La libertad de Bowe Bergdahl y el futuro de Alan Gross

LA HABANA. El anuncio de que Estados Unidos y la guerrilla afgana del Talibán canjearon a cinco dirigentes de la organización armada por el sargento Bowe Bergdahl, debe haber provocado un verdadero terremoto de sentimientos en Alan Gross, el contratista estadounidense que cumple en Cuba una condena de prisión de 15 años desde 2009.

La decisión de Obama de intercambiar prisioneros con una organización que hace decenas de años viene siendo catalogada como “terrorista” y ha permanecido en guerra contra Estados Unidos antes y después de la invasión de Afganistán, tiene potencial para renovar las esperanzas de Gross y su familia. Ellos han pedido sin descanso al presidente de su país que gestione un acuerdo con Cuba para lograr su liberación.

Luego de cinco años de reclusión en La Habana, sin apreciar esfuerzos significativos para solucionar su estatus, Gross asumió una actitud extrema y el pasado mes de abril permaneció en huelga de hambre durante 9 días, para presionar a la Casa Blanca a iniciar conversaciones directas con el gobierno cubano.

Poco tiempo después de haber levantado el ayuno, sumamente peligroso para su organismo, el agente norteamericano pudo comprobar que ni las peticiones razonadas, ni las súplicas más dramáticas, ni los gestos más desesperados, parecían capaces de conmover suficientemente al gobierno de su país respecto a su caso.

Lejos de dar alguna señal que favoreciera de alguna forma el diálogo sobre Gross, el 30 de abril, el Departamento de Estado de los Estados Unidos publicó su Informe por Países sobre Terrorismo correspondiente al año 2013, en el cual reiteró la descabellada designación de Cuba como “Estado Patrocinador del Terrorismo”, por trigésima segunda ocasión.

Sin embargo, el propio Departamento de Estado reconoce paladinamente en ese informe que en el 2013 “el Gobierno de Cuba apoyó y auspició negociaciones entre las FARC y el Gobierno de Colombia con el objetivo de lograr un acuerdo de paz entre ambas partes” y que “no hay información de que el gobierno cubano haya suministrado armamento o dado entrenamiento paramilitar a grupos terroristas”.

Para colmo, en los últimos tiempos, Alan Gross pudo llegar a la conclusión de que su misión para la USAID en 2009, como subcontratista privado en ciberoperaciones (probadamente de carácter secreto y subversivo contra Cuba) era un campo minado debido a las evidencias que ya podían tener las autoridades de la Isla sobre el proyecto “ZunZuneo”. Pero los chicos de la USAID (y sus regentes del gobierno) no le advirtieron nada sobre el enorme riesgo que habría de correr al realizar su quinto viaje a Cuba.

“Una vez que Alan fue detenido, es sorprendente que la USAID pusiera en peligro su seguridad aún más mediante la ejecución de una operación encubierta en Cuba”, comentó Scott Gilbert, abogado de Gross.

“El 2 de mayo cumplo 65 años y será mi último cumpleaños aquí”, le anunció Alan Gross al periodista Peter Kornbluh, quien en más de una ocasión ha podido visitarlo en La Habana. Kornbluh confirmó que el estado mental del prisionero a principios de mayo era “volátil” y de mantenerse puede dar lugar a nuevas y más prolongadas huelgas de hambre y hasta desesperados y peligrosos intentos de fuga.

En la situación mental descrita pudo estar pesando su convicción de que había sido abandonado “temo que mi gobierno –el mismo gobierno al que servía en el momento en que comenzó esta pesadilla– me ha abandonado”, escribió Gross al presidente Obama, en una carta que le envió en diciembre pasado. Desde la misiva requería directamente al señor presidente diciéndole que “solo por medio de su implicación personal podrá garantizarse mi liberación…”

Es el tipo de prerrogativa que Obama ha puesto este sábado en práctica para canjear a los cinco altos dirigentes talibanes por el sargento Bergdahl. Una decisión audaz y meritoria que inmediatamente fue criticada por algunos congresistas, quienes argumentaron que el presidente está obligado por ley a notificar al Congreso 30 días antes de cualquier transferencia de la prisión de Guantánamo.

La Casa Blanca admitió que la decisión del canje fue tomada a contrapelo de esas exigencias y aludió que Washington tiene un “honor sagrado” de devolver a casa a los prisioneros de guerra.

“Dada la extrema urgencia de la condición de salud del sargento Bowe Berdaghl y dada la responsabilidad constitucional del presidente, se determinó que era necesario y apropiado no adherirnos al requisito de notificación porque podría haber significado perder la oportunidad de liberar al sargento”, dijo a CNN la asesora de seguridad nacional del presidente, Susan Rice.

El destino de Gross, efectivamente, está en manos de Obama, habida cuenta de que el gobierno cubano ha anunciado su disposición inmediata de encontrar una salida humanitaria al caso “sobre bases de reciprocidad”.

Para avanzar hacia un diálogo que permita un eventual intercambio por los tres cubanos que permanecen presos en Estados Unidos –Gerardo Hernández, Ramón Labañino y Antonio Guerrero–, la Casa Blanca debería admitir que la vida de Gross vale tanto como la Bowe Berdaghl y que su familia, como la del sargento, también merece una satisfacción. Gross, que actuaba como un soldado en el frente de batalla, cumplía una misión asignada por su gobierno: una misión de guerra.

¿Podrá Obama, que acaba de desacatar la máxima de no negociación con “terroristas”, hacer realidad “el par de ideas” de solución que hace unas semanas anunció el secretario de Estado John Kerry al referirse al caso del agente Gross? ¿Qué pensamientos tendrá ahora mismo, desde su prisión en la isla, el contratista de origen judío que se ha sentido abandonado durante cinco largos años? ¿Estará avistando en el horizonte una solución a su naufragio?

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