No son traficantes, son cazadoras

LA HABANA. Veinte dólares. Si sus cálculos eran correctos, solo tomaría un fin de semana, un viaje de aproximadamente seis horas en un ómnibus interprovincial de ida y seis de vuelta, una familia a su disposición para gestionar las compras y una coordinación más que perfectible para que el pequeño grupo consiguiera llenar sus despensas por casi un mes. Eso, y veinte dólares cada uno.

En realidad no sabían, al menos Eva no sabía, si aquellos cálculos darían los resultados esperados. La tarde caía en un aguacero y el acoso del calor le empujaba la idea de empaparse en la lluvia. Solo una sombrilla y algunas cervezas guarecían a los tres amigos en la mesa de aquel antro tan públicamente escondido del Vedado. Las sumas y los múltiplos iban tomando forma en las manos ágiles de la Churri. “Con lo que ahorramos solo con la carne de puerco ya vale la pena”, dijo Rey, que no podría viajar en esta primera exploración.

Eva los observaba, ajena a los números, consciente de estar en uno de esos momentos en que se esculpen los recuerdos. Alzan las latas rojas y otra vez ella dedica el brindis a la seguridad alimentaria del país, extasiada en el cuarto punto de unas notas garabateadas días atrás. Había escrito:

“- Estrategias alternativas de consumo

– Grupos de chat, mediación tecnológica

– Flujos de creación, concurrencia de ideas

– Amistad, confianza

– La sobrevivencia es también una aventura”

Había estado otras tres veces en la ciudad de su amiga, pero solo de paso. A Eva nunca antes la habían esperado allí, en un pedazo del sector residencial que ni siquiera sale en el mapa —así de mal andan esas aplicaciones. Y es sabido, viajar le había regalado esa certeza desde antes, que no llegas realmente a ningún sitio hasta que alguien te recibe. Ese alguien eran una madre y una hermana mayor, una familia que generosamente extendía ahora su red de apoyo a los amigos de su niña, pero que desde hace años acumula experiencia en envolver paquetes de comida con periódicos y jabas para que a la Churri no le faltara nada cuando decidió irse a estudiar y luego a vivir a La Habana.

La noche en que Eva conoció a los padres de Nacho, estaban en los mismos trajines. El hijo se graduaba al día siguiente, y sus padres y hermana habían llegado a la capital cargados de bultos repletos de comida. Ella y la Churri habían devorado ya un plato de arroz con aquellos frijoles negros, entre todos bajaban lentamente una botella de ron blanco y en la conversación se escurrían todo tipo de detalles: que si la cantidad de carne de puerco a 16 pesos la libra pero hay que levantarse muy tempranito para cuando abra la feria de los domingos; que las tilapias de la presa Zaza, vamos y pescamos juntos metidos hasta la cintura en el agua; el queso blanco, del bueno, y por 17 pesos la libra; el espanto de los 120 pesos por un cartón de huevos en La Habana, qué barbaridad, si allá se consigue por 50 pesos todavía, cuando lleguen pasen por la casa…

Eva alucinaba. Le encantaba esa gente cargada de bultos, que se desprendían de todo, que nunca la habían visto en la vida y le decían: “trae a tu mamá por aquí y hablamos con ella, le contamos cómo nos ha ido a nosotros”, dispuestos a compartir toda su sabiduría de años viviendo con diabetes. Dispuestos, además, a formar parte de ese tejido interprovincial de apoyo, de remesas en su más primario nivel local, que a estas alturas Eva sospecha infinito y añejo como los lazos familiares.

Llegaron a su destino sobre las cinco de la tarde, irrumpiendo en la más cotidiana de las escenas de barrio con sus ropas extrañas, sus tatuajes, su música y sus historias. El recibimiento en la cocina; el café dulzón, excepto para Eva, que en el colmo de una extravagancia más lo toma sin azúcar. Esa nueva moda. Al instante supo que ya la carne escuchaba la conversación, y el queso y un bulto de ajos. Pocas cosas de las planeadas restaban para el día siguiente en la feria agropecuaria. La misma noche después de haber entrado por primera vez a ese hogar, cuando ya compartía uno de los cuartos y los vecinos, audaces y pueblerinos, se preguntaban si ella sería la “amiga especial” que la Churri finalmente había decidido presentar, Eva escribió en su libreta: “Esta casa es un paraíso”.

Volvieron a repasar los números, y a las 4 de la mañana estaban acomodando los bultos en las maletas de mano, nada de cajas o mochilas verde olivo. Fue en ese justo momento que todo tuvo sentido. Antes, decir que viajaban a otra provincia a buscar comida más barata, y que incluso pagar los pasajes entre todos los beneficiados era totalmente factible, sonaba extremo. Pero ahora cada pieza encajaba perfectamente en su sitio. Los precios de la comida en la capital no son para todos sus ciudadanos, así de simple. Y con la comida, ellas saben muy bien, no se juega.

Probablemente ese tipo de “tráfico” ocurre todos los días de esta Isla en cada ómnibus que llega a la capital. Montada ya en el yutong, Eva miraba a su alrededor intentado adivinar cuántos de los pasajeros serían tan traficantes como ella o, posando la atención sobre sí misma, si aparentaba quizás ser uno de ellos, si alguien le revisaría la maleta. Después de todo, ¿cómo se ve un traficante de carnes, quesos, cebollas? Y ya que estamos, ¿por qué traficante? ¿Por qué no mejor cazador, luchador, campeón? La ley no permite este mercadeo pulsado por la necesidad y el bombeo de la misma sangre, pero tampoco ha podido detenerlo. Ni lo hará. Como la realidad sobrepasa tan a menudo las leyes, ahora Eva agarraba ese comercio y lo guardaba en sus bultos, formaba parte, infringía la ley… y volvería a hacerlo.

Rey las esperaría en la terminal para ayudar con las pesadas maletas. La Churri, dormida ya en el asiento junto al suyo, ahora también compartía la mitad de una manta para cubrirlas del aire frío de un regreso de madrugada.

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