Presumimos de tener a casi todas las féminas del país integradas a la Federación de Mujeres Cubanas, de desplegar una cruzada inmisericorde —aunque no del todo efectiva— contra siglos de machismo y hasta de establecer determinadas cuotas para garantizar la presencia de mujeres en los más disímiles estratos de poder. Si nos preguntan, nos declaramos feministas por principios.

Pero entonces alguien habla de envejecimiento poblacional, baja natalidad, pirámide invertida, y dejamos de ser teóricamente iguales para convertirnos en las malas de la película: “Ustedes, las de los cromosomas XX, tienen que parir entre los 20 y los 35 años. ¿Qué esperan?”.

Nos cuestionan, con mayor o menor grado de virulencia, desde las vecinas de la cuadra —más por enterarse del chisme que por un censo real del comité— hasta los especialistas que comparecen en la televisión, que si en algo son realmente expertos es en echarnos la culpa a las compañeras de los cromosomas XX que aún no hemos tenido bebé.

A algunas de nosotras, las que fuimos disciplinadas y “puntualitas” desde la primaria, nos entra ahí mismo el cargo de conciencia, se nos cierra la garganta por la angustia de no estar cumpliendo con la sociedad, por no dar el paso al frente en la honrosa tarea de procrear. Y no uno, sino dos hijos; y no varones, sino hembras, por aquello de garantizar el reemplazo generacional.

No obstante, algunas de nosotras, las que tenemos memoria histórica y sabemos sumar y restar, sacamos una cuenta que se cae de la mata, por más que intenten obviarla los analistas que solo ven una parte de la realidad: ni las barrigas crecen en probetas, aisladas de las muy particulares condiciones económicas y culturales de cada cual; ni el desarrollo profesional de las mujeres es un favor que se nos hace y que, favor al fin, en determinado momento se nos puede quitar; ni la diáspora de los cubanos por el mundo es un factor intrascendente en la ecuación del declive poblacional.

Porque, a ver, suponiendo que multipliquemos por cero la necesidad de pañales desechables, compotas de las shoppings y otros danzones similares que hacen la maternidad mucho más llevadera; suponiendo que pongamos el trabajo en stand by y decidamos sobrecumplir la norma de fecundidad, ¿quién asegura que, una vez aterrizados en la edad laboral, estos nuevos cubanos se quedarán en la isla a producir bienes y servicios, a trabajar lo suficiente como para mantener los pagos y pensiones de la seguridad social?

¿Qué puede estar pesando más en la balanza del envejecimiento: que las mujeres hayamos decidido libre y soberanamente no tener 14 hijos, como nuestras bisabuelas, sino apenas uno, acaso dos; o que los proyectos de vida de los jóvenes no encajen del todo en el proyecto de nación y decidan, también libre y soberanamente, emigrar?

Tan feministas que nos creemos en Cuba para algunas cosas y tan fácilmente que nos dejamos intimidar: “Ustedes, las de los cromosomas XX, tienen que parir entre los 20 y los 35 años. ¿Qué esperan?”.

El día menos pensado me da por responderles la verdad.

(Tomado de su blog Cuba Profunda)

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