“Todos los días me parecen sábados o domingos”

La primavera me sorprendió encerrada. Desde el cuarto piso en el que vivo he visto cómo de a poco los árboles recuperan su follaje, ahora con un verde claro que seduce. Entonces siento envidia de la naturaleza que sigue su cauce natural, como si nada hubiera cambiado. Palabras como confinamiento, cuarentena, distanciamiento, se han puesto de moda. El Coronavirus ha venido a trastocar la sociedad, que ahora se me antoja detenida, estática, justo como el reloj de pared que tengo a mi izquierda.

Por lo menos esa es la impresión que me da la ciudad de Salou, en España. La cotidianidad se resume a las calles vacías, el silencio, solo interrumpido por el canto de las aves, los aplausos de reconocimiento al personal médico de las ocho de la noche, algún grito aislado que surja de pronto o los altavoces de la policía que recuerdan desde sus carros que debemos quedarnos en casa. Es un silencio que te envuelve, te sobrepasa, te absorbe. Tanto que el sonido de los grillos en las noches nos demuestra, por primera vez, su existencia.

Los indicios de vida en las calles se resumen a alguien que viene o va de hacer las compras, anunciadas por el carrito o la bolsa. Otro que pasea a su perro. O los taxistas que en la calle paralela a la de mi edificio y en pose estoica resisten todo el día y hasta la noche, sin importar el clima, con la esperanza de que aparezca algún cliente para asegurar los ingresos de la jornada.

A veces pierdo la noción del tiempo. Todos los días me parecen sábados o domingos. Extraño los paseos de fin de semana tomada de la mano con mi pareja, las tardes en que nos íbamos de cine y hasta los días de clase doctorales en la universidad, cuyas sesiones han pasado ahora a la virtualidad.

La comunicación con el mundo se resume a pantallas: la del televisor, la del móvil, la del ordenador. Todo el día al tanto de las noticias. Las de aquí y las de Cuba, porque de allá no puedo desligarme, aunque esté a más de siete mil kilómetros. Esa es la banda sonora. Para completar el audio real en internet de mi emisora local en Cuba, Radio Juvenil, una ventana, una suerte de escape a mi terruño.

Pero todo no es tan malo. Ya comienza a vislumbrarse la esperanza. Por fin han autorizado a que los más pequeños salgan un rato a la calle. Asomada al balcón disfruto del espectáculo de verlos correr, montar bicicleta, ir en sus patinetes. Van felices, gritan, llaman a sus padres, disfrutan de la pequeña libertad que hoy han recibido.

Mientras, espero que todo pase. Resistiré, tal y como dice el estribillo de una canción que por aquí se ha convertido en himno. Sigo en mi balcón. Doy las gracias cada mañana cuando, al abrir la ventana, me sumerjo con los ojos en el mar, ese mar que me queda a unos doscientos metros y cuyo murmullo me acompaña ahora, porque la brisa que se cuela por la ventana me lo atrae, matizado con el trinar de los pájaros. Es primavera, y todos esperamos que podamos disfrutarla pronto, de cerca.

Yanelis Martínez González, 27 años. Estudiante de la Universidad Rovira i Virgili, Tarragona. Salou, España.

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