“Quiero pensar que hemos aprendido algo”

La vida se me ha virado al revés. Ha sido muy impactante el cambio. Primero me redujeron el horario de trabajo, después los días… Ahora tengo un vecino que dio positivo al virus, frente por frente a mi casa, y llevo dos semanas sin trabajar, conviviendo en una casa relativamente pequeña con cuatro personas más. Es muy complicado.

He hecho cosas a las que no me dedicaba antes, porque no eran mi rol: cocinar, recoger gavetas, lo que no se hace en la vida más agitada que una normalmente lleva. Hoy sembré una mata de ají en mi casa. A ver si se me da. Voy a sembrar otra de tomate. Eso no se me había ocurrido antes.

Claro, hay varios obstáculos: Se dificulta mucho la compra de todo, principalmente la comida, que es lo fundamental, porque no quiero morir de Coronavirus pero tampoco de hambre, por eso al final hay que salir a la calle. Y la convivencia… Todo el tiempo en el mismo espacio… Es candela. Y eso que mi familia es bastante funcional, y nos llevamos bien. Pero no estábamos acostumbrados a estar las 24 horas del día viéndonos las caras. Ahora yo quisiera hacerme cargo de algunas cosas en la casa que antes hacía mi mamá. Pero quiero hacerlas a mi manera, claro. Y la madre de familia tiene su propio estilo, digamos. A la hora de cocinar, por ejemplo, nuestros choques han sido épicos.

No la he pasado mal, en realidad, a pesar de las complejidades. No ha habido algo que me impacte demasiado. Excepto cuando dieron la noticia de que mi vecino, puerta con puerta, estaba con Coronavirus: me dio tremendo miedo. Esa fue la palabra exacta que define lo que sentí: miedo. Dos días antes su hijo había venido a mi casa; él mismo me había dado unos mangos para el niño… Había habido varios intercambios, pues somos vecinos bien llevados, unidos. Y yo me vi con toda la gente de la casa enferma, sobre todo mi papá, que tiene 84 años.

Alguien en buenas condiciones para enfrentar esta situación sería alguien en una casa con buenas condiciones habitables, que tenga suficiente comida, y que viva en relativa armonía, —tampoco la paz absoluta, que eso solo pasa en las películas de Sandra Bullok—. Esas serían buenas condiciones para pasar la cuarentena. Por eso digo que estoy bien. Los temas de convivencia, aunque me chocan, se sobrellevan. Malo sería estar solo, no tener a nadie y tener que resolverlo todo.

En lo que más pienso es en el stop que se le ha puesto a la vida. Antes estaba la agitación: levántate, trabaja, ir al gimnasio corriendo, las cosas del niño… Así se empataba un día con el otro y ni cuenta te dabas. Ahora todo es en cámara lenta, no hay apuro por nada… Eso me ha puesto a pensar en que la vida pasa de todas formas, y en que una es completamente prescindible. Ha sido toda una lección de humildad ante la vida en este mundo. Porque pienso que esto parece una cuenta que nos está cobrando el planeta, para reiniciarse, respirar, porque no daba más el equilibrio.

Quiero pensar que hemos aprendido algo, que saldremos de esta siendo mejores personas. Como dice Silvio: seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas. Hay que pensar más en los demás. Veo a muchas personas haciendo cosas desinteresadamente, como las viejitas que cosen nasobucos y los regalan, y muchos ejemplos más. Eso me hace tener fe. Pero luego también veo las acciones de la gente que se aprovecha de esta situación, que revenden productos necesarios, que los acaparan, que roban medicamentos… Espero que todos aprendamos algo de esta situación, para que no sea en vano.

Rebecca del Val, 36 años. Trabajadora del turismo. La Habana.

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