Siempre “jóvenes”, qué bien

LA HABANA. Hacer comparaciones resulta uno de los ejercicios humanos más difíciles de aplicar, sea en letra impresa o de manera oral incluyendo gritos o palmadas. No obstante, resulta algo propio de nuestra naturaleza que no podemos evitar.

Nos pasamos la vida entera en ello, dándole así validez a esa añeja sentencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. El cubano, tal vez como otro ciudadano de este mundo o quizás un poco más, es adicto a tal ejercicio en cuanto campo o materia se le ponga por delante.

Las tertulias con nuestros familiares y amigos que cada año nos visitan principalmente desde Miami, además de resaltar a esa incurable enfermedad que es la nostalgia, están inundadas de comparaciones acompañadas de gratos, encendidos o tibios debates.

Me gusta comparar. No lo niego. Motivos sobran cuando por larga vida hemos vivido pasajes de novela de cualquier género incluyendo la obra del mismísimo Kafka.

Acabo de regresar de la hermosa y peligrosa Guatemala donde lo mismo te vuelan la cabeza por menos de un dólar que se paran como impulsados por un resorte para brindarte el asiento que te corresponde por tercera edad en un autobús local con Wifi incluido o te conceden vía libre en una fila —no cola— para darle solución a cualquier asunto. Te pueden quitar la vida sin pensarlo una vez, aunque sea visible en muchos el respeto y la educación cívica.

No anhelo tal contradicción para Cuba, pero uno compara, se pregunta una y mil veces qué nos está pasando ahora que pronto seremos un país lleno de ancianos porque no bastan los estudios multidisciplinarios enfilados para el futuro, sino al día a día que vivimos.

No esperar al 2030, donde se han cifrado las grandes esperanzas. Por lo pronto, y no es mi intención abordar tan complejo tema relacionado con el envejecimiento poblacional en este artículo, pero ya es hora de ir pensando en tarifas más bajas para la tercera edad, una reconsideración en la cartilla de racionamiento que ofrezca a mayores y niños una mejor alimentación y, finalmente entre otras que pudieran emerger de una comisión multidisciplinaria, acercarse a esos ancianos en los parques o trabajando como serenos porque su retiro no basta para existir, y preguntarle a ellos.

“Con el retiro no puedo vivir”, responde Antonio, de más de 80 años que cuida un garaje una semana sí y otra no en el municipio Marianao. “Lo que gasto en medicinas y en comida, supera lo que cobro de retiro”, dice y hay más en las palabras que traga.

Si este sector va a aumentar significativamente en los próximos años, ya deberíamos estar poniendo en vigor medidas que le aseguren una vejez como la que merecen.

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