El sabor a oportunidad perdida que dejó 2017

LA HABANA. Ingrid Fachado aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Miami en agosto de 2014. En diciembre comenzaría el “deshielo” entre Cuba y Estados Unidos.

Para ella Barack Obama es “un tipo con magia, que se paraba a hablar y a mí me apetecía escucharlo”. Cuando terminó su mandato, se habían firmado 23 acuerdos bilaterales pero las relaciones económicas entre ambos países eran todavía minúsculas.

Por ejemplo, Saúl Berenthal, que en 2015 ansiaba producir tractores y levantar la primera fábrica estadounidense en Cuba después de 50 años, dijo a inicios de 2016: “de ambos lados existe una burocracia muy compleja”.

Ingrid vive hoy en Orlando. Desde allí habla de una persona cercana que “tiene un hostal y su mayor fuente de turismo eran los americanos”. Mientras duró el acercamiento, “le llegaban delegaciones grandes”.

Cuentapropismo: ¿se trancó el dominó?

En junio de 2017 Donald Trump anunció que Estados Unidos reforzaría las restricciones de viajar a Cuba para los estadounidenses, dos años y medio después de que Obama asegurara que esas regulaciones no benefician a ninguna de las dos partes.

“Desde hace meses ella no tiene huéspedes”, cuenta Ingrid.

En noviembre, Donald Trump expandió “las categorías de productos que pueden exportarse al sector no estatal, siempre que estos no se utilicen para generar ingresos o contribuyan al funcionamiento del Estado cubano”.

En 2016, un 30% de los trabajadores cubanos pertenecía al sector privado o cooperativo. A ese grupo dirigió Obama la mayoría de sus medidas. Los más beneficiados fueron los que se dedicaban a la renta de habitaciones, el transporte y la elaboración de alimentos.

 

Una semana antes del discurso de Trump, en Cuba se detuvo la realización de contratos entre el sector privado y el Ministerio del Turismo. Dos meses después, el gobierno cubano suspendió el otorgamiento de nuevas licencias para ejercer el trabajo por cuenta propia (TCP) en 27 actividades y eliminó 5 de la lista de actividades autorizadas.

Durante una reunión entre trabajadores autónomos y autoridades del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social a finales de año, los primeros expusieron su interés en que se les autorice a realizar importaciones de carácter comercial y se les facilite el acceso a materias primas e insumos. Demandaron un tratamiento fiscal ajustado a la realidad del país, la implementación de las PYMES, un mecanismo de diálogo entre ese ministerio y los trabajadores del sector, además de la elaboración de un listado de actividades prohibidas (no de actividades autorizadas).

La mayoría de los economistas cubanos concuerdan con sus demandas.

Nelson Pardo Ávila, de 33 años, asegura que el TCP y las cooperativas “están dándole vida a mucha gente”. Trabaja como elaborador de masa de pizzas, lasaña y pan. Aprendió a hacer de todo porque con sus estudios de electrónica “no iba a lograr nada”.

Sabe de personas que esperaron años, a veces con más de un trabajo, para disponer de algún capital y empezar su propio negocio.

Por eso generan inquietud las demoras en la implementación de las nuevas políticas aprobadas por el Parlamento y el Partido Comunista de Cuba (PPC). Los documentos que compilan los acuerdos del VII Congreso del PCC fueron publicados casi un año y medio después de terminado el evento, aunque en esta ocasión solamente los discutieron unos 1.600.000 ciudadanos.

El economista cubano Joaquín Benavides considera: “Yo que tuve alguna experiencia en elaborar legislaciones y someterlas a aprobación del Gobierno, estoy seguro de que 6 meses es un término más que suficiente para preparar un Decreto Ley que regule todo lo concerniente a la creación de empresas privadas y cooperativas”.

Editorial: Hay que moverse

Progreso Semanal

Emigración: se secó el Malecón

Obama decepcionó a Lourdes A. García en enero de 2017. “Cuando se iba del poder, quitó la ley de pies secos, pies mojados”, explica Lourdes, de 24 años, desde La Habana Vieja.

Ella no se habría tirado al mar pero “los cubanos tenían esperanzas de salir y esa era la única forma de hacerlo. Esa, o entrar por la frontera”.

Nelson, que vive en un país donde el crecimiento del PIB ha permanecido por debajo del 5% en los últimos diez años, vaticina que con esta medida “sí, se evitarán los muertos, pero la emigración no va a parar”.

Franklin Castillo, de 38 años, lamenta que “mucha gente buena” no lo hayan conseguido a tiempo. Aun así, está contento con su eliminación “porque cuando llegué, no veía tantos cubanos haciendo daño aquí, tantos vagos viviendo del gobierno y de mis impuestos”.

Ingrid, de 30 años, difiere. “Como mismo está quien viene a recostarse, estamos los otros y vivo convencida de que somos más”. Ella atiende a niños autistas y ha logrado notables mejorías en varios de ellos.

Ingrid entró con una visa por cinco años y pasó un año entero sin papeles, “en lugar de tres meses, si hubiera pedido asilo político. No me atreví a decir mentiras en el aeropuerto”.

 

Entre octubre de 2015 y agosto de 2016, desde la isla arribaron a Estados Unidos 47.000 personas, una reacción ante el no anunciado pero previsible fin de los privilegios para migrantes ilegales cubanos. “¿Tienes idea de la carga social y económica que representa eso para la ciudad de Miami?”, pregunta Franklin.

En diciembre de 2014, los cubanoamericanos eran, a los ojos de Obama, “los mejores embajadores potenciales” de los valores estadounidenses.

Eliminada la ley de pies secos, pies mojados, aquellas entradas ilegales dejaron de ser tan comunes. Gobernantes y cancilleres de Centroamérica elogiaron la decisión de Obama. Ninguno de sus países recibe a los isleños sin visa y la mayoría de los cubanos no cumple con los requisitos para aplicar a una.

Luego, el 23 de septiembre de 2017, la Embajada de Estados Unidos informó que cambiaría de fecha las entrevistas de visado programadas hasta el 29 de ese mes, debido a los daños ocasionados por el huracán Irma. El día 29, Estados Unidos ordenó retirar el 60% de su personal en la Embajada y suspender la emisión de visas desde La Habana.

Franklin cree que la decisión es “parte de toda la estrategia para parar evitar la migración. Sé que no es cómodo y lo tengo cerca con mi familia. Ojalá el consulado trabajara y dejaran la bobería”.

Fue en este contexto que el gobierno cubano relajó algunas restricciones para la entrada al país de sus emigrados, mientras mantuvo otras de sus demandas sin resolver.

Nuevas medidas migratorias cubanas

Jesús Arboleya

Hasta que encuentren la solución

 Como lo ve Franklin desde la Florida, Trump no ha hecho nada contra Cuba.

Es cierto que no limitó el envío de remesas ni los viajes de los cubanoamericanos, no interrumpió los vuelos regulares ni prohibió a las personas y compañías estadounidenses vincularse con el sector privado.

El problema, explica Nelson, es que “si le hace la guerra al Estado, al final nos está perjudicando. Llevamos cincuenta años en eso”.

Trump restringe las actividades económicas con 179 entidades cubanas vinculadas a los ministerios del Interior y de las Fuerzas Armadas, además de limitar las posibilidades de negocios con empresas estatales. Pero no canceló los acuerdos pactados durante la era Obama entre empresas estadounidenses y entidades cubanas.

Los dos años de acercamiento pudieron aprovecharse más y mejor, cree Nelson. No ocurrió por “miedo a que los americanos salieran otra vez con el mismo número. Y mira lo que nos hicieron. Ahora está Trump. ¡A saber quién viene después!”.

También debido a los daños ocasionados por el huracán Irma, el Parlamento cubano aplazó la elección de un nuevo presidente hasta abril de 2018. El próximo mandatario deberá conducir las relaciones diplomáticas en las aguas de Trump, que regresa a una época trascendida por Obama.

Obama defendía que durante los últimos 50 años “Estados Unidos ha apoyado con orgullo la democracia y los derechos humanos en Cuba” pero que ninguna otra nación los había imitado en la aplicación de su política hacia Cuba. Resumió el impacto de aquella estrategia al señalar: “Hoy Cuba aún está gobernada por los Castro y el Partido Comunista que llegó al poder hace ya medio siglo”.

Franklin, por supuesto, está “a favor de las relaciones” y habla de otras personas que quieren lo mismo “pero con condiciones. Ya sabes, derechos. Si los problemas no existieran, nadie pediría condiciones”. Sin embargo, no opina que Obama debió poner más condiciones para negociar. “No tenía que pedir nada, Cuba tiene que hacer por sí misma”.

Lo que el país necesite, agrega Ingrid, “lo va a vivir en su momento. Cuando alguien ha querido apresurar las cosas, no ha salido bien”.

A diferencia de Franklin y Lourdes, ella sí considera que las políticas de estos dos últimos presidentes “han influido tangiblemente” en la vida de los cubanos.

Mientras Franklin se repite a sí mismo que la culpa de los problemas de Cuba es de los cubanos y una vez le dijo “a unos mexicanos que bastaba de echarle la culpa de sus problemas a los Estados Unidos”, Ingrid considera que, en cierta medida, la suerte de más de un país, “dígase Cuba, dígase Iraq, o el que sea”, está en mano de los gobernantes estadounidenses.

Sin embargo, precisa ella, “depende de los que están dentro aprovechar las oportunidades y reclamar lo que les toca. Yo no quería hacerlo, por eso me fui”.

A Ingrid le lastima y le preocupa lo que pasa en Cuba, “porque sigue siendo mi país; pero no estoy haciendo historia, al menos no la que se va a hacer allí dentro”.

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