MIAMI. Hace poco, un amigo me hizo una simple pregunta: “¿Cómo sabes cuándo Donald Trump miente?”

Respondí con rapidez: “Cada vez que abre la boca para hablar”.

“¿Cómo lo supiste?”, preguntó, como si fuera un enigma difícil de descifrar. Lo miré y me eché a reír.

Ese no es su mayor problema, y continué explicándole. “El hombre es totalmente estúpido”, le dije.

No soy el único que piensa así. Steve Chapman, periodista del Chicago Tribune, escribió recientemente una columna titulada “El Mayor Defecto de Donald Trump: No es Muy Brillante”. En el artículo describe sucintamente la capacidad del presidente como pensador al afirmar que “La evidencia de su estupidez [de Trump] fluye de manera tan continua y caudalosa como el río Mississippi”.

No estoy exactamente seguro de por qué comencé con Trump, pero supongo que tuve que descargar algo de mi frustración contenida con este hombre que, como ciudadanos estadounidenses, debemos de llamar nuestro presidente. Supongo que también se debe en parte a lo que sabíamos que vendría. Se esperaba el anuncio del Departamento del Tesoro de las nuevas regulaciones acerca de Cuba, pero al anunciarse ardieron como la sorpresiva picada de una abeja.

También es hora de señalar a los verdaderos culpables detrás de la muy estúpida decisión del presidente. Estúpida porque es solo otro capítulo que nos está atrasando enormemente: un retroceso puesto en marcha en el momento en que Donald Trump se convirtió en presidente en enero de 2017. Todo parecía encaminarse en la dirección correcta después del anuncio de diciembre de 2014, en el que los gobiernos cubano y estadounidense dejaron atrás algunas cosas del pasado y comenzaron a negociar con fuerza, pero de manera justa, un camino a seguir en las relaciones entre los dos países.

Pero luego Trump y un pequeño grupo de enemigos de Cuba,  cuya frivolidad en las decisiones que afectan a su llamado país de origen es en realidad un gesto que nos lleva “de regreso al futuro”.

Estas personas están lideradas por el senador Marco Rubio y los representantes federales Mario Díaz-Balart, Carlos Curbelo y la miembro saliente del Congreso (¡gracias a Dios!) Ileana Ros-Lehtinen. Dirigido por Trump  MMA (mi mejor amigo) Rubio, el mismo Pequeño Marco que fue insultado y desmoralizado por el Donald durante las primarias, el mismo tipo que usa zapatos con elevadores y que se refirió a Trump como un “peligrosos estafador”, Marco ahora está dispuesto a olerle el culo al presidente a fin de ayudar a EE.UU. a aplicar regulaciones torturantes en relación con la isla que él asegura amar, pero donde nunca ha puesto un pie.

Y sin embargo, después del anuncio de esta semana por parte del Departamento del Tesoro de EE. UU., los secuaces de Trump del sur de la Florida se quejaron de que las regulaciones no eran suficientes. Culparon a los burócratas en el gobierno de Estados Unidos por no pisotear con fuerza al pueblo cubano.

Típico y cobarde: culpar a los demás por temor a herir los sentimientos del estúpido presidente, responsable de las regulaciones, y quien arremete contra el que se le enfrente.

Los arquitectos de las nuevas regulaciones afirman que fueron redactadas para dañar a los líderes cubanos y sus fuerzas armadas, las cuales están a cargo de muchos hoteles y negocios de la Isla. Su objetivo, afirman, es ayudar a la creciente clase empresarial de Cuba.

Lo cierto es que hicieron exactamente lo contrario. Pregunten a cualquier persona privada y no gubernamental en la isla que alquila su casa por Airbnb, o pregunten a un amigo que administra un paladar (restaurante privado) en La Habana (y yo lo he hecho) qué tal les va. La respuesta es unánime. Los negocios han bajado  en picada desde que Trump llegó al poder el 20 de enero. Y después del reciente anuncio del gobierno de EE. UU. advirtiendo (sin razón aparente), a los ciudadanos estadounidenses de NO viajar a Cuba, los paladares que una vez estuvieron llenos tienen suerte si pueden permanecer abiertos, y el alquiler de viviendas por parte de empresarios privados ha sufrido un colapso. Muchos de estos empresarios que sufren son personas que han vertido sus ahorros de toda la vida en lo que previeron como un futuro lleno de posibilidades.

Sin embargo, Marco Rubio, Mario Díaz-Balart, Carlos Curbelo e Ileana Ros-Lehtinen quieren asegurar que se mueran de hambre y que ojalá se hundan hasta el fondo de las aguas que rodean la isla caribeña. Lo que menos les importa es el pueblo cubano.

Con estas estúpidas nuevas regulaciones han logrado nuevamente intentar destruir lo que comenzaba a suceder: la reunificación de la familia cubana. Y eso es lo último que quieren que se logre. Porque con la reunificación llega un camino saludable en la relación entre Estados Unidos y Cuba.

Y las relaciones sanas entre nuestros dos países significarían perderse la gran cantidad de millones de dólares proporcionados por los programas que EE.UU. llama de “construcción de la democracia”, simples dádivas que pasan por las pegajosas manos de personas como Marco Rubio, Mario Díaz-Balart, Carlos Curbelo e Ileana.

Creo que es hora de que Miami dé un paso adelante y deje atrás a estos enemigos de Cuba. Son dinosaurios que alguna vez deambularon por nuestras calles y cuyas ideas deberían ser cosa del pasado. O bien, esta área continuará mirando hacia el pasado en busca de nuestro futuro, en lugar de buscar el pensamiento adelantado que necesitamos.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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