Otra mirada a las elecciones de Estados Unidos

LA HABANA. Al ser consideradas como una especie de referendo sobre la gestión y el futuro del presidente Donald Trump, las pasadas elecciones de medio término en Estados Unidos atrajeron la atención de todo el mundo,

Debido a lo reñido de estas contiendas e irregularidades en su conducción, solo falta por definir un escaño en el estado de Mississippi. No obstante, ya es posible afirmar que los demócratas lograron acceder al control de la Cámara de Representantes, así como obtener victorias significativas en la lucha por las gobernaciones puestas en disputa, mientras los republicanos mantuvieron la mayoría en el senado.

Con su visión particular de la realidad, Donald Trump afirmó que se trató de una victoria republicana, pero los resultados demuestran que los demócratas avanzaron de manera considerable sus posiciones, por lo que el presidente se las verá más difícil para gobernar en los próximos dos años y encaminar su campaña para la reelección en 2020.

La principal conclusión de esta elección es que constituyó un reflejo de la tremenda polarización que existe en Estados Unidos. Esta polarización no solo se expresa en la estructura política, con efectos disfuncionales en la articulación de un consenso bipartidista para el funcionamiento de las instituciones, sino en toda la arquitectura social, con manifestaciones económicas, geográficas, etarias, de género y culturales que, al parecer, ninguna elección puede resolver por sí misma.

Vale entonces que nos distanciemos un poco de las especulaciones respecto al futuro de este gobierno o el balance actual de las fuerzas políticas, para adentrarnos en la lectura de lo acontecido y tratar de esclarecer las tendencias que pueden marcar el devenir de la vida política norteamericana.

Lo primero que salta a la vista es el incremento de votantes en unas elecciones que se supone atraen menos la participación del electorado. La razón que se aduce es la polémica personalidad de Donald Trump, lo que no deja de ser cierto, dado el estímulo divisivo que genera la conducta del presidente.

Si nos queremos detener en este aspecto y concebir las elecciones como un referendo sobre el personaje, vale decir que, aunque no fue una catástrofe, Trump perdió el voto popular por un 7 % y el 62 % de los que votaron por primera vez lo hicieron por los demócratas.

Pero el rechazo o la veneración hacia Donald Trump, no es ajena a la agenda que representa. Los temas de la salud pública, la seguridad social, la migración, el cuidado del medio ambiente, el control de las armas, el racismo y la xenofobia, estuvieron en el centro de los debates y determinaron el voto de la gente en uno u otro sentido.

Las elecciones fueron menos superficiales de lo que aparentaron y la toma de conciencia sobre los problemas del país beneficia a los demócratas, toda vez que la base republicana se moviliza a partir de un mensaje muy primitivo, que parece estar llegando a sus límites.

Las elecciones no superaron el problema de la credibilidad y la amplitud del sistema electoral. Lo que se considera un éxito de participación, ronda apenas el 50 % de los electores. La mitad no se siente representado por ninguno de los partidos, es apático a la política o existen limitaciones procesales y culturales que limitan esta participación.

Sin embargo, un aspecto que llama la atención es el ascenso de mujeres a puestos políticos electos, protagonistas además de las contiendas más llamativas de la nación.

Se trata de un movimiento que ha venido creciendo exponencialmente desde los años noventa del pasado siglo y que no solo refleja una aspiración de género, sino también una inclinación ideológica. Por primera vez más de cien mujeres integran la Cámara de Representantes, pero mientras que 105 demócratas fueron electas a estos cargos, solo lo lograron 19 republicanas, lo que constituye una disminución de cuatro escaños en relación con las pasadas elecciones.

En las mujeres electas también se expresa una mayor diversidad étnica relativa y algunas de ellas son exponentes de las posiciones más progresistas del debate político estadounidense.

Según cálculos preliminares, el 59 % de las mujeres favorecieron a los candidatos demócratas y solo un 40 % lo hizo por los republicanos. Tampoco es un dato que puede analizarse en términos absolutos, entre las mujeres blancas prácticamente hubo un empate, pero existe un diferencia sustancial entre las graduadas universitarias de esta raza, donde el 59 % votó por los demócratas.

También resalta el caso de los jóvenes. Según encuestas a pie de urna, el 67 % de los menores de 30 años eligió a los demócratas y el 58 % de los comprendidos entre 31 y 45 años hizo lo mismo. Los republicanos solo obtuvieron una escasa ventaja entre los mayores de esa edad (50-49), donde seguro fue determinante el caso de los mayores de 65 años.

Todo indica que cualquier aumento de la participación electoral debe favorecer a los demócratas, pero persiste la duda si estos, envueltos en sus propias contradicciones, serán capaces de movilizar a estos votantes potenciales.

Lo que ha ocurrido es que se ha concentrado el voto conservador alrededor del partido republicano y, de manera particular, en apoyo a Donald Trump y sus políticas. Aunque esto les garantiza un núcleo duro de votantes, que puede ser determinante en ciertas regiones y de manera general si los niveles de participación continúan siendo bajos, también limita el acceso a otros sectores que tradicionalmente se ubican en el centro del espectro político.

A la vez, se han extendido las tendencias más progresistas dentro del partido demócrata. No se trata de un fenómeno nuevo, pero la emergencia de una izquierda fortalecida dentro del partido, con todo lo difusa que aún pueda ser, plantea una dinámica distinta a su funcionamiento.

La otra gran sorpresa de las elecciones de 2016 fue la campaña del senador Bernie Sanders, la cual removió las bases estructurales del partido demócrata y, en buena medida, también se ha manifestado en esta campaña, mediante el triunfo de muchos de sus candidatos en las primarias y las propias elecciones, lo que plantea otra tendencia con vista a los comicios del 2020.

Se calcula que alrededor del 50 % de los representantes demócratas electos en estas elecciones se ubican dentro de estas posiciones y están impulsando posiciones muy radicales en temas como el cuidado medio ambiente, la salud, la migración y la asistencia social, lo que anuncia debates muy enconados en el seno del Congreso.

Si bien es un movimiento que ha demostrado mayor capacidad para movilizar el voto joven y parte importante del voto femenino, también plantea a los demócratas cierto distanciamiento con los sectores más conservadores del partido. Quizás el problema mayor que plantea el enfrentamiento con la extrema derecha republicana tienda a unificar posiciones, pero es una interrogante que solo tendrá respuesta con el devenir de la política norteamericana.

Una lectura final de estas elecciones indica que, más allá de los puestos ganados o perdidos, favoreció a los demócratas. No tanto por la representatividad de este partido, sujeto igual a las manipulaciones de grandes intereses, sino por el impulso de una agenda popular, de cuyo desenlace depende el futuro político de Estados Unidos.

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