LA HABANA. Nunca podré olvidar en mis recuerdos de adolescente, cuando a mediados de los años sesenta mi padre llegó a casa con una muy peculiar invitación para toda la familia: la puesta en marcha de la pizzería Lisboa, en el entonces centro comercial de La Copa, en Miramar, hoy municipio capitalino de Playa.

Nada extraordinario recalcar que en la actualidad no es ni la sombra de lo que fue en ofertas, calidad y decoración. Lograr mantener el esplendor de un nuevo sitio ha sido tarea incumplida en varias generaciones de cubanos. Sin ir muy lejos, ahí está el fantasma de Coppelia.

El patrocinador e impulsor de aquella idea, muy lejos estaba de imaginar que con el transcurso del tiempo y hasta nuestros días, las pizzerías ya forman parte del patrimonio alimenticio nacional. Y algo todavía más importante, modalidad de todo éxito y urgencia en el llamado sector no estatal.

El pasado lunes 12 de febrero estuve en la necrópolis de Colón en la despedida de Rolando Álvarez, ministro de la Industria Alimenticia en el período de 1965-67. Una treintena de personas nos dimos cita allí cuando Rolando estaba a punto de alcanzar sus 90 años de edad.

Ni multitudes ni oratorias fúnebres. Simplemente su familia y amigos. Llegado el momento final, no pude menos que pensar en darle las gracias por su empeño en nombre de todo un país que ni idea tiene de las razones de tantas pizzerías.

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