– Siéntate, esta es mi oficina.

Se llama Geori López, y su oficina es un banco de tabla bajo dos cocoteros, en la Base de Pesca Deportiva de Cojímar. A Geo, como todos le llaman, no le preocupa que yo escriba su nombre, no le preocupa decir lo que piensa. A él, afirma, lo han entrevistado hasta en el Miami Herald. “El problema no es lo que yo te diga, sino el enfoque que tú le des”. Por eso me pide una perspectiva realista de la cuestión.

Esta vez, “la cuestión”, la gran pregunta es: por qué, si vivimos en una isla, no hay pescado. “Pero no hay… ¿para quién?, ¿dónde?”. Geo trata de entender, y es que claro, en los restaurantes sí hay, y en los hoteles; pero yo me refiero al de todos, al que debería multiplicarse como los peces bíblicos.

Sin embargo, ahora no cabe esperar milagros. Empezando por la naturaleza: “Hace cuatro años, yo filmé unas orcas aquí, dos millas frente a Cojímar”.

– Como en la película…

– Sí, como Willy. Puede ser algo lindo, pero esa es la prueba del cambio climático; eso es inobjetable. Antes un pescador viejo decía: este día de tal mes está la corrida de tal pez… Ya no sucede igual.

Por ejemplo: si las sardinas -que luego serán comida de peces más grandes- encuentran contaminado el río donde van a desovar, apenas podrán reproducirse. Ahí se rompe la cadena; empieza mal el ciclo de la vida. Si no tienen suficiente alimento, las especies no alcanzan su talla máxima. Y si no lo encuentran, no se detienen, y siguen buscando.

Geo despliega sus argumentos uno tras otro, como si desde siempre se hubiera preparado para responder. Él y los demás pescadores de la Base mantienen un contrato con una empresa pesquera, según el cual deben entregar al Estado casi toda la captura, excepto unos escasos kilogramos.

“El porciento de autoconsumo es tan bajo que es ridículo”. Y por supuesto: “cada vez que usted crea una prohibición, está dando lugar a un mercado negro paralelo”.

– ¿Hay muchos pescadores ilegales?

– … ¿Hay muchos boteros ilegales?

La empresa paga a los pescadores unos 68 pesos por kilogramo de pescado, aproximadamente 1.30 CUC la libra; mientras esas misma cantidad puede costar 2.80 CUC en el “mercado local”. En un restaurante habanero, el propietario confirma: “Todo el mundo compra pescado ‘por la izquierda’, y langosta, y pulpo”.

Foto: Carlos Ernesto Escalona Martí, Kako.

Ciertas cosas nunca cambian. Así pasa con la costumbre de ponerle a los barcos nombres de mujer. El de Geo se llama Olguita.

Como otros lugares en Cojímar, la Base de Pesca fue bautizada en honor a Ernest Hemingway. Quizás otras cosas tampoco hayan cambiado de cómo él las vio. No existe una tienda donde comprar artes de pesca, y la mayoría de los barcos son de madera, rústicos, y muy pocos tienen motores marinos, de modo que resultan más corrosibles.

“No nos permiten reponer esos motores –cuenta Geo-, para hacer un cambio es demasiado complicado, por leyes que existen; que a lo mejor en un momento histórico tuvieron su objetivo, pero ya no, porque no hay política de Pies secos-Pies mojados. Desgraciadamente, la burocracia tiene paticas cortas”. Ya sabíamos que el derecho de los ciudadanos a usar transportes marítimos, es uno de los principios constitucionales incumplidos.

En estos momentos, las empresas estatales necesitan renovar unos 250 barcos. Se trata de botar los viejos y poner nuevos, no de aumentar el número de embarcaciones. Ricardo Reyes, director de la Empresa de Proyectos y Construcción Naval, CEPRONA, explica:

“Según nuestro objeto social, podemos construir y dar reparación a barcos de particulares. (Pero) al no tener financiamiento completo, no nos queda material disponible. Normalmente, lo que nos falta es material para trabajarle al Estado”.

La contradicción está servida, y humeando: estadísticas de 2014 indican que los pescadores de embarcaciones comerciales privadas, suman casi seis veces más que aquellos vinculados directamente al sector estatal.

Aun así, a muchos no les da negocio, opina Miguel, arrendatario de Playa Larga, Matanzas. “Pasan tanto trabajo, que al final terminan alquilando (habitaciones) a los extranjeros”.

Foto: Carlos Ernesto Escalona Martí, Kako.

En la Base solo hay dos mujeres dueñas de barcos, entre más de 300 hombres; hasta 600, según la época del año. Aquí una falda llama la atención, aunque use pantalones.

Es un día de esos en que llueve-escampa, llueve-escampa… Hoy el mar, hosco y agrisado, no quiere recibir a nadie, así que los pescadores matan el aburrimiento alrededor del dominó, con bromas gordas, risotadas y “malas palabras”.

Geo asegura que no, que nadie ha venido a explicarles. Explicarles que a finales de marzo, se anunció que el Consejo de Ministros había aprobado la política para el desarrollo de la actividad pesquera.

A pesar de su obvio interés público, del documento –otra vez- conocemos solo algunas pinceladas. Y no sabremos más hasta finales de diciembre, cuando se presente a la Asamblea Nacional, en forma de Anteproyecto de Ley. Para entonces, se supone que un nuevo cuerpo legal actualice y unifique el Decreto-Ley 164, de 1996, que establece el Reglamento de Pesca, y otras normativas relacionadas.

“A nosotros están tratando de organizarnos, convertirnos en cooperativa, pero todavía no tienen ni media idea de cómo hacerlo”. Geo pertenece a la junta que dirige la base, y desconfía de los funcionarios que “viven la vida detrás de un buró”.

– ¿Tú recomendarías la inversión extranjera en la pesca?

– Porque con la técnica que tienen, como están las artes, en dos años destruirían lo que queda de recursos. El daño sería superior al beneficio, como nación.

Foto: Carlos Ernesto Escalona Martí, Kako.

Al fondo del paisaje, se avista un dilema cultural: estamos rodeados de agua, pero la isla le da la espalda, toda virada hacia adentro. Por eso es más fácil comer carne de puerco que pescado. Por eso, en palabras de Pablo de la Torriente, somos una alfombra de caña en medio del Caribe (aunque ya ni tanto).

“Como sucedió en la agricultura, muchas veces los hijos de los pescadores no volvieron a pescar”. Geo tiene el perfil modélico de un hombre de mar: talle grueso, marcas de sol, un collar con dos dientes de grandes peces. Alguna ocasión la tormenta lo sorprendió “allá afuera”, y se dijo: “hoy no vuelvo”.

El Cachón no es una playa, sino una franja de arena sucia donde las tiñosas picotean como gallinas. “En esta zona la pesca depende mucho de las corrientes: un año de poca corriente significa un año de pobreza. Nosotros hemos perfeccionado la técnica, pero el mar es lo que es. Siempre existieron años buenos y malos, el problema es cuando te vienen tres malos seguidos”.

“Allá afuera” tal vez haya un aguja pariente lejano de aquel que los tiburones le devoraron al Viejo. Como él, tal vez seguimos añorando que nuestro pez grande esté en alguna parte.

Foto de portada: Carlos Ernesto Escalona Martí, Kako.

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