Devolver el golpe al terrorismo estadounidense contra Cuba

MIAMI. Muchos observadores de Cuba, yo mismo incluido, suspiramos de alivio cuando escuchamos que el enemigo de Cuba, John Bolton —ahora ex asesor de seguridad nacional de Estados Unidos— fue despedido. Pero poco después la realidad nos abofeteó el rostro, cuando leímos que Estados Unidos había expulsado a dos diplomáticos cubanos de Naciones Unidas, según se informó, por supuestas “operaciones de influencia”.

Esto trajo a colación el hecho de que, con o sin los Bolton de este mundo, el estado actual de la relación entre nuestros dos países ha sufrido en realidad pocos cambios. Cuba y Estados Unidos continuarán teniendo, en el mejor de los casos, una relación inestable.

Algunos explican este estado de cosas, y creo con razón, con la idea de que Estados Unidos no puede aceptar que Cuba se niegue a inclinarse ante su vecino gigante, quien la ve como una cría petulante y difícil de controlar que debe recibir una lección.

Las cosas parecían encaminarse en la dirección correcta después de 2014 durante la presidencia de Barack Obama. Pero ese camino tuvo corta duración. Bajo el presidente Trump, la relación dio un giro en U, y junto a miembros del Congreso de la Florida —como Marco Rubio y Mario Díaz-Balart— vendiendo su dignidad por influencia en Cuba, Venezuela y el resto de América Latina, la partida de ajedrez entre Estados Unidos y Cuba se ve nuevamente enrevesada. En el punto actual, pareciera una situación de no ganar para cualquiera de las partes. No obstante, el grupo de personas que más alto precio ha de pagar es el que compuesto por los millones que viven en la Isla.

Es por eso que creo que los emigrados cubanos, especialmente aquellos que viven en Estados Unidos, tenemos el deber de ayudar a nuestros hermanos y hermanas allí.

Ayuda con nuestros pies y billeteras

En primer lugar, los viajes de cubanoamericanos pueden compensar parte de las pérdidas causadas por la administración Trump, cuando prohibió a los cruceros llevar visitantes a Cuba. Con nuestras visitas, que son perfectamente legales, podemos estimular una economía inestable que necesita nuestros dólares. En 2019, podemos llegar a ser el mismo tipo de estímulo proporcionado después de 2014.

El gobierno cubano, por su parte, debe ayudarnos a lograr esto. Para empezar, puede reducir el precio de nuestros pasaportes, extender los años de validez y eliminar la necesidad de extensiones cada dos años.

Pasaporte cubano: la gran herida azul

Un pasaporte menos costoso y más eficiente ha sido discutido en el pasado. Es una idea que Progreso Semanal ha respaldado desde su primer día. De hecho, podríamos haber sido uno de los primeros en proponerlo.

Tiene todo el sentido del mundo.

Tal como está ahora, uno compra un pasaporte que dura seis años. El costo de ese pasaporte es de aproximadamente 800 dólares, dividido de la siguiente manera:

  1. Primero usted paga 400 dólares por el período inicial de dos años.
  2. Esto es seguido por una extensión (conocida como prórroga), solicitada a Washington, por otro período de dos años, con un costo de 200 dólares adicionales.
  3. Al final del cuarto año, usted paga otros 200 dólares (luego de otra solicitud a la oficina consular en Washington) que lo extiende por los seis años de vigencia del documento.

Puede que el nuestro sea uno de los pasaportes más caros (y burocráticos) del mundo.

Su altísimo costo evita que miles de cubanos que viven en Estados Unidos viajen a Cuba alguna vez, o de forma más sistemática. Ahora, si el gobierno cubano considerara esto con una visión a largo plazo, conservadoramente hablando, imagine entre 10 y 20 mil nuevos cubanoamericanos que comprarían pasaportes a un precio razonable en el primer año.

Se trata de personas que nunca compraron pasaportes y, como resultado, muchas no han viajado a Cuba. Estime que gastan un promedio de mil dólares durante su visita (le aseguro que esa cifra sería mayor, pero digamos que ya esta es grandiosa). Eso representaría una inyección de entre 10 y 20 millones de dólares a la economía cubana por parte de nuevos visitantes a la Isla.

Esta acción también tendría un efecto multiplicador. Con la llegada de más dinero, las empresas prosperarían, lo que representa más empleos. También sería un impulso de relaciones públicas muy necesario para el gobierno cubano, tanto en Estados Unidos como en la propia Isla.

¿Mi sugerencia? Con el debido respeto, establecería el precio de 200 dólares por un pasaporte de 10 años y eliminaría las costosas y derrochadoras extensiones. El dinero perdido en los pasaportes sería recuperado exponencialmente por un nuevo grupo de cubanoamericanos que viajan a Cuba. Se sumarían además otras personas que han aplazado sus visitas porque no pueden permitirse las renovaciones.

Si se me permite una idea final: se puede establecer un período de tiempo en el que el gobierno cubano no imponga impuestos a los cubanos que llevan o envían alimentos y medicinas para ayudar a sus familiares ante la situación económica actual.

Estas y otras iniciativas podrían ser el comienzo de una campaña de cubanos que viven en el extranjero y sienten la necesidad de ayudar a sus familiares, en general opuestos al brutal bloqueo de Estados Unidos. Si el Congreso norteamericano no ayudará a corregir semejante injusticia, entonces debemos asumir nosotros la responsabilidad de hacerlo. Podríamos mostrar al mundo que con el amor que tenemos por nuestras familias venceremos pacíficamente la ofensiva terrorista estadounidense de 60 años contra Cuba.

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