La verdadera revelación en el nuevo y exitoso libro de Michael Wolff, Fuego y furia, no es que el presidente Donald Trump actúe como un niño, sufra de psicopatologías como delirios de grandeza y paranoia, sea un ignorante que ni lee ni escucha y, en suma, sea totalmente incapaz de cumplir con los deberes de su cargo.

Cualquiera que haya estado prestando atención con una mente abierta lo sabe desde hace mucho tiempo. No es necesario ser un profesional de la salud mental para darse cuenta de que Trump es un personaje extremadamente peligroso, una personalidad psicológicamente distorsionada, un hombre con deterioro cognitivo, en completa negación, y con el poder unilateral para iniciar un holocausto nuclear que podría destruir la civilización. Pero, de hecho, veintisiete psiquiatras y otros profesionales de la salud mental publicaron recientemente un libro que detalla la evidencia que indica que Trump es una persona gravemente perturbada.

La noticia en el libro de Wolff es que el propio círculo interno de Trump y sus facilitadores republicanos en el Congreso, que lo avalan todos los días, comparten en esencia esa opinión, aunque en secreto. Entonces, ¿por qué adoptan poses y pretenden lo contrario? Mi hipótesis es que lo hacen porque la presidencia de Trump, combinada con el control del Congreso –y posiblemente la Corte Suprema y cada vez más el resto de los tribunales–, por parte del Partido Republicano presenta al presidente de la Cámara de Representantes Paul Ryan, y a otros de su estilo, una oportunidad histórica con la que antes solo podían soñar. Es la oportunidad de culminar la contrarrevolución reaccionaria que han estado llevando a cabo durante décadas con una oleada triunfal de leyes, órdenes ejecutivas y decisiones judiciales que consolidarían esa contrarrevolución, haciéndola irreversible.

Lo que la derecha busca es borrar toda una época histórica progresista que comenzó  en el primer tercio de la década de 1930, alcanzó su punto máximo en la década de 1960 y continúa hasta hoy, a pesar de los reveses y la creciente resistencia. Una revolución de derechos, primero para los negros, luego para los latinos, luego para casi todos los grupos que hasta entonces habían sido ciudadanos de segunda clase: mujeres, gays, personas transgénero, y discapacitadas. Una revolución social levemente socialdemócrata e incompleta que llevó a muchos de los más vulnerables al menos a un nivel mínimo de bienestar: seguridad social, seguridad de ingresos suplementarios, asistencia social, Medicare, Medicaid. Para los trabajadores, sindicatos que defendieran sus derechos contra el poder incontrolado de los patrones y la clase de los propietarios ante la que se doblegan los jefes. Una red de seguridad siempre llena de agujeros pero, no obstante, una red de seguridad. Una revolución en el pensamiento, con la ciencia y la razón triunfando sobre los muchos modos de oscurantismo siempre poderosos en este país: fundamentalismo religioso, anti-evolución, racismo pseudocientífico.

El proyecto republicano de derecha/conservador trata de borrar esa Ilustración estadounidense de mediados del siglo 20 y hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande para fanáticos religiosos, racistas, xenófobos, misóginos, homófobos, plutócratas y los más  salvajes capitalistas. Para completar este proyecto, de manera final y definitiva, los republicanos, a pesar de su gazmoñería, han demostrado estar listos y ansiosos por firmar un pacto con el diablo, mucho más con un líder político que no sea satánico, sino simplemente un demagogo, un mentiroso en serie, un estafador que manipula el temor étnico y económico de los estadounidenses para avivar la ira y el odio, un hombre completamente carente de empatía, de sentido de la imparcialidad, de la historia, de una comprensión y aprecio por la ciencia y el conocimiento, y carente también de temperamento y criterio para gobernar el país más poderoso del mundo.

Una de las ironías de la cruzada contra la Ilustración en la que la derecha ha sido notablemente exitosa en su implementación es que no es popular. La mayoría de los estadounidenses no se suscribe al paquete completo ni a la mayoría de sus actitudes y políticas. Los programas que el Partido Republicano tiene ahora en su punto de mira como parte de la última etapa de su contrarrevolución, como Medicare y la Seguridad Social, son muy populares.

En un final, incluso Obamacare demostró ser tan popular (especialmente en comparación con todas las alternativas republicanas propuestas) que incluso con un poder total en Washington, el Partido Republicano no logró derogarlo. Pero no aceptaron su derrota con espíritu deportista. En cambio, pretenden matar a Obamacare por medio de miles de recortes. Es una tragedia que recuerda la trama de El viejo y el mar de Hemingway. Capturar el gran pez espada en esa historia requería, como establecer Obamacare, una larga y titánica lucha. Pero mientras el pez era remolcado a tierra, los tiburones devoraron la captura pedazo a pedazo hasta que solo quedaron las espinas.

Finalmente, ¿alguien cree que los estadounidenses quieren una política exterior basada en fanfarronadas, amenazas, insultos y un bravucón que coquetea con la guerra nuclear?

¿Cómo ha logrado tanto la derecha con tan poco apoyo? Se necesitarían varios libros para responder adecuadamente a esa pregunta. La respuesta corta se compone de dos partes.

Uno

En los Estados Unidos, más que en cualquier otra democracia en el mundo, hay una distribución muy desigual del dinero, lo cual engendra poder político por y para los ricos, lo que engendra mayor desigualdad. Un círculo vicioso que se ha tornado aún más vicioso desde la decisión derechista de Ciudadanos Unidos por parte del Tribunal Supremo, la que liberó la capacidad del dinero para dirigir la política y sus estrategias en beneficio de quienes lo tienen.

Dos

El segundo factor es la combinación de ignorancia política, temores exagerados de los blancos de convertirse en una minoría más en un país de minorías, y una percepción distorsionada de las causas del declive económico de la clase media y trabajadora.

Pero no le echemos toda la culpa a la gente. Toda la estructura de la sociedad fabrica ignorancia política al hacer que sea muy difícil para una población con exceso de trabajo y agotada crónicamente, en un país sin previsión de cuidado infantil universal, tener tiempo o inclinación para cualquier cosa excepto la vida familiar y el entretenimiento escapista.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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