LA HABANA. En comparación con el resto del mundo en Cuba divorciarse no parece difícil. En el imaginario colectivo cualquiera sabe que con cien pesos (cubanos) el asunto se resuelve y no por gusto tiene uno de los más altos índice de divorcio (en 2010 era el más alto de Latinoamérica).

La acción del divorcio en Cuba se regula a través del Código de Familia y se entiende que cuando el matrimonio pierde su sentido para los cónyuges y para los hijos también lo pierde para la sociedad. Desde 2011 se ha incrementado el número de divorcios en unos 1,889 según números de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), aunque no figuran allí aquellas separaciones de parejas que no se han casado legalmente, y sí aquellas de quienes lo han hecho por necesidad, digamos, socioeconómica.

Con matrimonios concertados para gozar de beneficios como los de la adquisición de algún electrodoméstico, viajes de esparcimiento y hasta cajas de cerveza tan a la usanza de los ochenta; o como variante migratoria hacia el exterior y luego de 2011 hacia La Habana, es un hecho que lloverían los divorcios, pero no deja de ser, por inexacta, llamativa la cifra. Razones de peso para aquellos divorcios que sí fueron producidos al final de un verdadero matrimonio podrían listarse desde el desgaste del amor hasta desacuerdos comunes de convivencia.

No puede dejar de contar la terrible circunstancia del hacinamiento en las viviendas donde varias generaciones le hacen el cuorum a una pareja que aunque casados, casa no tienen y sí la obligación de irse a vivir a un cuartico armado, dividiendo la saleta con cartones, o en el cuarto de soltera de la muchacha por el que debía pasar el resto de la familia para llegar al baño. A veces, incluso, con comodidades, pero con la opinión constante de la suegra o el suegro, aquella que ignoraría el axioma de que entre marido y mujer nadie se debe meter.

Además de la anteriormente descrita, matrimonios a corta edad, pobreza o bajo nivel adquisitivo o educacional, desempleo, que uno de los cónyuges tenga un hijo de un matrimonio anterior, incluso el divorcio en la familia de origen, figuran como algunas de las variables que presentan mayor riesgo de divorcio. Otras investigaciones indican como potenciales causas de su incremento el cambio de roles dentro del matrimonio, principalmente el hecho de que las mujeres tengan más acceso y oportunidades de educación y empleo.

La probabilidad de divorcio también se hace más fuerte en aquellas familias de ingresos medios en las que el marido desaprueba el trabajo de la esposa o en las que las jornadas de trabajo no coinciden y hacen que la interacción de la pareja disminuya.

Causas más raras se asocian con la conducta de alguno de los cónyuges, desde problemas de higiene, adicciones, distracciones, política, deportes, hobbies, hasta un ronquido insoportable, y por supuesto el adulterio. A través de los siglos el adulterio ha sido moralmente censurado y hasta penado, pero tradicionalmente ha sido más tolerado y aceptado en los hombres que en las mujeres, las cuales se han ganado desde ser empedradas, rociadas con ácido en el rostro y fuertemente golpeadas, hasta aquello que luego se suaviza con el eufemístico “crimen pasional”.

Mi generación, la nacida en los ochenta, es una generación de padres divorciados. No son mayoría los que han llegado a los 30 con los dos padres juntos, y muchos pasaron por el dolor de las llegadas tardes, las discusiones bajito y luego a viva voz, las recogidas de los bártulos para irse y regresar.

Ya a mi edad algunos de los que se casaron van por su segundo matrimonio con hijos de la primera unión y nuevos de la segunda. Los que viven fuera de Cuba se cuidan un poco más, porque allí sí que no es fácil con aquello de la división de bienes y la responsabilidad del ex marido con la economía de la ex esposa. Aquí, ya sea porque son pocos los bienes o porque es una ley moral no escrita, los hombres tienden a ser los que se van y le dejan la casa a la mujer e hijos. Aunque conozco el caso de una muchacha que tuvo que pelear muy fuerte para no quedarse sin techo.

Es triste el divorcio, sobre todo el proceso, porque realmente el problema no es el acto de la separación sino el trayecto y el acabar de decidirse, y los hijos y los traumas que se generan no tanto por la ruptura como por la necesidad de esta y el mal manejo que se le suele dar. Pero es una fortaleza que en nuestro país puedan lucir tales cifras como una expresión genuina de que aquellos que están juntos pueden dejar de estarlo sin mayores traumas jurídicos que los que ya son tan lacerantes desde lo emocional.

Solo quedaría pensar en quienes no se divorcian por temor o por dependencia económica, en aquellas mujeres que aluden “por los niños” cuando son los niños los primeros afectados en medio de tanta tensión, creciendo en hogares disfuncionales.

Las causas de que ese estado de voluntad cotidiano entre cónyuges que el Derecho Romano llama affectio maritalis desaparezca son importantes para el análisis estadístico de una sociedad, para irlas erradicando en función de que el equilibrio en esa célula fundamental que es la familia se extrapole al equilibrio social. Pero me preocupan también las causas por las que aún siendo tan fácil divorciarse en este país, varias mujeres y hombres violentados desde todas las aristas posibles ―también porque tener que permanecer al lado de alguien con quien realmente no se quiere estar es una forma de violencia— sigan amarrados.

La falta de vivienda, la dependencia económica y emocional y el miedo pueden ser algunas de estas causas. El miedo a perder un estatus, a no poder valerse por sí mismo, a la soledad, a la amenaza de la pareja desde con la custodia de los hijos hasta con la muerte… es otro de esos males que carcome desde el silencio a todas las sociedades y también a la cubana, donde la libertad tiene extremos paradójicos y se ha abocado con demasiada más fuerza hacia lo colectivo que hacia el individuo y sus “pobrezas” específicas.

Parece feo hablar de divorcio en un mes que se llama “del amor”, pero disolver vínculos que son más un problema que el gozo que comenzaron siendo es también un acto de fe hacia uno mismo y por lo tanto un acto de amor.

Le queda al individuo encontrar la fuerza para acudir a separaciones lo más sanas posibles, o mucho mejor, trabajar en sus escogencias y toma de decisiones a la hora de hacer una familia para toda la vida. Le queda a la sociedad trabajar en su nivel de apoyo y tolerancia y a las altas esferas promover la superestructura que entre tantos otros asuntos también interfiere ―y mucho— en este.

En Cuba casi todos hemos bailado con el Chirrín chirrán de los Van Van, y aunque es mejor un “Y vivieron felices para siempre”, también es válido aquello que un gallego diría con gozo: “Y fueron felices porque estaban el uno del otro hasta las narices”.

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