El almuerzo escolar y la golosina de la cebolla

Un almuerzo es un almuerzo, hasta tanto se demuestre lo contrario. Al mediodía, servido puntual y todavía humeante, es el sueño de cualquiera. Pero soñar, por más ganas que se tengan y se quiera decir otra cosa, sí que cuesta, y a ratos soñar hasta cuesta demasiado.

En eso, en el almuerzo de todos los días pensé cuando escuché a la Ministra de Educación diciendo que este dos de septiembre más de un millón setecientos mil estudiantes se sentarían en las aulas cubanas. En el almuerzo de los escolares pensé, y sobre todo en el billete que en eso nos gastamos.

La cifra de la ministra cubre la enseñanza primaria, la secundaria y casi todo lo que sigue antes de llegar a la universidad pero, como norma, solo los alumnos de hasta sexto grado reciben un almuerzo en sus escuelas. Hace unos años, según la Oficina Nacional de Estadísticas, esos eran sobre los ochocientos mil niños. La cifra debe haber crecido, pero para especular, me sirve.

La verdad es que solo los que estén en el régimen de seminternado recibirán un almuerzo cada día de clases, así que de un planazo, por si las moscas y para no pasarme, reduciré la cifra todavía más y la dejaré en unos quinientos mil niños diarios, y, de paso, calcular los costos me saldrá más fácil.

Entonces, poniéndolo por lo bajo y muy bajito, si cada uno de esos almuerzos costara solo un peso –y con un peso me refiero a eso: a un peso pelao, un pesito, sin más allá ni más acá, ni convertible ni nada que se le parezca–, esos almuerzos representan, limpiamente, algo así como medio millón de pesos, cada día.

¿Y de qué almuerzo estamos hablando? Le he preguntado a mi hijo, a mi hija, a una amiga que su hija también almuerza en la escuela, a alguien más que no me acuerdo, y la cosa es arroz siempre y siempre también o casi siempre algún potaje –chícharos las más de las veces, las menos son frijoles– y también a ratos, muy a ratos, jamonada o picadillo, rara vez una vianda, más raro todavía un vegetal o una fruta.

Pero dice mi hijo que el almuerzo no le gusta, igual dice mi hija y la hija de mi amiga, y lo mismo por ahí para allá, indefinidamente. No me sorprende: a la hora de cocinar en las escuelas, no hay más que sal: ni un pimiento, ni una cebolla, ni un diente de ajo que tirar en las cazuelas, ni un aquí ni un allá para sazonar, ni un esto ni un lo otro con lo que dar sabor a esas comidas.

Siempre hay un alumno del aula que se come toda su bandeja y pide más, pero los otros, en cuanto pueden, tiran el almuerzo. No hay que generalizar, digamos que solo la mitad lo tira: doscientos cincuenta mil almuerzos tirados a la basura, doscientos cincuenta mil pesos que se botan cada día.

Eso, contra veinte días de clases que más o menos tiene el mes, son cinco millones mensuales, y por diez meses son ni más ni menos que cincuenta millones de pesos que se botan cada curso a la basura: sus buenos dos millones de dólares por año. Dicho en pesos o traducido en dólares, de cualquiera de las dos maneras, tamaño despilfarro, cuando menos, asusta.

Habría que pensárselo, tocaría ver si se puede o no se puede hacer algo. Y algo que no sea suspender el almuerzo, sino todo lo contrario, que se trata es de pensar en mejorarlo. Quizá sería mejor invertir un poco más en el almuerzo de todos esos niños, antes que seguir botando el dinero cada día a las dos manos.

Costaría más, sí, pero se botaría menos, y encima los niños estarían más y mejor alimentados. Que lo otro es seguir haciendo como que se hace, sin querer ver y menos aceptar que ese montón de dinero que invertimos cada año en el almuerzo escolar, sea la cifra que sea, no termina más que en toneladas de arroz y toneladas de frijoles que se pierden, que se nos escapan a ninguna parte.

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