El senador republicano Rand Paul acusa a su partido de hipocresía en el tema del déficit

MIAMI. Los republicanos, que en el pasado hablaron del déficit como un híbrido de Frankenstein y Drácula, aprobaron la semana pasada un presupuesto destructor del déficit. Durante décadas, los republicanos se han posicionado como halcones del déficit. La semana pasada, demostraron cuán falsa había sido desde el principio su cruzada contra el déficit. Lo que los republicanos realmente desprecian es que el gobierno gaste dinero en ayudar a las personas que no son ricas con cosas como la atención médica y la educación, en lugar de usarlo para grandes recortes de impuestos para los ricos y demenciales niveles de gasto militar.

El senador por Kentucky Rand Paul, en un discurso maratónico contra el proyecto de presupuesto de su propio partido, preguntó cómo los republicanos podían atacar los déficits cuando Obama era presidente y perpetrarlos deliberadamente cuando su hombre está en la Casa Blanca y ellos controlan tanto el Senado como la Cámara de Representantes. Fue una buena pregunta sin una buena respuesta. Rand Paul lo llamó por su nombre: hipocresía.

Un poco de honestidad por parte de un senador republicano es refrescante, porque es muy poco común. La verdad es un bien escaso bajo Trump y compañía. Y, sin embargo, aunque Rand Paul decía una verdad, no decía toda la verdad y su comparación de los déficits de Obama con los déficits republicanos fue deshonesta. Parece que los republicanos, incluso Rand Paul el inconformista, no pueden evitar lanzar la Gran Mentira incluso cuando admiten una pequeña e inconveniente verdad.

Rand Paul engaña a lo grande cuando iguala el déficit de Obama (que le fue impuesto al expresidente por una economía en atemorizante caída libre) y el déficit futuro a propósito, recién decretado por los republicanos –a pesar de una economía en crecimiento– para que puedan dar enormes recortes de impuestos a los donantes ultra ricos de su partido.

Los déficits de Obama fueron el producto de la peor recesión desde la Gran Depresión, un legado de su predecesor republicano. El crack creó el déficit, no Obama. Tan pronto como la crisis comenzó a disminuir, el déficit bajo Obama disminuyó.

Obama y sus asesores temían que las gigantescas instituciones financieras que estaban a punto de colapsar arrastrarían a toda la economía. Entonces, él los rescató. Eso explica una gran parte del déficit. Habría que tener déficit, de una manera u otra, para evitar una catástrofe.

[Mi diferencia con Obama, y los economistas amigables con el capital que él heredó de Clinton, es que no utilizaron la desesperada situación de los gigantes financieros para romper su monopolio y que ya nunca más pudieran comprar políticos y joder a los consumidores. En cambio, al salvar a los bancos a expensas de los contribuyentes, la Administración Obama permitió que Wells Fargos y sus semejantes defraudaran totalmente de nuevo a los consumidores y neutralizaran a la agencia de vigilancia del consumidor, creada para combatir sus fechorías financieras.]

Sin embargo, el punto principal es que cuando Obama llegó al poder en medio de la crisis, el déficit tuvo que aumentar por razones más allá de su control o del de cualquier otro presidente. A medida que la recesión hizo que el desempleo aumentara, los ingresos tributarios inevitablemente cayeron en picada, mientras que los desembolsos para el seguro de desempleo crecieron marcadamente. La aritmética es simple: cuando millones de trabajadores pierden sus empleos, menos dinero en impuestos ingresa al Tesoro. Más dinero proveniente de los impuestos sale para pagar la compensación por desempleo y estimular la economía para detener la hemorragia de empleos.

Los déficits de Obama fueron impulsados ​​por la necesidad económica. Los déficits republicanos bajo George W. Bush, Donald Trump y Paul Ryan son déficits por decisión, la decisión de dar más a los que tienen y librar guerras ruinosas.

El cinismo del Partido Republicano es evidente cuando despotrica contra los déficits si estos son creados por los demócratas para evitar una calamidad nacional, provocada en primer lugar por el dogma republicano del mercado libre, y luego celebran la victoria cuando crean déficits aún mayores para financiar la arrogancia imperial y la codicia interna.

Los déficits para transferir riqueza del 90% inferior al 10% superior agradan a los republicanos. Los déficits para brindar al pueblo acceso a la atención médica que les salve la vida, cupones de alimentos para que puedan comer, y educación pública para que puedan trabajar y ser productivos son anatema para el Partido Republicano. Los déficits para pagar a contratistas militares para que produzcan suficientes armas como para destruir muchas veces la civilización son más que aceptables para los republicanos.

La retórica republicana acerca del déficit siempre ha sido una sandez. La teoría económica estándar sostiene que los déficits son necesarios y útiles cuando la economía está yendo mal y la inflación es baja. Cuando la economía es buena, los déficits deben evitarse para evitar la inflación.

La pseudo honestidad de Rand Paul ignora una idea de la medicina que se puede aplicar a la economía. Se debe evitar el uso excesivo de antibióticos para tratar cosas como el resfriado común. Los antibióticos no curan los resfriados y tienen efectos secundarios, y el uso exagerado de antibióticos causa la evolución de nuevos bichos muy peligrosos que son inmunes a los antibióticos. Por otro lado, cada médico debe recetar antibióticos para un paciente con neumonía bacteriana y fiebre de 40 grados. Al igual que los antibióticos, hasta los grandes déficits son necesarios durante emergencias como guerras y recesiones. Los grandes déficits son contraproducentes cuando la economía va viento en popa.

Los republicanos denuncian déficits necesarios y promueven los innecesarios. Es simplemente una faceta de su perversidad generalizada. La mayoría de ellos profesa el cristianismo, pero pocos han visto a una persona rica a la que no quisieran darles más o a una pobre a la que no consideren indigna de ayuda. Los ricos son virtuosos y trabajadores. Los pobres son vagos e inmorales. Es un curioso cristianismo arraigado en un protestantismo calvinista de autonegación, pero con un giro conveniente: la austeridad no para uno mismo, como en el calvinismo original, sino la austeridad para otros, los que no son de los elegidos y quienes, en palabras del jefe de personal de Trump, John Kelly (hablando de inmigrantes elegibles para DACA que no se inscribieron, probablemente por miedo a lo que exactamente está sucediendo ahora), son demasiado perezosos para sacar sus nalgas del sofá y ayudarse a sí mismos.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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