de cohetes nucleares— al otro lado del Atlántico, lo cual provocaría una reacción militar segura de tan poderosos contendientes.

En cambio, el espacio vital ruso llega hasta el este de Ucrania, de modo que harán todo lo necesario para evitar que el Donbass sea recuperado por Kíev y convertido en una plataforma de emplazamiento de cohetes que apunten al corazón de su territorio. Es más plausible que invadan Ucrania a que instalen armas en Cuba y Venezuela. El gobierno y pueblo cubanos no pueden dejarse llevar por el espejismo de una sombrilla nuclear rusa; si la URSS no pudo sostenerla cuando estaba casi a la par con Estados Unidos en la carrera nuclear, menos podría hacerlo Rusia en este momento.

Muñecas de madera rusas tradicionales del presidente ruso Vladimir Putin y el presidente estadounidense Joe Biden en una tienda de souvenirs en Moscú. (Foto: Pavel Golovkin / AP)

Cuba tiene mucho por hacer en la reforma económica y política del país con el fin de encontrar una senda propia, con o sin bloqueo estadounidense, como para involucrarse en un enfrentamiento entre poderes imperiales. Liberar la actividad económica en todos los sectores (estatal, cooperativo, privado e inversión extranjera) hará más fuerte a Cuba que cualquier compromiso con una potencia de segundo orden como Rusia.

El bloqueo estadounidense afecta despiadadamente a la Isla, pero su poderío militar destruyó a Vietnam por diez años y luego lo bloquearon durante veinte más (1976-1996). Sin embargo, cuando la reforma Do Moi demostró que el país se desarrollaba con sus propias fuerzas, el interés económico hizo que los EE.UU. retiraran el bloqueo y se convirtieran en uno de sus principales socios económicos.

Si Cuba reemprendiera el camino del crecimiento podría aspirar a una mayor y más provechosa relación económica con la otra gran potencia actual: China, país socialista a su manera, pero renuente a subvencionar las eternas pérdidas cubanas por el mal funcionamiento de su aparato económico.

Cuando Cuba se abra a su propio pueblo —emprendedor, creativo y trabajador como pocos—, sin monopolios ineficaces ni burocracias parasitarias; y sus empresas puedan unirse libremente al mundo de los negocios internacionales, la sombrilla económica la protegerá con más seguridad que cualquier alineamiento con potencias mundiales que requieran de su apoyo coyunturalmente.

[1] José Martí: «Nuestra América», Obras Completas, 28 tomos, editorial Ciencias Sociales, 1975-1978, T6, p. 15. Todas las referencias son de esta edición, por lo que solo se consignará entre paréntesis el tomo y la página.

Tomado de La Joven Cuba.

 

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