El patio de mi escuela es particular

LA HABANA. Cada mañana Fulanito y Menganita se encuentran en el patio de la escuela y se saludan como si desde la tarde anterior hubieran pasado toda una semana sin poderse ver. Fulanito es mulato y es el hijo único de una exitosa bailarina folklórica que siempre está de gira por Europa, así que a la escuela lo lleva su abuelita, ex bailarina y folklórica también. Menganita no sabe bailar. Ella es blanca, color yogurt natural, y su mamá es investigadora con horario de consagración en el Polo Científico: por eso la trae su papá, una estrella de rock que lidera una de las bandas con más pegada del heavy metal cubano.

Cuando aparecen, ya hace un buen rato que Zutanita está allí, porque ellos viven en el mismo Vedado, a tres cuadras de la escuela, mientras ella viene de lejos, del otro lado del puente sobre el río Almendares. La trae su papá, que es un cristiano evangélico de esos que siempre visten pantalón de tono serio y camisas de manga larga, cerradas hasta el último botón. Los tres, la abuelita y los dos papás, se saludan siempre de besos y de abrazos, como si también llevaran una semana sin encontrarse, mientras los niños les quitan los móviles, se conectan por Zapya y se pasan una y otra vez los mismos juegos y las mismas aplicaciones que luego borran y luego vuelven a copiar.

En algún momento, pero nunca a la misma hora, puede ser antes o después, entra al patio Esperanceja con su trenza tan larga y tan rubia, cargando una mochila de colores vivos. Su mamá viene detrás, hablando por Whatsapp, y todos los papás dejan lo que sea que estén haciendo para mirarla en silencio cuando ella les cruza por delante. Es una joven curadora de arte que cuando no está montando una exposición, está montando otra. A esas horas siempre viste ropa ajustada y deportiva, porque deja a la hija en la escuela y a las carreras se va al gimnasio, o al Yoga, o al Pilates.

Casi de último llega Perengano, el gerente, con Perenganito, que se baja solo del auto porque el padre nunca se decide a abandonar el frio del aire acondicionado y apenas saluda con la mano antes de volver a cerrar la puerta de su Hyundai. El niño entra al patio a toda velocidad, buscando a Esperanceja, para preguntarle si ella hizo la tarea de matemáticas, que él no pudo hacerla porque no entendía ni papa.

En algún momento y nunca tarde aparece Ciclano el policía, con sus blancos galones de capitán y su hijo tomado de la diestra. Saluda a los padres con un apretón de manos, demasiado fuerte, y sonríe con dulzura a las mamás.

Al final, cuando ya llegó el resto de los niños, llega la niña más inteligente de la escuela, que siempre viene sola, porque su mamá es soltera y desde tempranito está doblando el lomo, barriendo y limpiando las casas de la gente que tiene dinero y le paga por limpiar.

En medio, entre uno y otro, llegan los demás: el hijo del albañil, el hijo del taxista, la hija de la secretaria, del bodeguero, del vendedor del agro, de la enfermera, del carpintero, de la doctora, del carretillero y de la profesora de la universidad.

Dos veces al día se ven todos allí, cuando dejan a los niños y a las cuatro y veinte, cuando los vienen a buscar, y aprovechan ese rato que dura el matutino de la escuela y antes que suene el timbre de salida para chismear, para contarse sus vidas, preguntar por algún remedio, pasarse el súper dato de dónde sacaron pollo y dónde hay perritos (salchichas) y dónde apareció por fin la pasta de tomate. Así los ven sus hijos cada mañana y cada atardecer: juntos y revueltos, riendo y conversando como iguales, como gente común y silvestre sin más allá ni más acá.

Los ven, y los imitan: se hablan, juegan entre ellos, aprenden sus peculiaridades, descubren sus semejanzas y sus diferencias, sus ventajas y sus impedimentas, crecen. Y más, los niños hacen que gente que tal vez nunca se hubieran mirado a la cara se ponga a conversar, colabore en las tareas, ponga cada uno su poquito a la hora de la casa de estudio, del trabajo en equipo, de la fiesta de fin de curso.

En todo eso pensé, y por ahí para allá hasta el infinito, cuando supe que el amigo de mi hijo no volvería a su aula nunca más pues, por alguna razón que no viene al caso, la familia lo acaba de matricular en la escuela española (privada), allá por Miramar. Así, de la noche a la mañana, el pequeño Melgarejo cambió de clase, y de Clase. No sé, pero no creo que sea tan variopinta la fauna y la flora de aquel lugar.

Entre lo todo y lo mucho que para bien y mejor tenemos que cambiar, hay un montón de asuntos cuasi sagrados, que deberían permanecer inamovibles, intocables. Uno de ellos es la educación gratuita y con ella, como su hija natural, esa posibilidad imposible en la educación privada de que los hijos del ministro y los hijos de la costurera se sienten pupitre con pupitre, frente a la misma pizarra, a recibir la misma clase del mismo profesor.

Esa tendría que ser una premisa, una ley, una consigna escrita a fuego en el alma y la conciencia de los cubanos de hoy. Para la cosa escolar y para todo lo demás, para lo que sea, nunca mejor dicho que cuando lo cantó Martí: o nos salvamos juntos, o nos hundimos los dos.

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