“Hay mucho amor en esta casa”

Voces de cubanas y cubanos durante la pandemia de COVID-19

En septiembre de 2019 regresé a Cuba con mi bebé de tres meses. No pretendía quedarme tanto tiempo, pero dos razones nos retuvieron aquí: los lentos trámites para nacionalizar a mi hija y, actualmente, el Coronavirus. De todas las perversas circunstancias que intenté prever cuando salí de regreso a la Isla, jamás conté con una pandemia. Me preparé mental y económicamente para la Coyuntura, los problemas de desabastecimiento habituales, la ausencia de mi familia en el país y también del papá de mi niña, que necesitaba continuar viaje.

Hace 26 años vivo en mi barrio. Las personas que me vieron crecer, encantados ahora con la sonrisa de mi hija, se fueron acercando cada vez más. Siempre tuvimos lazos estrechos, pero las crisis sacan lo mejor o lo peor de las personas. Menos mal que acá ha imperado el lado humano. “No estás sola”, “llámanos cualquier cosa que necesites”, eran las frases comunes que escuchaba cada vez que me veían. La Coyuntura fue incómoda, pero tolerable dentro de lo posible. Hasta que llegó el COVID-19.

Iniciaba la crisis cuando cerca de las 10:00 pm escuché al presidente Miguel Díaz-Canel en un reportaje del canal Caribe explicar que las madres no podían salir con sus hijos a realizar compras. Fue brusco; me incomodó mucho. Llamé a varias amigas para desatar mi ira. Al otro día me desperté con la cabeza más fría y pensé: tiene razón. Si yo me enfermo, mi hija se enferma. Esto no es una gripe boba y tal vez yo pueda creer que tenga anticuerpos suficientes para resistir, pero, ¿y ella? Es una bebé de 9 meses, qué sabe su cuerpo de anticuerpos. No sé, pero hay cosas que mejor no se averiguan a las malas.

Mis vecinas más cercanas me llamaron para decirme que por el bien de nosotras decidían mantener distancia total. La jefa de casa es enfermera y a su hija, estudiante de estomatología, la habían convocado para realizar pesquisas. Ahora sí no podía salir. Ellas no podían cuidarme a mi bebé y yo no podía exponerla a la calle.

Comencé a tomar medidas extremas, invocadas por la sensatez de mi madre desde lejos. Algunos amigos y miembros de mi familia empezaron a dejarme cosas debajo de la puerta. Al inicio siempre es raro, da hasta risa, nunca se ha hecho y uno piensa: ¡qué situación ridícula! A medida que los casos fueron aumentando, tomé más en serio todo. No hay quien pase por la puerta de mi edificio sin antes desinfectarse… y preferiblemente descalzo.

Actualmente llevamos meses sin salir de casa. Mi pensamiento es: estamos en guerra, todo lo que consiga será bienvenido. Prioridades: pañales (de cualquier marca), leche para mi niña, alimentos para resistir, aseo. Con la mensualidad que envía su papá aún podemos darnos el lujo de “no contar los kilos”. Tenemos un privilegio que agradecer y sé que ese no es el caso de muchos. Mi red de apoyo consiste en: amigos de la familia y vecinos. Todos los días tengo que agradecerle a alguien por su ayuda. Se me hace un nudo en la garganta cada vez que doy dinero para que nos compren algo. Siento que se exponen por nosotras y nunca sabré cómo agradecer. Dicen que se siembra lo que se recoge, pero no sé en qué momento sembré tanto. Los veo regresar agobiados por el calor, indignados por aquellos que no respetan la distancia, por la larga cola del pollo, por la victoria al convencer a la tendera que les venda un paquete de pañales más…

La espera será larga. No nos engañemos. No sé cuándo esto acabará. Especulo sobre la crisis que se avecina, entro en pánico social, me calmo, pienso cómo ser más productiva, aunque sea guardada. Muchos miedos me rodean, ¿qué mundo conocerá mi hija después de esto? No sé qué pasará, pero todos los días me voy a dormir agradeciendo por todos aquellos que me ayudan diariamente. Siento qué hay mucho amor encerrado ahora mismo en esta casa.

Grettel Escalona Martí, 32 años. Licenciada en Letras. La Habana.

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