La estrategia de seguridad nacional de Donald Trump

LA HABANA. En diciembre del pasado año, fue publicada la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) del gobierno de Donald Trump. Es la número dieciséis que se emite en virtud de la ley Goldwater-Nichols de 1986, la cual, entre otras decisiones de alto impacto en el sistema de seguridad norteamericano, estableció la norma de elaborar este tipo de informe por parte del Ejecutivo.

Su objetivo es transmitir la visión de cada administración respecto a los retos, amenazas y oportunidades que enfrenta la nación, así como las políticas que propone para acometerlos. No tiene un carácter académico, elaborado con el rigor que exige este tipo de ejercicio, sino que se trata de un manifiesto político, cuyo propósito es buscar consenso para la agenda gubernamental.

Por lo general es un documento muy amplio, donde se abordan un gran número de temas supuestamente relacionados con la seguridad nacional, que en el caso de Estados Unidos no se limita a lo que acontece dentro de sus fronteras, sino a los “intereses” estadounidenses y la promoción de los “valores” del “American Way of Life” en todo el mundo.

Cualquier fenómeno que se interponga con esos intereses constituye una “amenaza” potencial, no solo para Estados Unidos, sino para el sistema global regido por ese país, por lo que resulta obligado leer estos documentos como la expresión de una doctrina imperialista, que puede afectarnos a todos. Mucho más cuando, en este caso, se parte de la premisa de “America First”, una especie de tren rápido que tiene prioridad en todas las estaciones.

Este enfoque imperialista se repite en todas las estrategias elaboradas y parte de la justificación de que tales derechos, negados para cualquier otro, vienen dados en virtud de las cualidades excepcionales de ese país. A veces asombra el peso que aún tiene la doctrina del “Destino Manifiesto”, en la ideología que sustenta la política norteamericana.

En las ESN aprobadas hay muchos elementos de continuidad, sobre todo a la hora de fijar los objetivos estratégicos de Estados Unidos. No obstante, las diferentes coyunturas han impuesto cambios a la hora de definir la dirección principal de las acciones encaminadas a satisfacerlos:

Ronald Reagan y Geoge H. Bush las elaboraron en el contexto de la guerra fría; George W. Bush estuvo centrado en la guerra contra el terrorismo; el elemento distintivo de Barack Obama fue el énfasis en la aplicación de la doctrina del poder inteligente; mientras Donald Trump expresa el retorno a la idea de la “preservación de la paz mediante la fuerza”, lo que implica importantes incrementos del presupuesto militar, con el argumento de que no basta con el desarrollo tecnológico, como decía Obama, sino que “importa el tamaño de nuestras fuerzas”, como plantea la ESN.

Para esto es necesario crear un clima de inseguridad que justifique la magnitud de estos gastos, “un mundo extraordinariamente peligroso”, dice la ESN, donde incluso se ve amenazada la soberanía de Estados Unidos, aunque nadie puede explicarse por parte de quién. Los grandes beneficiarios de esta lógica son el complejo militar-industrial y las empresas vinculadas a la industria de la llamada “securitización”, aplicada en todas las áreas de la vida social del país.

Tanto Obama como Trump, colocaron a la economía en el centro de la problemática de la seguridad nacional norteamericana. “Seguridad económica es seguridad nacional”, dice la ESN, y no deja de tener razón, toda vez que la pérdida de competitividad constituye el verdadero problema estratégico de Estados Unidos.

Mientras que Obama pretendía resolver este problema dentro del orden económico internacional vigente, favoreciendo a las multinacionales y el capital financiero norteamericano, la ESN de Donald Trump refleja los límites de la globalización neoliberal para la propia sociedad norteamericana y la reacción de algunos sectores frente a sus efectos domésticos.

A partir de esta contradicción se construyó la base política que llevó a Trump a la presidencia y la ESN debe satisfacer sus reclamos. Los argumentos son la supuesta “competencia desleal” en el comercio de algunos actores económicos extranjeros, la necesidad de proteger las industrias manufactureras nacionales y el rechazo a la inmigración, identificada como la gran culpable de las desgracias de la clase media blanca norteamericana. No deja de resultar paradójico, que ahora Estados Unidos se presente como víctima del orden creado a partir de su propia hegemonía.

Aunque eso no lo dice por las claras la ESN, todo el mundo sabe que “America First” no es para todos, por lo que el racismo y la xenofobia ayudan a la exclusión y justifican las enormes reducciones en los gastos sociales que proyecta este gobierno. Una necesidad para equilibrar el déficit financiero a costa de los más pobres y desprotegidos, agudizado por una reforma fiscal que beneficia especialmente a los más ricos y las grandes empresas.

Al igual que las ESN anteriores, el gobierno de Donald Trump analiza la situación de las diversas regiones del mundo. El orden en que se mencionan puede darnos una idea de las prioridades norteamericanas: Asia-Pacífico, Europa, Oriente Medio, Asia Central y Oriental, América y África.

También se repiten los supuestos objetivos de Estados Unidos en el Tercer Mundo. Estimular reformas, promover gobiernos efectivos, respetar los derechos humanos, acabar con la corrupción y fortalecer los sistemas legales, parecen misiones muy nobles si no fuese porque el patrón de medida son la dependencia de Estados Unidos, con consecuencias a veces devastadoras para los países donde se aplica.

China y Rusia aparecen como amenazas en casi todas las regiones, Corea del Norte e Irán como grandes peligros para la seguridad internacional y Venezuela y Cuba son los problemas identificados en una América, que vuelve a ser considerada el “patio seguro” de Estados Unidos, aunque la migración y el tráfico de drogas se señalan como afectaciones a la seguridad de las fronteras norteamericanas.

Desde la época de George W. Bush, las ESN de Estados Unidos han hecho hincapié en el peligro que comporta la existencia de actores no estatales vinculados al terrorismo. En algunos casos tal afirmación resulta evidente, como el ISIS y Al Qaeda, de cuyo origen el gobierno norteamericano no es ajeno, pero en otros se trata de manipulaciones funcionales a los intereses estadounidenses, impidiendo la articulación de un consenso internacional para enfrentar con eficacia este flagelo.

Con un lenguaje más moderado, que se distancia de los excesos comunes del actual presidente, la nueva ESN no hace más que repetir buena parte de las propuestas manifestadas durante la campaña electoral.

Aunque muchos expertos las consideran de difícil materialización, debido a los conflictos que generan hacia lo interno del propio sistema, en la Introducción al documento, Trump afirma que en apenas un año de su aplicación, la nueva estrategia ha tenido un éxito extraordinario dentro del país y de cara a sus relaciones internacionales.

Violentar la verdad es otra impronta del presidente norteamericano, que debemos tener en cuenta a la hora de abordar su Estrategia de Seguridad Nacional.

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