Limpieza étnica “lite”, o cómo hacer a Estados Unidos blanco otra vez

Primero, saquen del país a la mayor cantidad posible de personas negras, morenas, musulmanas y de habla hispana. Luego, eviten que otras entren mediante muros y prohibiciones generales que impidan toda inmigración de países y regiones enteras. Finalmente, hay que abolir el sistema de inmigración legal que prevaleció durante el último medio siglo y volver al sistema basado en razas que estuvo vigente desde 1924 hasta 1965.

A grandes rasgos, este es el plan de inmigración con el que Trump y el Congreso republicano quieren extorsionar a los demócratas en el Congreso, bajo la amenaza de culparlos por cerrar el gobierno, y utilizar eso como un martillo en las elecciones parciales de 2018. Se trata de un proyecto político de limpieza étnica, aunque no tan brutal ni tan rápido como el que se está llevando a cabo en Myanmar.

Catalogar de limpieza étnica al proyecto de ley de inmigración que está preparando la troika republicana (Cámara de Representantes, Senado, Presidente) nunca se ha hecho en la cobertura interminable de los medios y los debates acerca de la inmigración que ustedes llevan viendo hace meses. Esto sería una transgresión en contra de la pseudo-objetividad de los principales medios masivos que ha recibido innumerables lanzamientos a la cabeza y bolas de saliva por parte de la administración, lo cual ha sido respondido mayormente con bolas flojas.

Otro tema no discutido en los medios masivos: la limpieza étnica que Trump y los republicanos promueven ahora es prácticamente una fotocopia del plan racialmente motivado de los movimientos antiinmigrantes, surgido como una reacción contra la creciente inmigración proveniente del mundo menos desarrollado después de la reforma migratoria de 1965.

El movimiento, encabezado por organizaciones como la Federación para la Reforma de la Inmigración Estadounidense (FAIR) e Inglés Estadounidense (US English), tenía como objetivo detener los procesos por medio de los cuales Estados Unidos se estaba volviendo menos blanco y menos anglosajón, cultural y lingüísticamente. Los líderes del movimiento negaron que estos fueran sus propósitos. Intentaron representar sus objetivos como progresistas –crecimiento demográfico cero, protección del medio ambiente. Es más, los memorandos secretos, los recuentos de reuniones y conversaciones informales entre los iniciados del movimiento, además de la naturaleza de las fuentes de financiación de estos grupos, muestran que su verdadero propósito era evitar que desapareciera el predominio absoluto, en población y cultura, del anglo blanco.

Este proyecto anglo-chovinista atrajo a un número significativo de seguidores y tuvo varios éxitos contra el bilingüismo, especialmente la educación bilingüe. Pero, en el asunto principal, la inmigración, mayormente fracasaron. Hasta ahora.

Tener una administración en la Casa Blanca y que ambas cámaras del Congreso adopten su plan general habría parecido una quimera para gente como el doctor John Tanton cuando, hace más de cuatro décadas, fundó Inglés Estadounidense.

Tanton, como Trump, siempre repudió el racismo. Pero en una comunicación interna de Inglés Estadounidense, escribió acerca de la amenaza de que los hombres que no podían dejarse puestos los pantalones (gente del Tercer Mundo) superarían en número a los que sí se los dejaban puestos (estadounidenses blancos) —lo que muestra cómo los prejuicios y la ansiedad sexual alimentan la xenofobia y el racismo, desde Tanton hasta Trump.

Este movimiento xenófobo pionero vio la inmigración legal basada en la familia como el mayor problema, y acuñó el término “migración en cadena”. El Partido Republicano adoptó esta expresión burlona y la mayoría de los medios la han aceptado. Ahora, el objetivo central del xenófobo extremista es conseguir finalmente tracción. La alianza Trump-Partido Republicano quiere terminar con la inmigración basada en la reunificación familiar y reemplazarla con lo que el fiscal general Jeff Sessions describió vagamente como un sistema “basado en méritos”.

De hecho, el sistema de inmigración que existe hoy en día tiene el mérito de servir extraordinariamente bien a las necesidades de la economía y la sociedad de Estados Unidos Los empleadores que pagan bajos salarios en la agricultura y el sector de servicios —el último una gran porción de la economía— obtienen la fuerza de trabajo que necesitan. Al igual que las aspirantes a amas de casa que se han incorporado en gran número a la fuerza de trabajo, fundamentalmente por la ayuda de trabajadoras inmigrantes mal pagadas que cuidan a los niños. Las industrias de alta tecnología cada vez más críticas también obtienen sus programadores e ingenieros. Y, en una sociedad que envejece, que incluye la fuerza médica de trabajo que envejece, la creciente demanda de médicos y enfermeras se satisface con inmigrantes. ¿Qué sucedería sin todos esos trabajadores?

Ahora el Partido Republicano está presentando cínicamente como un gesto de bipartidismo lo que en realidad equivale a un chantaje. A cambio de que se les permita poner de cabeza todo el sistema de inmigración para satisfacer la xenofobia, los republicanos están ofreciendo un camino hacia la ciudadanía para unos 1,8 millones de inmigrantes indocumentados, traídos por sus padres cuando eran niños.

Es un gambito maquiavélico de los republicanos. Los Dreamers (Soñadores), como se llama a este grupo, son estadounidenses en todo excepto en el estatus legal (no es necesaria la asimilación); su educación le ha costado al país miles de millones; ya hacen su contribución a la economía, contribución que aumentará a medida que avanzan en sus carreras; debido a sus edad, estarán contribuyendo durante décadas al desfinanciado sistema de seguridad social. ¡Qué gran concesión están haciendo los republicanos al proteger a estos jóvenes!

Es más, la insistencia de los demócratas en que los Dreamers sean protegidos de la deportación brinda a los republicanos una salida de su propia locura y de la posición en que se han metido debido a su temor ante sus partidarios ultra-xenofóbicos. Expulsar a los Dreamers sería una locura para la economía. Sería malo para el débil sistema de seguridad social. Obligarlos a regresar a países que ni siquiera recuerdan es una mala visión y una peor política. Una cobertura del proceso de expulsión basada en hechos agregará más pruebas a la bien ganada reputación del Partido Republicano como el partido de la crueldad. Sería impopular con el pueblo estadounidense, en especial con la gente de negocios.

En lugar de incurrir en estos costos, el Partido Republicano ha elegido negociar al duro y ofrecer a los demócratas un acuerdo muy malo.

Mientras escribo esto, la situación está en un callejón sin salida. Los Demócratas ya han concedido financiar la locura más tangible de Trump, el Muro que en la enfermiza imaginación de Trump los mexicanos van a pagar. Pero los republicanos quieren nada menos que terminar con la inmigración tal como la conocemos. No más inmigrantes de países “cagaderos”, legales o ilegales. Traigan a los noruegos para que Estados Unidos vuelva a ser blanco.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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