Poco ruido y pocos peces

LA HABANA. Los científicos suelen ser gente pragmática. Por eso, Amílcar Mitjans Sánchez, biólogo del Centro de Investigaciones Pesqueras (CIP), resume la situación sin medias tintas. “No tenemos recursos para mantener a las personas comiendo pescado todo el año; ni con el de mar, ni con el de tierra. Sencillamente no hay”.

Cualquiera pensaría que a una isla del Caribe le corresponde estar nadando en peces. Pero, de hecho, sucede todo lo contrario. En la naturaleza “tienes abundancia o tienes diversidad, eso sí es incambiable —precisa el experto—. Nosotros lo que tenemos es diversidad”.

Como en el reparto universal nos dieron arrecifes multicolores, pues no nos tocan grandes cardúmenes. Ante la incógnita de la escasez de pescado en Cuba, esta parece la respuesta. Pero ahí no termina.

Alrededor del 60 por ciento de las pesquerías están en condiciones de sobreexplotación, debido a la pesca en sí misma y a factores ambientales. Técnicas muy agresivas como los tranques y las redes de arrastre, se prohibieron entre los 90 y comienzos de los 2000, y aunque el efecto ha sido positivo, la recuperación de las especies y la pesca continuada son, en principio, opuestas.

“Una pesquería, básicamente, lo que hace es quitar de la población a los individuos más aptos, explica Mitjans. Cuando pasa un período relativamente largo, quedan los genotipos más ‘raros’: los menos adaptables, más débiles, los que se han reproducido menos… Todo eso atenta contra el tamaño de la población al año siguiente”.

Las especies que habitan cerca de las desembocaduras tampoco lo pasan bien, porque los insecticidas usados en la agricultura atraviesan el manto freático y acaban en los ríos. Donde hay represas el volumen de agua que llega al final es menor, y esto afecta a especies que dependen de que la salinidad baje o varíe.

Varios estudios muestran que han ocurrido cambios de temperatura, sobre todo en áreas someras como el Golfo de Batabanó, una de las zonas más productivas, señala el especialista. “Cuando la temperatura cambia ahí, evidentemente los peces tienen una conducta con respecto a eso: el que puede irse, se va; y el que no puede irse, se muere”.

La maldita circunstancia del pescado por ninguna parte

Nueva Ley de Pesca

Si no hay otras eventualidades, cuando la nueva Asamblea Nacional se reúna a mediados de año recibirá el anteproyecto de Ley de Pesca, el cual seguramente se convertirá en Ley, sin grandes contratiempos.

La futura norma es una especie de resultado de la Política para la Actividad Pesquera, que comenzó a elaborarse en 2013 y finalmente fue aprobada por el Consejo de Ministros en 2017. Aquí se sigue el mismo procedimiento legislativo ad hoc que con la Ley de Inversión Extranjera, por ejemplo. Primero la política, que establece definiciones, objetivos; y luego la regulación.

En este caso, ambos documentos reconocen oficialmente la existencia de los pescadores comerciales privados, como trabajadores por cuenta propia, pues el Reglamento de Pesca vigente hasta ahora (Decreto-Ley 164, de 1996) no contempla esta figura.

Raidel Borroto Vejerano, director de Regulaciones Pesqueras y Ciencia del Ministerio de la Industria Alimentaria (MINAL), anota que una de las principales conclusiones de la política es que las pesquerías en aguas cubanas no deben crecer, sino se mantendrán en una cifra tope similar a la de los últimos cinco años, sobre todo en cuanto a las especies de peces, que son la mayoría.

Los límites de captura se dirigen hacia el sector estatal, dadas sus capacidades superiores. Más de 3 000 embarcaciones privadas generan entre 1 500 y 2 000 toneladas de escama, mientras los pescadores de empresas estatales registran unas 13 000 toneladas, con alrededor de 700 embarcaciones, destaca el funcionario. El porte de los barcos y las artes empleadas marcan la diferencia.

Con la nueva ley, existen posibilidades de crear cooperativas pesqueras, tomando en cuenta las regulaciones de las cooperativas no agropecuarias en general. Sin embargo, en las circunstancias actuales, cuando más que fundar se han cerrado cooperativas, esa podría convertirse en una puerta abierta por donde no pase nadie, o casi nadie.

¿Chao pesca’o?

La esperanza está en el agua dulce. Para conservar las especies de la plataforma cubana, no queda más remedio que desarrollar la acuicultura. Se trata de una tendencia internacional: de ahí proviene la mitad de todo el pescado dirigido al consumo humano, según El estado mundial de la pesca y la acuicultura que publica la FAO.

No obstante, el pescado de agua dulce no parece, ni de lejos, el favorito de mucha gente. “Esa percepción yo también la tengo —confiesa Borroto—. Pero cualquier especie, la tenca, que es la más mala, tú la pones en el mercado y no se echa a perder. La demanda está muy por encima de lo que se produce”.

El investigador del CIP apunta que detrás de esas preferencias pudiera esconderse una cuestión cultural: probablemente a las personas fuera de La Habana, que vivan cerca de ríos o presas, les resulte más común —incluso apetitoso— comer estos tipos de pescado.

Y si hablamos de personas, hay que pensar en las comunidades pesqueras alrededor de toda la isla. Aunque los límites de captura no les afectan, los pescadores privados sí deben respetar los períodos de vedas y otras prohibiciones. Porque esa idea de “mejor pez en mano que ciento nadando”, resulta insostenible.

“El pescador es un depredador natural —comenta Borroto—, es muy difícil convencerlo de que no puede seguir con lo que está haciendo. Porque él lo va a poder hacer quizás toda su vida, pero no su hijo que viene detrás”.

Geori López, pescador de Cojímar, coincide en este punto. “Si nos dan la posibilidad, vamos a acabar con todo; las regulaciones para los peces de plataforma deberían ser más fuertes. Fíjate, te estoy diciendo una cosa que va en contra de lo que yo hago”.

El director de Regulaciones Pesqueras y Ciencias del MINAL adelanta que la ley por venir, en efecto, será más dura con quienes dañen recursos limitados o en peligro de extinción, como los corales negros y las tortugas marinas. Inclusive se ha valorado que los perjuicios a ciertas especies se incluyan como delito en el Código Penal.

“En Alamar, por ejemplo, en cualquier zona donde te tires, nadas hacia atrás y encuentras redes ilegales, a 20 o 30 metros de profundidad —cuenta Borroto—. Ahora haces una redada, las quitas todas, usando embarcaciones, buzos y demás; y a la semana están de nuevo, porque el dinero que deja una tortuga da para comprar cuatro redes. La cantidad de recursos que se emplea para eliminarlas, no compensa los que ellos tienen para volverlo a hacer”.

Luego de cualquier análisis, hay un hecho cierto como el día hoy: la producción de pescado no alcanza. “El crecimiento de las paladares fue de hoy para mañana, y así no se comporta una producción pesquera —reconoce el funcionario—. Y por supuesto eso está incidiendo significativamente en el mercado ilegal”.

Enderezar esa situación todavía va a costar: tiempo, dinero, manejo eficiente. Nunca mejor dicho aquello de que para comer pescado, hay que mojarse los pies.

Foto de portada: Tomada de Cubasí.

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