Yo vendo, tú vendes, él vende y todos compramos

LA HABANA. En los 70s, los marineros y pescadores de las entonces grandes flotas que disponía el país, eran prácticamente los únicos que se podían traer a casa ropas, zapatos y algún que otro electrodoméstico de segunda mano que luego vendían en sus barrios de residencia.

Casi medio siglo después, y en especial en estos últimos tres años ya resulta raro encontrar a quien no viaje con el objetivo de revender su mercadería en cualquier rincón de la isla. Hasta los que lo hacen por razones estrictamente familiares tienen la suspicacia de guardar algo en sus maletas con la seguridad de la venta inmediata.

La noticia, aunque no me ha tomado por sorpresa, sí me causó cierta alarma cuando una noche entre amigos y conocidos en razón de un cumpleaños, el único que no lo hacía era quien suscribe. El resto, profesionales, técnicos, amas de casa y hasta militares en retiro, dedicaron casi toda la velada a narrar sus experiencias, éxitos y recomendaciones en sus cometidos mercantiles.

Dos elementos resultan imprescindibles para comenzar un estudio: La relativa facilidad de viajar por las nuevas regulaciones migratorias, y la escasez galopante que se vive en nuestro país añadida a la inconsistencia de artículos de primera necesidad como un simple rollo de papel sanitario o esas almohadillas de uso femenino cada mes.

Especial atención a los no pocos cubanos que han recibido la nacionalidad española, que les permite entrar libremente a cualquier país-mercado de la zona y ya suman unos miles por no mencionar seis números.

Se habló mucho esa noche del balneario de Cancún, en el cercano México, hasta donde se puede viajar por menos 300 dólares en ida y vuelta, recuperar la inversión de un fin de semana y obtener ganancias. Traen de todo. Hasta las cosas más inimaginables como trapos de cocina; y equipos electrodomésticos que compiten con los del mercado estatal con precios bien elevados aunque con garantía comercial.

En Cancún, tal vez como en ningún otro sitio, cubanos residentes allí asumen el alojamiento, la compra, comidas, taxis y hasta el proceso de embarque vía contenedores. Y no hablemos hoy de Miami, donde se venden uniformes escolares para nuestros niños de enseñanza primaria.

Esta modalidad de salir de compras ha llegado al lejano Moscú donde el improvisado viajante importa piezas de recambio para la infinidad de Ladas y Moskovich que ruedan por nuestras carreteras.

Estas operaciones cumplen, generalmente, con los requisitos impuestos por la Aduana General de la República y el Ministerio de Finanzas y Precios. De modo y manera que existe una buena parte de legalidad hasta poder complicarse al topar con la denominada actividad comercial ilícita.

Los aduaneros, lo tienen claro. Su objetivo principal es evitar la entrada de drogas, explosivos, material impreso contrarrevolucionario y otros artículos que los primeros en conocerlos son los propios pasajeros cubanos. Lo demás, en la calle, será labor de la policía.

Una actividad con mucha tela por cortar que en modo alguno es novedosa si prestamos atención a la historia. Tras guardar las debidas distancias, que las hay en cantidad suficiente, no puedo menos que recordar que ante el monopolio comercial impuesto por la metrópoli española, ya el cubano se las ideaba para solucionar sus problemas y los de otros.

Que lance la primera piedra, como dijo Jesús ante los que deseaban castigar a la adúltera, quien no haya acudido a estos principiantes y ojalá temporales comerciantes a puerta de casa.

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