La economía cubana montada una vez más en el tren

LA HABANA. Mi estado emocional está cambiando muy rápidamente en estos días. Cuando se lee el artículo en Granma sobre los peligros de incluir a las PYMES en el desarrollo cubano, entra la duda sobre si se trata de un criterio del autor, o fue de la aceptación de quienes aprueban las publicaciones en ese órgano. Luego, cuando se lee el informe periodístico de la última sesión extraordinaria del Consejo de Ministros, publicado el sábado 9 de mayo, entonces vuelvo a pensar con cierto optimismo.

No puede uno menos que sentirse con cierta dosis de optimismo cuando el propio presidente cubano plantea que “se trabajará defendiendo, como concepto, que todo lo que está pendiente de implementación de la conceptualización del modelo económico y social, de los lineamientos y de las bases para el plan nacional de desarrollo económico hasta 2030, esté presente en lo que vamos a elaborar y proponer”.

Y que los principios en los cuales se trabajará durante la etapa post Pandemia se enuncian desde la complementariedad de los actores económicos existentes, el papel del mercado interno, el redimensionamiento del sector empresarial estatal y el privado, y la regulación del mercado hasta la planificación centralizada (que se supone no sea la misma que frena el avance de las distintas fuerzas productivas hoy).

Resulta también alentador otro planteamiento del presidente  Miguel Díaz-Canel: “dar respuesta definitiva al levantamiento que hicimos de las trabas y, por lo tanto, lo que propongamos hay que analizarlo con la perspectiva de que no tenga trabas”; “ estaremos dando respuesta a uno de los temas fundamentales que siempre hemos debatido en estos años, que es liberar definitivamente las fuerzas productivas en el país, y que esa liberación de las fuerzas productivas tenga un impacto en el desarrollo económico y social de la nación”.

Podríamos estar en presencia de una nueva etapa reformadora, muy necesaria para el país, que atraviesa una fuerte crisis económica mucho antes de que el COVID-19 se convirtiera en detonador del actual desorden mundial. Cuba llegó más desgastada que la mayoría de los países a esta pandemia.

Fuertes desequilibrios macroeconómicos han afectado a la Isla, junto a las carencias de divisas que han propiciado recortes drásticos de muchas importaciones, el reforzamiento del cruel bloqueo de Estados Unidos, la precaria situación económica de Venezuela, la disminución de exportaciones de bienes y servicios, entre otros elementos conocidos.

Sobre la etapa que se avecina el primer secretario del Partido, Raúl Castro, planteó que debemos “montarnos en este tren y no bajarnos más”. Muestra también claridad sobre lo urgente de modificar las estructuras de pensamiento imperante hasta ahora y aquellas diseñadas para dirigir la economía, ya que haciendo lo mismo no se pueden lograr resultados diferentes. O lo que es lo mismo, debemos cambiar todo lo que deba ser cambiado.

El objetivo inmediato es sobrevivir; eso es un consenso. Las autoridades tienen presente, como han planteado, que al retomar la vida cotidiana el pueblo cubano no deberá salir de las pequeñas trincheras de sus hogares para encontrar un contexto económico y social de creciente depauperación. El shock es inevitable y ya se está sufriendo, pero las políticas que se desarrollen pueden hacerlo más llevadero e incluso realizar una contribución al crecimiento y al desarrollo de la Isla.

Las medidas más audaces que se han planteado se encuentran probablemente en el plano del modelo económico o en las estructurales y de corto plazo, que terminan modificando el carácter de algunos de sus componentes.

Una expansión del sector privado doméstico —que desde la apertura de 2010 probó capacidad de crecimiento basada en motores ajenos a la privatización, creciendo de unos 147 000 “cuentapropistas” a más de 620 000 en una etapa pre COVID-19— y de los “experimentos” de gerencia de activos estatales, fomentando dinámicas de integración público-privadas, podrían encauzar acciones de maximización de utilidades hacia la consecución de objetivos nacionales.

La sustitución de la lista positiva —que hoy autoriza unas 130 actividades en el sector privado cubano— por una negativa se encontraría en la línea de la continuidad gradual de las reformas comenzadas en 2010. Este sector privado necesitará una regulación inteligente que fomente la competencia, elimine el trato discriminatorio que recibe respecto al sector estatal y los inversionistas extranjeros, encauce su accionar a la generación de divisas (mediante inversiones y comercio), y lo articule junto al sector estatal en la satisfacción de la demanda y proyectos de interés nacional.

Pensar en las PYMES no es una consigna, es validar realidades. Hay quien aún cree que un restaurante con gran afluencia de turistas es cuentapropismo, o que es un cuentapropista el jefe de un taller. Pero muchos de estos emprendimientos funcionan como empresas, y deberían poder acceder a todas las relaciones que se les reconozcan legalmente, las cuales pasan por la importación de insumos necesarios. No se entiende el fuerte componente ideológico que se le quiere dar a este tema. Países con sistemas políticos similares al nuestro, se mantienen sólidos y muestran una presencia muy fuerte de las PYMES en sus economías. No se trata de copiar su modelo, si no de aprender las causas que han llevado al crecimiento de esos países, como China y Vietnam.

No se trata, como se ha pretendido demostrar, que no interese la gran empresa estatal, la cual tiene su rol. El estado debe potenciarla, dándole a sus administradores un rol de gerentes y no de simples administradores de recursos. No es necesario gastar energías y recursos en hacer eficiente la gastronomía estatal, u otras actividades de menor nivel, pues el estado tiene mecanismos indirectos de dirección económica, como los impuestos, que pueden incentivar o no determinadas actividades.

Ya se ha planteado con fuerza, aunque con pocos resultados aparentes, que atender la producción agropecuaria como se merece es un asunto de seguridad del país. Es precisamente en el ámbito alimentario donde el sector no estatal se ha destacado por ser más productivo en la mayoría de los rubros. Más insumos y liquidez, reorientados hacia aquellos que han demostrado mayor capacidad de respuesta en términos de producción, sería un buen camino para el mejor rendimiento agropecuario del país.

Además, es perentorio todo esfuerzo que incremente la obtención de divisas, mucho más ante un acceso casi nulo a mecanismos multilaterales de canalización de recursos financieros, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otros. Hoy Cuba solo se puede acceder a limitados recursos de emergencia mediante los organismos de Naciones Unidas, como los otorgados para enfrentar la pandemia.

Para las autoridades cubanas ha llegado el momento de generar incentivos extraordinarios para el arribo de la Inversión Extranjera Directa (IED) y para dirigirla hacia prioridades de sobra identificadas. La lentitud en la toma de decisiones por las autoridades competentes, entre otros impedimentos, no deben ser aceptados como argumentos. Ya existe la Ley Helms Burton, que genera gran presión a los inversionistas extranjeros, como para lidiar también con trabas internas alrededor del proceso de aprobación.

También al sector privado local se le podría autorizar el desarrollo de iniciativas con capital extranjero, donde su aporte no necesariamente se mida en capital sino en innovación y conocimiento del contexto cubano.

Es vital para Cuba incentivar la llegada de remesas. Para ello sería atractivo la localización de las remesas en esfuerzos productivos, más que en el consumo.

En el actual escenario las exportaciones de servicios médicos en diferentes modalidades, y la de equipamiento médico y productos biotecnológicos y farmacéuticos, se perfilan como opciones en expansión. Otro buen camino será la potenciación de esta línea con nuevos recursos.

El mundo turístico ha cambiado y, al menos en los próximos años, no recuperará sus anteriores niveles de actividad, por lo que el impulso al sector, en vista de la escasez de recursos, deberá realizarse con mesura. Desde antes de la expansión de la pandemia un grupo de académicos ha cuestionado el creciente esfuerzo inversionista en el sector turístico. Ellos se basan en la urgencia de recuperar otros sectores (como la industria y agricultura), el mantenimiento pendiente de la planta en explotación, y los altos niveles de ocupación alcanzados durante los últimos años. Se trata de hacer efectiva esta variante de inversión en los tiempos que se avecinan mediante el reajuste de los planes constructivos aprobados en una coyuntura que no volverá a ser la misma al menos en dos o tres años.

Otro tema que no debería quedar fuera de estos análisis es la conveniencia o no de tener un monopolio estatal del comercio exterior, valorar quizás la pertinencia de que las empresas puedan realizar por sí mismas sus operaciones de importación y exportación. También parece necesario el estudio del funcionamiento de los monopolios en algunas actividades económicas, como las telecomunicaciones, vitales en el presente y futuro del comercio interno del país. Una competencia sana podría beneficiar a todas las partes.

Aunque resulta difícil entrar en los temas financieros, por las diversas propuestas y fórmulas al respecto, otro asunto a definir es la dualidad monetaria y cambiaria. Sobre volver a dolarizar la economía del país existen muchas opiniones. Sería viable aprovechar el ambiente nacional que se creó a finales del 2019, en el que las personas no deseaban aceptar el CUC, pasar todo a pesos cubanos (CUP) y, en paralelo, definir cuál sería la tasa de cambio del CUP con respecto a las monedas extranjeras, especialmente el dólar estadounidense. Es sin dudas un tema peliagudo, pero no debería postergarse más una solución al respecto.

Confundir las fortalezas de la centralización y administración de la crisis en el corto plazo, con la validación de un apego continuado a prácticas que no arrastran sino deudas seculares con el crecimiento y el desarrollo, nos condenará a un escenario de precariedad incrementada y continuará hipotecando nuestro futuro como nación.

Lo planteado en el pasado Consejo de Ministro extraordinario, pudiera dar por fin la brújula del camino a recorrer, si es que esta vez no nos bajamos del tren.

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