La estrategia cubana para la economía en la era del COVID-19

LA HABANA. Los acontecimientos extraordinarios de 2020 relacionados con la pandemia de COVID-19 y la exacerbación de las sanciones desde Estados Unidos han precipitado el advenimiento de la peor crisis económica en Cuba desde el colapso de la Unión Soviética. Solo en esas circunstancias se lograron los consensos mínimos para elaborar una “Estrategia Económico-Social para el impulso de la economía y el enfrentamiento a la crisis mundial provocada por la COVID-19”, anunciada el 16 de julio de este año, y que intenta rescatar las propuestas más importantes de la “actualización”. El nuevo documento trata de conjugar los cambios en el “modelo” con medidas específicas para impulsar la recuperación de la producción.

La economía cubana lleva décadas entrampada en una senda de muy bajo crecimiento que ha perdido impulso en años recientes, acompañada de un empeoramiento de la distribución del ingreso, y de la acumulación de fallas estructurales. Estos factores se han asociado inequívocamente a las falencias del modelo económico cubano. La pandemia misma cambia muchas cosas en el mundo, como el comercio y la expansión (antes indetenible) de las cadenas de valor, aunque también ofrece oportunidades interesantes para Cuba, como la revalorización de los sistemas de salud. Ello reconfigura las posibilidades de intervención internacional, aspecto clave para un proyecto que persiga progreso en las condiciones de la Isla. Cualquier estrategia para Cuba tiene que estar acompañada de un cambio en el modelo, independientemente de la coyuntura. Esa transformación es imprescindible, porque a través de ella se construyen los instrumentos y surgen los actores que permitirían acelerar el crecimiento, impulsar la transformación productiva y mejorar la distribución del ingreso.

En el caso cubano, la transformación del modelo y el impulso de la economía son dos procesos que tienen que transcurrir simultáneamente, pero son de distinta naturaleza. “La Estrategia…” no distingue claramente entre estos dos procesos, y tampoco esclarece cómo se transformará el marco institucional, que es esencial para la función de monitoreo y evaluación, y requiere también de un sistema de indicadores y criterios de medida. El modelo tiene que transformarse, porque el actual no le permite a la Isla dar respuesta a los desafíos de su desarrollo en el siglo XXI. Es en su transformación donde la sociedad cubana encontrará herramientas para hacer frente a sus desafíos.

El documento se estructura sobre dieciséis “áreas claves”. Este estilo da continuidad a la práctica de “sectorializar” la economía y la sociedad, lo que es coherente con una visión administrativa y vertical de conducción de los procesos sociales. De hecho, las áreas tienen más que ver con la estructura ministerial, que con la naturaleza de la actividad productiva o social que les da sentido. Si se analizan desde el punto de vista de la producción, estas “áreas” comprenden la casi totalidad del Producto Interno Bruto, excepción hecha de aquellas que no son sectores económicos propiamente dichos.

Este es un problema que se hereda del “Plan 2030”, en el cual se habían identificado once sectores estratégicos. Un país pequeño, con escasos recursos no puede tener tantas prioridades. En ese contexto, lo importante se diluye. Todavía peor, es una evidencia del comportamiento aprendido en las organizaciones de una economía centralmente “planificada”. Ellas entienden que, si no figuran en las “prioridades”, la asignación de recursos está comprometida, lo que hará aún más difícil el desempeño de la organización.

Esta agregación de “áreas” también tiene consecuencias para la integración del documento, dado que el propio lenguaje trasmite la noción que se trata fundamentalmente de una suma imprecisa de propuestas que proceden de los respectivos organismos encargados, en lugar de constituir una estrategia orgánica, resultado del debate profundo y la maduración de la discusión. Esto se puede apreciar en que los niveles de elaboración de las propuestas varían de acuerdo a las áreas. En algunas, se incluyen cifras muy específicas que no se corresponden con el nivel de proyección de una estrategia nacional, mientras que en otros casos son muy generales.

Esa propia estructura impide comprender cuáles son los objetivos generales, dado que las políticas transversales, lo verdaderamente trascendente, se hallan subsumidas dentro de las respectivas secciones. Si se profundiza, esto no resulta sorprendente, dado que la transformación del modelo se ha incluido como parte de las “políticas” específicas para cada área. Esto no es nuevo, pero sigue siendo grave.

La ausencia de políticas horizontales con entidad propia genera contradicciones a lo largo del documento. Por ejemplo, la Estrategia menciona en numerosas partes la necesidad de ampliar el papel del sector privado y cooperativo, y su interacción con el resto de los actores productivos. Sin embargo, este principio dista de ser contemplado homogéneamente por todas las “áreas”, lo que refleja una vez más un manejo “conveniente” de la participación de ese sector en la economía nacional. Básicamente, se encarga de lo prescindible, ya sea por falta de recursos o por escasa capacidad institucional.

De forma global, la Estrategia anuncia con suficiente claridad dos procesos que se fortalecerán en los próximos periodos: dolarización y avance del sector privado y cooperativo. En ambos casos no sin contradicciones. La dolarización es una consecuencia inevitable de la severa crisis en balanza de pagos. La recurrencia de estas crisis debe servir para dejar establecido que se deben esencialmente a problemas estructurales, y que el “modelo” económico cubano no cuenta con los resortes para actuar sobre esas fallas.

Las propuestas del documento apuestan a “manejar” la crisis, en lugar de acompañar la administración de la coyuntura con medidas de mayor calado. En esa línea, se encuentran afirmaciones descolocadas como “…aplicar el principio de no importar lo que se puede producir en el país”. Cuba es una economía pequeña y abierta, y lo seguirá siendo. La administración mercantilista del comercio exterior es una de las causas de la desarticulación productiva que alcanza, incluso, a los sectores exportadores. Cuba no necesita importar menos, todo lo contrario, porque se queda sin oxígeno el aparato productivo.

En su lugar, Cuba tiene que exportar más e integrar mejor el tejido productivo doméstico, reduciendo el derroche de recursos y aprovechando mejor las capacidades productivas ya instaladas. Esto no se puede hacer sin una visión orgánica sobre el papel del sector privado y cooperativo en el “modelo”. El actual sistema de dirección de la economía tampoco puede proveer eso, porque es vertical y administrativo.

Las debilidades anteriores resultan en que la Estrategia carezca de foco, y de un horizonte temporal claramente establecido. Los ámbitos de la transformación del modelo y la reactivación económica están mezclados, sin límites claros entre uno y otro.

Asimismo, deja entrever dos problemas serios que enfrentan aquellos que en el Gobierno y otras instituciones apuestan por una transformación que produzca un modelo de prosperidad sostenible. Por un lado, las enormes resistencias que tiene que enfrentar ese cambio. La mayor parte del quinquenio desde 2016 se ha dilapidado en discusiones superficiales y zigzagueos contraproducentes que han dejado al país mal parado para enfrentar una calamidad de esta magnitud. Por otro, la disminuida capacidad institucional para implementar la transformación que requiere la Isla, la deficiente calidad de los documentos principales, incluyendo su propia redacción y estilo, asoman un futuro con grandes dificultades si se perpetúa la postergación de los cambios ya inevitables.

La construcción de un nuevo sector público capaz de responder a las necesidades contemporáneas de Cuba es una tarea de décadas, y es un imperativo comenzar ahora mismo. Con todo, la voluntad política verdadera es la clave para avanzar. Ahora que la pandemia y las sanciones han permitido ver con toda nitidez las grandes debilidades de la economía cubana y el modelo que la contiene, esta puede ser la oportunidad definitiva para dotar a la nación de un programa realista de transformación y reactivación económica.

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