Los apuros del bipartidismo en Estados Unidos

LA HABANA. El conocido diplomático e intelectual cubano, Ramón Sánchez Parodi, ha afirmado que está en crisis el sistema bipartidista en Estados Unidos y que ello constituye uno de los fenómenos más relevantes del actual escenario político de ese país.

Algunas evidencias confirman que, como mínimo, el bipartidismo no goza de buena salud. Concebido para articular el consenso nacional entre dos fuerzas capaces de armonizar sus posiciones en beneficio del sistema, el bipartidismo ha terminado siendo reflejo de la enorme polarización existente en la sociedad norteamericana.

Sus diferencias han tornado prácticamente disfuncionales a sus principales instituciones, lo que explica que las fuerzas más dinámicas del debate político nacional, son precisamente aquellas que, ya sea por la derecha o por la izquierda, se asientan en la crítica al funcionamiento del sistema y la desconfianza hacia la clase dirigente del país.

Numerosas líneas de demarcación, a veces infranqueables, caracterizan las relaciones entre los diversos sectores. Lo común es que los partidos se asienten en estos nichos de diversidad y le den color, rojo o azul, al mapa político norteamericano.

Pero incluso esta caracterización puede resultar limitada, ya que los partidos no representan a toda la sociedad. Según estadísticas de PEW Research Center, referidas a las últimas elecciones presidenciales (2016), 227 millones de norteamericanos tenían derecho al voto, pero 51 millones no se registraron como votantes y otros 24 millones no lo hicieron de manera válida, lo que indica que el 33 por ciento no quiso o estaba impedido de concurrir a las urnas. A ello se suma que entre los registrados apenas participa un poco más del 50 por ciento en las elecciones generales y mucho menos en contiendas estaduales o regionales.

Aunque muchas personas se desentienden a conciencia, decepcionadas con el sistema, una buena parte lo hace por ignorancia o por una enajenación secular, a la que contribuye en muchos casos los propios mecanismos electorales. Este es el caso de buena parte de las minorías raciales y étnicas, así como los sectores más pobres.

A este distanciamiento del ejercicio del voto se suman los que se inscriben como “independientes”, o sea, no afiliados a algún partido. Los estudios periódicos llevados a cabo por la empresa Gallup respecto a la afiliación partidista (Gallup Historical Trends), indican que en agosto de este año se habían inscrito como independientes el 40 por ciento de los registrados, mientras que solo un 31 por ciento lo hacía como demócrata y el 24 por ciento como republicano. En apenas una década, el número de independientes creció un 10 por ciento.

A falta de otras opciones realistas, lo que se denomina “el voto útil”, cuando se deciden a votar, buena parte de estas personas terminan por inclinarse hacia los demócratas o los republicanos, lo que mantiene con vida al sistema bipartidista. En esto radica la “trampa” de un engranaje supuestamente democrático, que actúa bajo el control de grandes intereses económicos.

Un hecho evidente, aunque poco divulgado, demuestra matemáticamente que ningún político norteamericano gana con el voto mayoritario de los ciudadanos potencialmente encargados de elegirlo.

En un escenario muy parejo, inscribir nuevos votantes o inclinar el voto de los independientes puede hacer la diferencia en los resultados, por lo que el tratamiento a este fenómeno se ha convertido en un objetivo fundamental de la lucha electoral.

En los últimos tiempos, los republicanos se han caracterizado más por tratar de limitar la participación de los votantes que por promoverla. Esto tiene que ver con que la masa crítica de su electorado se concentra en sectores demográficamente poco dinámicos, altamente conservadores, muy activos en política y leales a los candidatos de su partido.

Un buen ejemplo de esta conducta es el caso de los cubanoamericanos, donde la derecha republicana ha tratado de limitar la participación de los nuevos inmigrantes, en la medida en que estos tienden a votar por los demócratas, rompiendo el patrón del llamado “exilio histórico”, que antes les garantizaba la mayoría.

Para los demócratas, sin embargo, sumar nuevos electores e inducirlos a votar, constituye un problema de vida o muerte en la mayor parte de las contiendas.

Representativos de los jóvenes, las minorías étnicas y los nuevos inmigrantes que acceden a la ciudadanía, está demostrado que tanto los no inscritos como los independientes se inclinan mayoritariamente por los demócratas, lo que determina una naturaleza más inclusiva y un contenido más abarcador de la agenda de este partido.

Sin embargo, dadas las divisiones existentes en la sociedad norteamericana y los intereses antagónicos con que se manifiestan, la heterogeneidad de la base demócrata conspira contra los niveles de satisfacción de esta agenda. Cuando, condicionado por los límites que le impone el sistema o la falta de integridad de sus políticos, el partido incumple con sus promesas, la decepción induce a que se reproduzcan grandes niveles de abstención y ello explica que, siendo minoría, los republicanos logren controlar mecanismos esenciales del poder político, incluida la presidencia.

A este dilema se enfrenta nuevamente el partido demócrata de cara a las elecciones de 2020. Su capacidad para unir a sus bases, inscribir nuevos votantes e inducir a los independientes a votar a su favor, constituye una de las variables que decidirán la contienda.

Los republicanos no ganan elecciones, los demócratas las pierden. Ello es una tragedia, porque al margen de cuales sean las restricciones a la democracia que impone el bipartidismo y los intereses hegemónicos que se esconden detrás de cada partido, los demócratas representan un espectro más amplio de la sociedad norteamericana y en sus filas anidan las tendencias más progresistas.

Hace tiempo que dejó de ser cierto que daba igual un demócrata que un republicano, en esto radica la crisis del bipartidismo.

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