LA HABANA. La última Reunión de Padres en la escuela de mi hijo fue diferente: aparte de mí, había como otros dos o tres papás, eso sí, sentaditos lo más al fondo del aula que pudieron, porque no se pudieron esconder. Desde que entro y me siento en el incómodo pupitre, cada vez me asalta la misma pregunta: ¿por qué le siguen llamando “Reunión de Padres” al encuentro entre la maestra (siempre es una maestra) y las mamás de los alumnos? Bueno, a ratos aparece uno que otro papá, pero nunca son los mismos.

Como norma, el único que repite la experiencia soy yo. En verdad, sin complejos, deberían llamarse Reunión de Madres. Claro que entonces, a nivel de expectativas, habría un problema nuevo, pues ya se sabe: cuando las cosas son “de madre”, nada bueno está pasando. Así es el idioma, machista hasta los tuétanos como el resto de nosotros.

La sala de espera de un hospital pediátrico resulta un cuidadoso calco de las reuniones de padres. Allí, en espera de su turno, estarán las mamás, con los niños (o las niñas, para no pecar ahora yo) sobre las rodillas. Quizá estén acompañadas de algún papá, y este sin falta estará afuera, esperando, fumándose un cigarro.

En el verano, después de una deliciosa mañana en la playa, terminé en uno de esos salones de espera, rodeado de mamás hasta donde alcanzaba mi vista de miope. La mamá de mi hija, que estaba trabajando, vino a las carreras tras mi aviso. Entramos a la consulta y la doctora (siempre es una doctora, casi nunca un doctor), luego de revisar a mi hija, comenzó a explicarle a la mamá el procedimiento a seguir para la recuperación.

Yo, que tenía alguna que otra duda, preguntaba a la doctora, y ella, sin fallar ni una vez, respondía mis preguntas, sí, pero siempre mirando a la mamá. La doctora le hablaba a la mamá, le explicaba, le aclaraba a ella. Yo, el papá, preguntase o no, no existía, yo no estaba allí. De hecho, el método y las recetas se las entregó también a la mamá, obviando mi mano extendida.

Luego, cuando salimos del hospital, la mamá me entregó las recetas, le dio un beso a nuestra niña, y se marchó a su casa. Mi hija y yo regresamos a la mía, ella soñando con curarse rápido y volver conmigo a la playa, yo preocupado por saberla creciendo en un mundo tan machista.

Ese solo par de ejemplos (no creo necesaria la tortura de ninguno más) deberían bastar para alertarnos de lo grave del asunto. Y más si los dos se constatan en ambientes como esos, la salud y la educación, precisamente aquellos donde las mujeres son las que más han avanzado.

Por lo pronto, cada vez que mi hija se queja de que en la educación física no la dejan jugar al futbol porque, según el profesor, ese es un juego que las niñas no pueden jugar, le repito con paciencia y con fe: tú eres niña, sí, y tú puedes jugar lo que quieras, tú puedes hacer lo que quieras, si lo quieres hacer. No hay nada que, por ser niña, tú no puedas. Muy al contrario, por ser niña y después mujer, puedes hacer muchas, muchas cosas, que los hombres nunca, ni en sueños, podrán hacer.

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One Response to La reunión de madres

  1. En efecto, una vez fuí a la reunión de padres y todas las demas eran madres, me senti un bicho raro. En el policlinico lo mismo. Una vez tambien me miraro raro cuando dije que yo bañaba al bebé..

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