LA HABANA. El arte de vanguardia cubano, y el que aparenta serlo, vive un nuevo momento de gloria. No es solo que la creación artística se haya diversificado, sino que además su producción se ha multiplicado por miles, tantos miles como pagan los coleccionistas, y los que aparentan serlo, que también por miles llegan a la Isla deseosos de comprar cuanto pueda ser comprado, sin demasiados miramientos. Incluso, a veces compran por catálogo, pagan por una obra de la cual no han visto mucho más que una pequeña imagen junto a otras tantas en un PDF, y sin conocer al autor —que a ratos es totalmente ajeno al momento de la compra-venta, de la que se enterará por una llamada tardía a su móvil, y entre los tragos de esa noche se pondrá de acuerdo en la rebaja que deberá hacer para cerrar el trato y, sobre todo, de los varios por cientos que se desgajarán antes que el dinero llegue a sus manos, para después colgar el celular y pedir otra ronda y otra más para él y sus amigos.

Y eso no es que esté mal, tanta moneda en movimiento nunca estará de más, pero —¡ah, los peros!—, todas esas monedas, ya se sabe, siempre tienen dos caras. Y el reverso, la contracara de tanta moneda entrando es ni más ni menos que tanto y tanto arte saliendo.

Toda una generación de artistas que apenas habrá pasado por las galerías nacionales una que otra vez, y de la cual solo se tendrán noticias al escudriñar los archivos del Fondo de Bienes Culturales, donde se acumulan sus permisos de exportación. Salieron de las aulas de las escuelas de arte, directamente, hacia las colecciones privadas en el exterior. Alguna institución, algún museo en New York, en Helsinky, en Hong Kong, exhibe sus obras, que en La Habana nadie nunca vio.

Los lienzos, casi que húmedos todavía, cambian de mano y cruzan las aduanas de los aeropuertos, hasta nunca jamás. La historia del arte de este momento, y el reflejo artístico de la contemporaneidad cubana, el pensamiento y los modos de hacer de los creadores, habrá que reconstruirlo o reinventarlo, inventariando las miles de piezas del tremendo rompecabezas del arte cubano actual, perdidas y dispersas en las cuatro esquinas del mapamundi, ancho y ajeno.

El arte cubano: ¿a dónde va?

Si bien es cierto que el momento es más que atractivo y por eso los artistas ya no se van sino que echan raíces aquí —incluso alguno que otro, escuchando el ruido desde aquel lado del Atlántico, de pronto ha regresado a las carreras con las maletas a medio hacer, temeroso de perder el tren—, sus creaciones sí que parten raudas en sentido contrario, no importa a dónde, hacia cualquier lugar, siempre lejos, muy lejos de las fronteras nacionales.

Es un fenómeno tan vertiginoso y tan de última hora, que muchas de las obras que parten ni siquiera tienen título, como si no hubiera tiempo que perder pensando en tanto detalle, pero lo que nunca falta es el precio. El precio sí que ha sido calculado de antemano y, además, exclusivamente en dólares y en euros, con práctica e inocente naturalidad.

Esa profusa sangría que parece incontenible, que llena los bolsillos y vacía todo lo demás, de momento clasifica clínicamente como un pronóstico reservado. No va a revertirse en el corto ni en el mediano plazo, y no vale llorar sobre los óleos derramados: ojos que te vieron partir, nunca más te volverán a disfrutar.

En el largo plazo, habría que ver. Y puestos a soñar, soñemos en grande: un día tendrá que llegar, paciencia y fe, en que ese profesional cubano que acaba de salir cansado de trabajar —da clases en la universidad, es neurocirujano, director de cine, ingeniero industrial, agrónomo, abogado, militar—, en lugar de esperar el ómnibus para irse a casa, tomará un taxi, se irá a una exposición y allí quedará prendado de un lienzo que se animará a comprar después de mucho pensarlo: para ello cancelará sus vacaciones en Cayo Largo, pero valdrá la pena.

Soñar no cuesta, pero que el arte se nos vaya entre las manos, sin que nos duela siquiera, eso sí que nos va a costar.

Imagen de portada: Alter ego, de Jorge Dáger.

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