Braceros cubanos en Estados Unidos: Irse y regresar

A los arqueos de asco le sucedieron los vómitos y Omar se sintió morir. Puesto de rodillas tuvo que apoyar sus manos sobre la tierra cubierta por un delgado nylon. Esa sensación la conserva muy nítida todavía aunque ya casi pasó un año de aquellos días de bracero en las plantaciones del sur de Estados Unidos. Es, citando sus propias palabras, un trabajo “de esclavos”.

Turista primero, obrero después

Omar es uno de esos cubanos que siendo descendiente de españoles adquirió la ciudadanía de sus abuelos. Los cálculos del Instituto de Estadísticas de España ubican en 134 mil 577 la cantidad de ciudadanos de ese país que residían en Cuba el primero de enero de 2017. Dicha cifra, un 316 por ciento más con respecto a las de 2009, no es achacable a un súbito éxodo de nativos ibéricos hacia el Archipiélago sino a la cuantía de cubanos que, como Omar, obtuvieron la ciudadanía española tras la puesta vigor de la Ley de Memoria Histórica, o “de los Nietos” como también se le conoce.

Barbero de profesión, quiso conocer Estados Unidos país donde residen varios de sus familiares. “Cuando estás allí te percatas que a todos no les queda dinero ni tiempo para ir de compras todos los días”, afirma. Desde el 2014 hasta la fecha, más de 60 mil españoles de Cuba se asentaron en Estados Unidos, según datos de la referida institución estadística. Pero Omar no es uno de ellos, pues no decidió quedarse.

Tras un lapso como “turista” en su primera estancia norteamericana puso manos a la obra, literalmente hablando, y trabajó en el negocio de uno de sus hermanos colocando losas de granito en baños y cocinas. “Eran enormes y teníamos que cargarlas entre dos”, cuenta extendiendo los brazos cuanto puede, como si todavía tuviera entre los dedos alguno aquellos trozos de arcilla comprimida.

El mercado laboral en el sur de la Florida no se mostró lo suficientemente promisorio por lo que resolvió que en su segundo viaje, Miami solo sería una escala hacia algo distinto.

Sin misericordia

Nadie se movió en los alrededores de Omar cuando los vómitos lo hicieron desfallecer en medio de aquella plantación de tomates. Trasladado mentalmente a esos instantes, no descarta que algunos de sus colegas mexicanos hayan incluso apurado el paso colocando más y más posturas en la tierra ligeramente humedecida. Y habrían seguido así de no ser porque una mujer, también venida desde México, de brazos duros y piel curtida por el sol, que le dijo al supervisor que el terreno estaba muy duro.

Ella reclamó, recuerda Omar, y detuvieron el trabajo. “Sin ellos se quedarían sin obreros. Pero les da pánico que a alguno de esos inmigrantes ilegales le vaya a pasar algo porque se sabría que están contratando indocumentados”, afirma.

Recientemente The New York Times al comentar sobre el endurecimiento de las redadas gubernamentales contra los ilegales concluyó que  “tanto los grandes como los pequeños productores, que pagan salarios bajos por un trabajo desgastante, han dependido históricamente de los inmigrantes provenientes de zonas al sur del río Bravo”. “En estos días -aseguró el rotativo-, más de un cuarto de la mano de obra que labora en los campos agrícolas de Estados Unidos son inmigrantes que trabajan en el país de manera ilegal”.

Aunque no era un indocumentado, Omar también llegó a aquella típica localidad rural en un estado del sur que prefiere no especificar para trabajar en la agricultura después de un viaje de varias horas en automóvil desde Tampa.

Alojado en un modesto motel bien rápido descubrió que sus papeles en regla no lo excluían de la dependencia de quienes controlan la contratación de la fuerza de trabajo de origen latino. Son esos “contratistas”, explica, quienes se ponen en contacto con los representantes de los dueños de las fincas y acuerdan a cuántos necesitarán en cada jornada. “Por hora trabajada por cada uno  de nosotros, ellos se guardan para sí 3,50 dólares”, precisa.

En los días siguientes a su desafortunado debut logró esquivar la siembra del tomate y encontró lugar en otros menesteres, aparentemente menos complicados, como la recogida del brócoli. “Por cada caja de 25 de mazos, un dólar. Es un trabajo que te parte la cintura. Solo los mexicanos son capaces de hacer 100 o 150 cajas en un día”, sentencia. Al final de la semana confirmó que este es un mundo donde con los de abajo no media contrato alguno y cada pago siempre se hace en efectivo.

El brócoli no duró lo suficiente. Así que su  siguiente el destino fue de nuevo el tomate. Esta vez entre plantas más crecidas la labor consistía en cortarle los retoños y amararlas a trozos largos de madera enterrados en el suelo. Después de dos horas estaba una vez más en el suelo vencido por el insoportable dolor en la cintura. Andando gatas concluyó un surco que con cada paso le parecía más largo.

Viaje con regreso

Omar asegura no ser el único. Durante su estancia contó alrededor de 100 cubanos probando suerte en los campos del sur de  Estados Unidos. Entre “colegas” las historias y los propósitos eran parecidos a los suyos: Ir por tres meses, hacer dinero y regresar a casa pues en suelo cubano cada dólar tiene mucho más valor y puede ser mejor aprovechado, porque no será gastado en costear servicios básicos como la salud y la educación.

Los mejor conectados, agrega, se han vuelto contratistas de sus compatriotas y organizan el traslado de los recién llegados en grupos pequeños de entre seis o siete personas desde Miami o Tampa hasta las localidades donde trabajarán.

“Existe una migración circular de carácter histórica (…) y es particularmente la de los jornaleros mexicanos que cada año se van a trabajar a Estados Unidos”, dijo Vladimir López Recinos, doctor en estudios del desarrollo e investigador de la migración centroamericana a Estados Unidos y Europa de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Para estas nacionalidades sí hay cuotas de permisos de trabajo temporal dirigidos a satisfacer las demandas de algunos sectores, especialmente el agrícola, las maquilas y los servicios.

Los cubanos nunca tuvieron programas de esa índole pues el proceso migratorio siempre tuvo lugar en un solo sentido. No obstante el efecto combinado de la Ley de Nietos en España y la nueva legislación migratoria aplicada por Cuba desde 2013 estaría facilitando la aparición acá de esta llamada emigración circular.

La Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) indicó que solo no regresó el nueve por ciento de los más de 670 mil ciudadanos cubanos que viajaron al exterior entre 2013 y diciembre de 2016. “Esto refuerza la teoría de la circularidad de la migración cubana”, comentó el ingeniero Ernesto Soberón Guzmán, titular de Asuntos Consulares del Ministerio de Relaciones Exteriores.

“Con las nuevas regulaciones, tanto los profesionales de todos los campos como otras personas tienen la oportunidad de ir y venir: de pasar parte de su tiempo en el extranjero, quizás incrementando sus ganancias o ahorros, y entonces retornar a casa por otro período. En el caso de Cuba, esta migración circular o transnacional puede ser muy importante para mitigar el robo de cerebros, y también para la inversión”, opinó Antonio Aja, director del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de la Habana.

Este año Omar vino antes de lo previsto. Su último empleo como empacador de hojas secas de pino puso las articulaciones de sus manos como las de un aciano. “De madrugada me despertaba con los dedos engarrotados”, rememora. Con los huracanes se esfumó su sueño de encontrar un puesto en alguna barbería de la Florida. “Si no cambian las cosas, volveré para la agricultura”, dice antes despedirse.

Quienes como él están probando suerte en la agricultura del sur de Estados Unidos probablemente sean el rostro menos agradable, mas no el único, de los habitantes de este Archipiélago que estarían imprimiéndole un nuevo matiz a los procesos migratorios. Es aún un proceso en pleno desarrollo que, al parecer, requerirá un tiempo de consolidación que posibilite tener ideas más claras y cifras más transparentes de su alcance.

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