Internet y los quince minutos que estremecieron La Habana

LA HABANA. La noche de ese domingo que a tanta gente no se le va a olvidar nunca, comenzaba mal y terminaría peor. Los que sufrieron el desastre en carne propia, insisten en el ruido, el rugido, el estruendo que sobrevolaba las calles. Los que estábamos lejos y todavía ajenos a la tragedia que en quince minutos trastocó la vida de tantas y tantas familias, recordaremos otro sonido en nada mejor: el aullido repentino de las ambulancias que inusitadamente cruzaban y volvían a cruzar por toda la ciudad.

Y fue, en medio del apagón que oscurecía La Habana, cuando no había ni radio ni televisión posible, que conecté el móvil a internet, para tratar de averiguar qué estaba pasando. Entonces, tras muchos y varios intentos fallidos, al fin lo supe: por primera vez en casi ochenta años, un tornado estremecía la capital con toda su devastadora potencia.

Así, en las redes sociales, pude conocer las primeras noticias del desastre nunca previsto ni anunciado, inimaginable. Y casi de inmediato comenzaron a aparecer las imágenes, las fotos con que la gente testimoniaba la catástrofe, y que cada una conmovía más que la anterior.

Algo más no tardó en aparecer: en principio, los mensajes solidarios, y ya casi de inmediato la convocatoria urgente de los cubanos satos, de los habaneros de a pie, para colectar toda la ayuda posible –aun sin disponer todavía de una cifra cierta de daños materiales– y ponerla cuanto antes en las manos de las víctimas del tornado.

Y enseguida fue la avalancha de información útil que la propia gente echaba a circular: qué era lo más necesario, quién necesitaba esto o lo otro, en qué lugar se estaba recepcionando la ayuda, dónde hacían falta más y más manos.

Impresionante ha sido la cifra de jóvenes, de hombres, de mujeres, de cubanos, que sin que nadie de arriba les dijera nada, salieron de sus casas hacia las zonas del desastre a ofrecerse buenamente para lo que hiciera falta.

Conmueve por ejemplo, después de meses y meses sufriendo la actitud metalizada y mezquina de los taxistas privados que aprietan más y más los bolsillos de la gente, ver como esa misma gente ha salido por sus medios a dar lo que tiene –nunca lo que le sobra, porque aquí no sobra nada– a esos tantos que tanto lo están necesitando.  También conmueve la pronta decisión de aquellos restaurantes particulares que comenzaron a enviar raciones de comida para ayudar a alimentar a la gente que acababa de perderlo todo y que a cambio solo pedían un transporte para llevar los alimentos hasta los necesitados.

Desde el primer momento estuvieron allí donde hacían falta los funcionarios gubernamentales, los de orden público, los socorristas, los bomberos. Y tras ellos, para trabajar hasta que hiciera falta, llegaron los electricistas, los telefónicos, los trabajadores del gas y del agua de la ciudad y de otras provincias, todos esos que dejaron atrás a sus familias para ayudar ahora al que más lo necesitaba.

Otras veces entre cubanos, los unos a los otros nos hemos ayudado, hemos hecho de ello un arte y una vocación. Pero esta vez, y habría que resaltarlo, la diferencia la hizo la posibilidad de informarnos con mayor prontitud, de convocarnos y de organizarnos, más allá de las instituciones, como sociedad, a través de Internet y las redes sociales. Ninguna otra mejor y más oportuna demostración de la utilidad y la necesidad de la conexión y la presencia en las redes de la gente de esta Isla.

Eso dejará en todos, cuando cicatricen las heridas, el recuerdo del tornado: la seguridad, aun cuando a ratos podría parecer que no, de que hay un montón de gente buena y linda en esta tierra que no dudó ni un instante en darle al prójimo lo que el prójimo necesitaba. Y también con ello la certeza de lo provechoso que resulta el que nuestra gente esté conectada.

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