El gran reto argentino según Della Rocca

LA HABANA. Cuando Ud. mezcla el hablar y pensar de un hombre que ha dedicado gran parte de su vida a tan necesarias tareas como las de escritor, profesor, historiador y periodista, se encontrará a no dudar, con alguien que sabe contar un acontecimiento e interpretarlo con justas palabras.

Es el caso de Mario Della Rocca, un argentino que ha visitado Cuba en varias ocasiones y no en plan turístico, sino como observador y estudioso del quehacer latinoamericano.

Una vez más en la Isla, sostuve con él una larga conversación donde fueron tocados, casi al mismo tiempo, múltiples temas que pueden acercar a dos hombres con distante geografía de por medio y muchos intereses comunes a compartir desde el humor, el cine, las costumbres, el Che Guevara, la política regional e imperial hasta el dulzor de un café.

“Le voy a hacer varias preguntas”, le dije una tarde habanera. Me respondió al instante, temerario: “Todas las que quiera. No le temo a ninguna”.

¿Cómo califica Ud. al nuevo presidente? ¿Qué influencia puede tener de otras personalidades argentinas o de la propia Cristina Fernández?

En principio y fundamentalmente, creo que el nuevo presidente tiene la pertinencia para orientar a la Argentina hacia la normalidad, luego del fracaso estrepitoso del gobierno encabezado por Mauricio Macri, que nos hereda un país en crisis en todos los órdenes, especialmente en lo económico-social.

Alberto Fernández es un ser humano y un político inteligente y sensible, muy instruido en la academia y en la vida, con experiencia en la gestión pública —entre otras, como jefe de gabinete de ministros del ex presidente Néstor Kirchner—, que en tiempos de globalización comunicacional conoce cómo comunicarse con su sociedad y es consciente de la realidad mundial y de la América Latina en que hoy vivimos.

Tendrá que lograr la conducción de un país desde la crisis a la reconstrucción económica y social, recuperando los ingresos de los argentinos —especialmente de los sectores sociales muy empobrecidos heredados— y los mercados de producción y trabajo, para lo cual tendrá necesariamente que renegociar una deuda externa exorbitante que le dejará como una bomba a punto de estallar el anterior gobierno. Lo antedicho está en la esfera de la urgencia que demandará la sociedad, esperanzada en su mayoría con el cambio de gobierno.

Fernández tendrá a su lado, en la vicepresidencia y en la jefatura de la cámara de representantes del Senado Nacional, a la ex mandataria Cristina Fernández de Kirchner, que ejerció la primera magistratura durante ocho años y conserva una adhesión enorme de una parte importante de la población.

El nuevo presidente argentino contará además con la colaboración de personalidades provenientes del histórico movimiento nacional peronista y de su versión “kirchnerista”, iniciada a comienzos de siglo. Aquí se nuclea un amplio espectro de profesionales conocedores de la política argentina y mundial que se nutren de ideologías que van desde el llamado “populismo” hasta la izquierda democrática y popular.

Por último, este gobierno nace con una participación muy importante de la agrupación juvenil del kirchnerismo, La Cámpora, de fuerte militancia social y política y cuyos dirigentes principales ocuparán diversos espacios dentro del nuevo gobierno nacional, del Parlamento y de los poderes provinciales.

¿Qué sería capaz de hacer para revertir la actual situación económica?

Por lo pronto, y para comenzar a revertir la actual situación que hereda, estimo que el nuevo presidente tiene la idea y la capacidad para implementar lo que yo llamo “el círculo virtuoso keynesiano”: aumentar los ingresos de la población, con ello crece el consumo de productos, se revitaliza la producción —en especial la de carácter industrial— y se recupera el empleo. Para ello estimo que estará en condiciones de domesticar dos variables fundamentales de la historia económica de la Argentina y que el gobierno que se retira ha dejado al “rojo vivo”: la alta inflación y la volatilidad del valor del dólar, con la consiguiente depreciación del valor del peso argentino.

Para avanzar en ese proceso de forma positiva, el nuevo gobierno deberá enfrentarse a una batalla fundamental: lidiar con los organismos financieros internacionales para la reestructuración de pagos de la abultada deuda externa heredada, corresponsabilidad del gobierno de Mauricio Macri y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Resulta muy claro que la política económica del gobierno de Mauricio Macri fue insolvente durante todo su mandato. Se vio inicialmente cuando eliminó impuestos a las grandes ganancias —a los productores de soja de las tierras argentinas más ricas especialmente—, también mediante un blanqueo de deudas impositivas permitió a los sectores que compartían su gestión pública —incluso familiares y amigos del presidente— desendeudarse a cambio de nada y con los errores de la política monetaria se favoreció la fuga de capitales al exterior en valores inusitados en la historia argentina.

El FMI conoció en detalle ese camino de insolvencia durante cuatro años, por lo tanto, es corresponsable por haberle entregado préstamos exorbitantes a un país que se sabía que no iba a poder saldar en término la deuda contraída. Y ahora, frente al gobierno encabezado por Alberto Fernández, el organismo financiero internacional deberá también rendir cuentas de ese accionar, haber estado financiando al modelo económico macrista que se denominó en el país como un “capitalismo de amigos”.

Respecto a esa tensa negociación que se viene entre el nuevo gobierno y el FMI, hace pocos días el economista investigador de la Universidad de Columbia Martín Guzmán y experto en reestructuración de deuda y default, recomendó al futuro presidente argentino —al reunirse con varios de sus colaboradores— reducir a cero los pagos de intereses y capital de la deuda entre 2020 y 2022 para recuperar el crecimiento económico y así garantizar la capacidad de repago a los acreedores.

Si logra cumplir con ello, se encontrará con otros desafíos que necesitan resolverse en la Argentina si se piensa en el progreso del país a mediano y largo plazo: recuperar un país productivo, con eje en la industrialización, al mismo tiempo que desmonopolizar la estructura productiva y comercial, reestructurar el sistema impositivo —que hoy grava más el consumo general que a las grandes ganancias y riquezas—, avanzar en la igualdad social, integrar a todo el territorio nacional a los beneficios de políticas que muchas veces solo impactan en las grandes urbes, reestructurar el Poder Judicial de la Nación y diseñar una reforma constitucional —sobre un texto muy antiguo, que data de 1853— adaptada a los nuevos tiempos.

Fernández apoyó de inmediato la liberación del ex presidente Lula al tiempo que Bolsonaro anunció que no asistiría a la toma de posesión. ¿Cómo interpreta ambas declaraciones?

Ambas declaraciones políticas son destacables y eran previsibles. Alberto Fernández fue un funcionario de renombre en el gobierno de Néstor Kirchner y éste formaba con Lula una dupla que se coordinaba muy bien, tanto en los temas de cooperación entre Brasil y Argentina como en la agenda regional y mundial. Fernández asimila el caso de encarcelamiento de Lula con las violaciones al derecho que caracterizaron las persecuciones a quien va a ser su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, y al ex presidente ecuatoriano Rafael Correa.

El anuncio del presidente de Brasil Jair Bolsonaro lo interpreto en el marco de su ideología neofascista, que intenta reflotar un conflicto que tenía larga data entre Brasil y Argentina, pero que en la realidad ya se encuentra felizmente superado. En este proceso de hermandad, que sigue vigente entre los pueblos más allá de las figuras presidenciales circunstanciales, colaboraron mucho Lula y Néstor Kirchner, por ejemplo, en el marco del Tratado del Mercosur —que Bolsonaro y Macri han logrado congelar en su funcionamiento—, y también para que ambos países lideraran la integración continental, cuya máxima expresión fue la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

Hoy la UNASUR estaría interviniendo activamente contra el golpe de Estado perpetrado en la nación hermana de Bolivia, ejecutado cruelmente contra un gobierno, liderado por Evo Morales, que ha demostrado en todos sus aspectos ser un ejemplo para América Latina, reconocido por variados organismos internacionales. La masacre que la derecha fascista y xenófoba boliviana está ejecutando, especialmente contra los pueblos indígenas, con la complicidad de la Organización de Estados Americanos (OEA), demuestra la necesidad imperiosa de recomponer la unidad del continente, de los gobiernos y de las fuerzas progresistas, para defender nuestras democracias y sus proyectos económico y sociales soberanos y orientados hacia la igualdad social.

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