LA HABANA. Un amigo, cuya capacidad respeto mucho, me comentó que el discurso de la Unión, pronunciado por Donald Trump ante el Congreso norteamericano el pasado primero de febrero, había tenido un tono “moderado”. Al tratar de profundizar en las razones de su apreciación, llegamos a la conclusión de que, dado los antecedentes de personaje, esperaba algo peor.

Esto nos permite valorar en qué situación se encuentra la política de Estados Unidos. Son tales los extremos a los que se ha llegado, que en un momento determinado puede lucir moderado un hombre que exaltó hasta el paroxismo el chovinismo norteamericano, cuya política migratoria desconoce los principios humanitarios más elementales, que insulta al mundo mediante el chantaje y que mintió sin recato a su propio pueblo, al asegurarle que durante su primer año de gobierno se habían producido “avances increíbles y resultados extraordinarios”.

La política pública hacia América Latina, sumida en un estado de ingobernabilidad en varios países, como resultado de la violación de las reglas democráticas por las que tanto aboga Estados Unidos, quedó resumida en la singularización de las sanciones contra Cuba y Venezuela, denominadas como “dictaduras comunistas socialistas”, que deben ser enfrentadas.

Quizás porque la consideraba más vulnerable, Obama había diferenciado la  política hacia Venezuela de la cubana, e incluso hizo intentos por utilizar los avances en las relaciones con Cuba para tratar de aislar a los venezolanos. A esa lógica se sumaron los gobiernos de derecha de la región, incluso cuando se produjo el avance de estas fuerzas en varios países del área.

Trump evidentemente altera esta estrategia y retoma una política de línea dura, que preferencia la confrontación sobre la negociación en el caso cubano. Se trata de un cambio cualitativo, toda vez que ya no se trata de un tuit desaforado, una frase de ocasión o una medida circunstancial, sino de una elaborada política oficial, que busca la aprobación del Congreso y reafirma lo dicho por la Estrategia de Seguridad Nacional, publicada en diciembre pasado.

Bajo esas condiciones, más que una “rectificación”, es de esperar una escalada en las acciones punitivas y el tono agresivo del discurso oficial. Incluso de sobrevivir las relaciones diplomáticas y los acuerdos de mutuo interés alcanzados, perderían su importancia práctica, como ha venido ocurriendo, debido a las afectaciones al funcionamiento de las embajadas debido al cuento de los “ataques sónicos”.

No solo el primitivo rechazo de Donald Trump al comunismo y el socialismo, ni su obsesión por descalificar y revertir todo lo hecho por un presidente negro, explican esta conducta. Aunque resulta obvio que ha influido el interés por complacer a los congresistas de la derecha cubanoamericana, al parecer, estas fuerzas han tenido un éxito mayor, al convencer al megalómano presidente que su verdadero “legado” será acabar con la Revolución Cubana, cosa que no pudieron hacer ninguno de sus predecesores.

Esto responde a una mirada de la realidad cubana, quizás avalada por otros órganos del gobierno, que pronostica el inevitable desmoronamiento del proceso revolucionario cubano, a la luz de los problemas económicos que enfrenta el país y los cambios que se avecinan en la conducción del gobierno, con la retirada del General Raúl Castro de la presidencia.

Al margen de los problemas existentes, nada indica que Cuba está abocada a un caos político y social. Por el contrario, las señales que provienen de otras partes del mundo reflejan una visión distinta a la de Estados Unidos, como lo prueba su aislamiento en la ONU y la reconstrucción de las relaciones con la Unión Europea, entre otros hechos.

De todas formas, no es la realidad la que guía la política norteamericana, sino su adulteración, en función de satisfacer intereses específicos. Este es el caso de la derecha cubanoamericana, que depende de la hostilidad hacia Cuba, para su propia subsistencia como fuerza política.

Sin embargo, la generalización de esta política, que no es más que un retorno a los intentos que fracasaron por casi sesenta años, tendrá que superar pruebas que no existían antes.

En primer lugar, la actitud de la mayoría del pueblo norteamericano, que apoyó el proceso hacia la normalización de las relaciones durante el gobierno de Barack Obama y ahora no encuentra sentido al retroceso. En particular, sectores económicos interesados en el mercado cubano, que ven peligrar sus inversiones y expectativas debido a las acciones de un gobierno que, por demás, goza de escasa credibilidad y apoyo.

A ello se suma la comunidad cubanoamericana, cada día más distanciada de la extrema derecha, que se percibe como la gran perdedora de una política que tiende a separarla de sus familias y su país de origen, cuando este proceso ya abarca el tejido social de esa población y la propia sociedad cubana.

Aunque, hasta ahora, el gobierno norteamericano y la propia extrema derecha cubanoamericana han evitado formalizar acciones específicas que generen una reacción de esta población, las medidas encaminadas a dificultar el trabajo de los consulados y las restricciones que se anuncian en la política migratoria de Estados Unidos, han afectado el buen funcionamiento de los contactos con Cuba y amenazan tanto la supervivencia de los acuerdos migratorios, como el trato excepcional recibido por los inmigrantes cubanos hasta el momento.

Por último, está en duda el apoyo que pueda recibir esta política en América Latina y el Caribe. Al margen de que Cuba no goza de la simpatía de los gobiernos de derecha en la región, es difícil que, en medio de los problemas que enfrentan, estén dispuestos a sumar la reacción que provocaría revertir la política hacia Cuba.

Al parecer, el viaje del secretario de Estado, Rex Tillerson, por algunos países latinoamericanos que lideran el bloque derechista, busca articular el consenso de estos países, para sumar el caso de Cuba a la ofensiva que ya se ejerce sobre Venezuela, de cara a la próxima Cumbre de las Américas en Perú en abril próximo. No será nada fácil, si tenemos en cuenta que el aislamiento a Venezuela no ha podido progresar en el contexto de la OEA, mucho menos si se agrega el caso cubano en el intento.

La política hacia Cuba no es la única fuente de rechazo al gobierno de Donald Trump. Las elecciones parciales de noviembre de este año, serán un buen momento para medir el impacto de este rechazo y comprobar si la mayoría coincide con su afirmación de que “no ha habido tiempo mejor para vivir el sueño americano”, como dijo en el discurso de la Unión.

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