LA HABANA. Eran los ochenta finales y desde hacía poco todo se estaba acabando, pero nadie nos había dicho nada y no queríamos ni podíamos y tal vez ni siquiera nos convenía darnos cuenta. Éramos felices, en general, y queríamos seguirlo siendo. Los uniformes militares, los sobres de las cartas del correo, las latas de conservas, el petróleo sin refinar y el perfume Moscú Rojo, las botas de trabajo y los jugos de peras y manzanas, todo, absolutamente todo, venía de la CCCP (siglas que aparecían en cuanta cosa consumíamos, y que ya en los primeros años de la escuela primaria traducíamos como: “¿cuándo carajo comeremos pollo?”, quizá abrumados por la cantidad de carne de res, de embutidos —¡ah, la butifarra!— y quién sabe qué más, quién se acuerda, que se distribuía por aquella tan tremenda, tan otra, libreta de racionamiento).

Así que, siendo yo un blanquito tan pero tan blanquito en plena Centro Habana tan mestiza, más alto entonces que la media, de ojos casi claros, casi verdes, y el cabello casi rubio, más rubio cuanto más me lo quemara el sol y el salitre del verano, y puestos a escoger mis socitos de la secundaria un apodo para mí, lo más natural sería que de una me nombraran como desde siempre me nombraron: El Ruso.

A veces era El Ruso, pero a veces era El Rusosky, y a veces era Tavarich, y menos veces pero también a veces era El Soviético. Aquel nombrete, que en lo personal no me daba ni fú ni fa, me acompañó por años. Y me sorprendió cuando, ya en el bachillerato, en aquel internado perdido en los campos de Güira de Melena a donde no había ido a parar ninguno de mis socitos de Centro Habana —la mayoría terminó en alguna escuela de oficios, sin ningún interés por los estudios superiores ni por llenarse de tierra las unas ni los dientes— volví a recibir de mis nuevos compañeros de aula el mismo apodo de El Ruso.

Era algo mágico, era como una señal de identidad que me acompañaba, visible, altisonante,  que no solo veía yo sino que sobre todo veían los demás y, por qué no decirlo, me hacía sentir seguro, me hacía sentir sólido, me hacía sentir siempre yo mismo, me hacía sentir feliz.

Ya en los noventa y en medio del descojonovich, otro socio que ahora no mencionaré pero de gozosa recordación, atento a los tiempos nada dulces que corrían, tuvo a bien rebautizarme y nunca más fui El Ruso sino que desde entonces la mayoría de los que me rodeaban en aquella universidad comenzaron a nombrarme ni más ni menos que El Zar.

Fui El Zar por algún tiempo, hasta que una mañana descubrí de pronto que ya no era más El Zar, ni el Ruso, ni El Rusosky ni mucho menos El Soviético. Algo había pasado, o había pasado todo. Había pasado de todo y ya todo no era más que pasado. Ya no quedaban latas de carne rusa en el mercado, y los animados en la televisión volvían a ser norteamericanos. Desapareció, se fue a bolina la bandera roja de la hoz con el martillo, del martillo con la hoz, y la ciudad se ha inundado desde el aeropuerto hasta el muro del Malecón con la bandera de las barras y las estrellas.

Ahora es mi hijo quien va a la secundaría. Su piel es tan blanca como antes lo fue mi piel (antes de tanta escuela al campo y tanto trabajo voluntario y tanto servicio militar), sus ojos sí que son claros de verdad, es más, son azules, y es alto, más alto que la media como también yo lo fui. Y sus amigos, los socitos de su aula, también han escogido un apodo para él. A mí, por ser alto, blanco y de ojos claros, me llamaron El Ruso. A mi hijo, por las mismas razones, por ser alto, blanco y de ojos claros, le han apodado El Británico.

¿Qué sucedió entre mis doce años y la adolescencia de mi hijo, para que nos hayan apodado con dos imperios así de dispares y contrapuestos?

Pasó que mi hijo y yo, sin pasaportes ni aeropuertos ni aviones mediante, sin pedirlo ni pensarlo, nacimos en países diferentes. Pasó que las mismas calles hoy nos llevan a lugares desiguales, raros y elegantes, a los que no queremos entrar. Pasó, pasa, que mientras en mi infancia, con poco y a veces viviendo de prestado, me sentía rico, mi hijo con mucho más de lo que nunca tuve, a ratos sospecha que somos pobres. Pasó, pasa, que mi hijo no conoce, casi no ha escuchado, nunca dice, aquella palabra que tanto usábamos entonces: la palabra compañero.

Y lo que pasa con mi hijo pasa igual con los socitos de su aula. Que para ellos los rusos no son otra cosa que el eterno enemigo en esos juegos de shooters que siempre juegan en sus tablets y laptops.

Eso pasa. Y desde ya, yo estoy curioso… ardo por dentro en los deseos de saber cómo bautizarán los socitos de su aula, a mi nieto. Y por qué. Y por cuánto.

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