LA HABANA. Los libros de autoayuda o aquellos que se detienen en la necesidad del desarrollo individual dicen que el viaje sirve para enfrentar los miedos, superar prejuicios, aprender a adaptarse, recuperar la emoción por el misterio y en definitiva crecer. Sin embargo tal verbo tiene otra connotación en Cuba. Mi amiga Ida dice que para un cubano viajar es como volver a nacer.

Mucho hay de volver a nacer para aquel que viaja y regresa, y hace los cuentos con fervor, y enseña las mil doscientas fotos porque sí, es como si uno hubiera estado adormilado y es ahora que ha abierto los ojos de verdad, porque ha conocido lo distinto, lo otro, “lo bueno”.

Algo habrá de volver a nacer cuando a pesar de que ya no hay ley de pies secos o mojados he tenido noticias de cubanos que siguen yéndose por México, a través de la frontera, y con la confianza de que unos meses y hasta un año de cárcel no son mella si luego pueden despistar a emigración y aplicar al año a la otra ley que “ajusta” a los cubanos.

Cuando tenía doce años le oí decir a un amiguito que la más linda del aula se comportaba como la Oficina de Intereses de Los Estados Unidos: “Acces Denied, te dice si te le acercas”, dijo. Así funciona en el imaginario colectivo el tema del viaje en Cuba, pienso ahora, y recuerdo que el símil me impactó mucho, pero nunca más que la desazón que sentí unos meses después cuando aquel niño se convertía en el primero de los tantos que se despidieron de mí en el aluvión del éxodo de los noventa.

Muchos se han ido despidiendo luego, otros ya están en otra parte cuando solicitan tu amistad en Facebook, y porque la conexión es lenta o por pudor no se les pregunta cómo y por qué se fueron. Se queda uno pensando en que el otro día me contaba fulano lo bien o más o menos que le estaba yendo en su vida de cubano en Cuba. Pero tampoco le hace uno demasiado swing: eso de que de mi aula del pre solo quedamos Diango y yo ya es casi una norma, y se ha ido naturalizando tanto que podríamos decir que despedir se ha convertido aquí en un rasgo cultural.

No fue hasta 2013 que se liberó en Cuba la posibilidad de viaje al extranjero. Antes, fuertes regulaciones limitaban la salida al exterior con el objetivo de evitar la emigración del personal calificado y la consabida fuga de cerebros. Solo casos muy excepcionales podían conseguirse una vueltecita, y los que no estaban amparados por las gestiones estatales (intercambios profesionales, misiones internacionalistas), y querían viajar o irse de una vez, se gestionaban matrimonio con un(a) extranjero(a) o se montaban en una balsa, robaban un barco y hasta se aventuraban en el tren de aterrizaje de un avión.

Luego se agradeció que Cuba hubiera sido tan receptora de emigrantes hasta 1958. En 2008 España, gracias a la Ley de la Memoria Histórica, aceptaba solicitudes de ciudadanía a hijos y nietos de personas que se hubieran exiliado después de la Guerra Civil. Para la fecha y hasta finales de 2011 se concederían 500.000 pasaportes a cubanos de ascendencia española. Por allí se escucha todavía el chiste de aquellos que no pudieron asirse al clavo caliente: “Tantos descendientes de Resoples y yo nieto de Elpidio Valdés”. Con ciudadanía española y haitiana, pero sobre todo española, comenzaron los viajes por terceros países del Caribe para llegar a Estados Unidos, ver a la familia o trabajar para hacer dinero. También hubo quien se fue completo para España y se acogió a la ayuda de los 400 euros mensuales y el poder comunicarse en español.

Nadie le iba a decir a un cubano de los ochenta que existirían otros destinos posibles que “aqueeeeellos” países socialistas, y luego a uno de los noventa que ya no sería castigado con diez años sin poder entrar a su país al haberse quedado en otro o el decidir marcharse. Después del 2012 cualquier malabar es admisible y se paga lo que se tenga que pagar por el turno en la embajada de Panamá para hacer el pan con la ropa y los electrodomésticos baratos que allí venden y se pueden vender tan caros aquí, o se arriesga a irse a Rusia en esos “tures” que se ofertan hasta por Revolico en los que se incluye acompañante y cuarto con desayuno. Una vez allí dormirás entre extraños, en una de las cinco literas que han apilado en cuatro metros cuadrados.

Si antes era un tema de veto ahora es un tema de dinero y nivel de adquisición. Casi nadie viaja de veras por placer, por cumplir el sueño de romperse el cuello extasiado en la Capilla Sixtina o la Catedral Metropolitana de México, o el de bañarse en el Mediterráneo o visitar la tumba de Vallejo, o hacerse selfies en todas las torres y arquitecturas, monumentos y paisajes, y conocer la nieve, y otro ritmo, otra vida, otra cultura. Habrá algunos cubanos que puedan costearse tal gusto y después seguir viviendo sin deudas y con cotidiano bienestar, pero para los más es imposible si no los invitan a un evento o hay otras razones de trabajo o “bissssnes” que es en lo último que se ha convertido el viaje en Cuba.

Hay quien pasa horas en internet buscando becas y quien sabe que hace años en el país todo se puede con dinero y paga 200 CUC (o más) porque le allanen el camino para obtener la visa por 10 años a México o aquí o allá. Y allí vamos por el mundo habiendo llegado de las maneras más heterogéneas y heterodoxas, por las razones más diversas y las motivaciones algunas bastante poco alentadoras.

Para aquellos cuyo sueño es “pasar a mejor vida” ―como se le dice aquí tan jocosamente al irse a vivir a otro país— viajar es irremediablemente un nuevo nacimiento. Para aquellos que todavía creen en regresar por todas las razones que nos siguen ligando a esta isla, es un modo de volver a nacer sin dudas, no solo porque ocurre eso de oxigenarse, sino porque sigue siendo un acto excepcional cuando el capitalismo es cruel, pero en él, dicen, mucha gente que trabaja duro puede pagarse luego unas vacaciones en Egipto. Antes estuvo vedado, pero lo sigue estando todavía cuando para viajar un cubano necesita una solvencia que viene siendo todo el oro del Perú.

Ahora que estamos en el primer mes del año y que estoy segura de que más de la mitad de Cuba salió este 31 de diciembre con maleta rodando en gestión metafísica del gusto de viajar, me detengo a pensar en que el día que salgamos de la crisis, los bajísimos salarios y del sobrevivir, también podremos hacer uso de nuestro más ferviente estilo de exploradores.

Yo no agarré mi maleta porque bajarla por la angosta escalera de caracol podía confundir al universo, pero cerré fuerte los ojos y lo pedí mucho: “Este año viajo”. Como cualquier cubana sé que viajar es mucho más que hacer turismo, y aquí casi todos queremos renacer.

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