Los republicanos contra la república

LA HABANA. Al concluir la Convención Constituyente, le preguntaron a Benjamin Franklin qué forma de gobierno se había acordado. “Una república, si pueden mantenerla”, respondió. Estamos viviendo en un momento en que esa pregunta está nuevamente a prueba. La Guerra Civil proporcionó la prueba más rigurosa, pero con un presidente sin ley en la Casa Blanca y un Senado incondicionalmente detrás de un hombre que carece de brújula ética, ahora nos enfrentamos a una segunda prueba difícil.

Un presidente latinoamericano, en una oportunidad cuestionado por sus actos inconstitucionales, respondió que la constitución es solo un pedazo de papel. A juzgar por sus acciones, así es exactamente cómo siente el presidente Trump que es la Constitución de Estados Unidos. Dada la costumbre de Trump de violar, ignorar o evadir leyes y regulaciones inconvenientes, eso no nos sorprende, ni siquiera nos choca. Lo chocante, aunque no sorprendente, es el apoyo en masa a Trump por parte de los senadores republicanos, a pesar de la evidencia irrefutable de los múltiples delitos del presidente que ameritan un juicio político.

Aquí hay un sentido de la historia que se repite. La mayoría de los partidarios más fuertes de Trump son senadores o exsenadores de los estados del sur, incluidos Lindsey Graham, de Carolina del Sur; Mark Meadows, de Carolina del Norte; y Jeff Sessions, de Alabama. No les inquieta el hecho de que al invitar a una potencia extranjera a interferir en nuestras elecciones —primero a Rusia en 2016, y ahora a Ucrania— Trump traicionó a la nación y cambió su soberanía por ventajas políticas.

Hay un precedente de esto. Toda la clase política sureña cometió un acto de traición cuando se rebeló contra Estados Unidos y se separó de la Unión a fin de mantener la maligna institución de la esclavitud. Ahora los republicanos, con los senadores del sur a la cabeza, están traicionando nuevamente a la nación al permitir la permanencia en el cargo de un jefe del ejecutivo con ningún respeto por la Constitución y escaso conocimiento de ella, y el desprecio por la democracia y gente de otros países que ha venido aquí a disfrutar de sus ventajas.

Las razones de esta traición no son muy diferentes de las que provocaron la Guerra Civil. La Confederación prefería desunir a la nación en aras de mantener un sistema de supremacía blanca. Trump, entre otras cosas, prefiere desunir a la nación en aras de mantener y restaurar la supremacía blanca. En ambos casos, el racismo es la base.

“Hagamos Estados Unidos grande otra vez” es un código —uno bastante fácil de descifrar— para garantizar la supremacía blanca en Estados Unidos. Cuando Donald Trump y su equipo hablan acerca de la libertad de expresión, quieren decir reclamar el derecho a utilizar sin  consecuencias discursos de odio. A diferencia de muchas democracias que sufrieron el horror nazi y han prohibido el discurso de odio, la Primera Enmienda de la Constitución protege todos los discursos, incluido el de odio. Pero no protege a aquellos que lo utilizan debido al oprobio popular o las críticas punzantes. Quien a hierro mata, a hierro muere. Trump y compañía se quejan y se presentan como víctimas cada vez que reciben incluso una pequeña dosis de su propia medicina. Y pierden la chaveta cuando un árabe-estadounidense lo llama por su nombre: “hijo de puta”.

No todos los que defenderán a Trump en su búnker hasta la muerte son sureños. Jim Jordan, el hombre designado por el Partido Republicano como el asesino a sueldo en los debates de juicio político, es de Ohio. Pero bien podría proceder de Mississippi. Su distrito es 90 por ciento blanco. Hay áreas en los estados del medio oeste y de las montañas que son racial e ideológicamente similares a los republicanos en el sur. Durante la Guerra Civil, hubo un número considerable de personas en los estados del norte y fronterizos que favorecían al Sur, algunos fanáticamente. Les llamaban serpientes de cascabel. Uno de ellos, John Wilkes Booth, asesinó al presidente Abraham Lincoln.

Aunque la esclavitud fue un fenómeno mayormente sureño, en varias ocasiones también existió en partes del norte. El racismo no es un legado exclusivamente del sur. Fue un pilar de la nación, parte del ADN estadounidense. Según la revista Time, en la década de 1920 el Klan aumentó drásticamente en los estados del norte, alcanzando una membresía de 5 millones. Cómo sucedió eso es especialmente pertinente hoy.

“El Klan, tal como existe en la actualidad, es una rama más directa de la iteración que surgió durante ese período de tiempo en el Norte, a menudo en lugares con poblaciones afroestadounidenses muy pequeñas. Lo que sí tuvieron esos lugares fue un aumento de inmigrantes que llegaron a Estados Unidos a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Pronto, la retórica racista del KKK original se unió a la retórica antiinmigrante dirigida a los católicos (acusados ​​de adorar a un papa que buscaba imponer un gobierno autoritario), inmigrantes no blancos como los chinos y japoneses, y los inmigrantes europeos no considerados lo suficientemente blancos, es decir, italianos y judíos de Europa del Este”.

El racismo es inclusivo e indiscriminado. Es muy probable que las mismas personas con prejuicios hacia los afroestadounidenses sientan lo mismo hacia los inmigrantes, latinos, asiáticos, musulmanes, lo que sea. De hecho, en la década de 1920, durante la primera gran migración que fue mayor en proporción a la población de Estados Unidos en ese momento que la ola que siguió a la eliminación de las cuotas racistas en 1965, los sociólogos asociados con la famosa “Escuela de Chicago” incluyeron un grupo nacional inexistente en una encuesta de actitudes hacia los inmigrantes y diversos grupos étnicos. Las personas que tenían sentimientos negativos acerca de los italianos, los judíos y otras personas descendientes de europeos sureños y orientales también expresaron aversión hacia el grupo ficticio.

Hay solo una cosa que agradezco a Donald Trump. Es que nos recordó a todos —inmigrantes, latinos de quinta generación, afroestadounidenses, somalíes de primera generación y todos los demás “falsos estadounidenses”— la verdad de una declaración que hizo Benjamin Franklin por la época de la Declaración de Independencia:

“Debemos mantenernos juntos o, seguramente, nos colgarán por separado”.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal

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