LA HABANA. Desde 1999 se celebra en algunas partes del mundo el Día Internacional del Hombre. Escogido el 19 de noviembre, algunos asocian la fecha con el día en el que Pelé coló su gol número mil en el año 1969. Trinidad y Tobago asumió la iniciativa y luego se extendió a alrededor de cuarenta países. Sus objetivos son abordar temas de salud, resaltar el rol positivo y las contribuciones de los varones para con la comunidad y la sociedad, promover la igualdad de género y celebrar la masculinidad. En Cuba no se celebra. Es raro, quizá un descuido o parte de esa convención que se ocupa de velar determinados temas por aquello de que “esa gaveta tiene cucarachas”. O peor, siguiendo la sabiduría popular, porque “el horno no está para galleticas”.

Bien cierto es que en una sociedad abiertamente machista como la nuestra parecería un colmo celebrar el día del hombre, pero estoy segura de que si se llevara a votación serían las mismas mujeres quienes darían más manos levantadas a favor. Mucho se habla de las nuevas masculinidades, de la feminización de lo masculino y viceversa, de lo trans y lo queer, de los nuevos roles y los tipos de familia, pero hemos olvidado un eslabón necesario. Nos hemos olvidado del hombre en su dimensión individual, sencilla y compleja a la vez —ya que asume la carga de otros estereotipos tan apesadumbrantes como aquellos a los que sigue expuesta la mujer—, y nos hemos perdido la oportunidad de educar desde el reconocimiento.

No hay que hablar del consabido “los hombres no lloran”, ni del “eso es cosa de mujeres”. País de paradojas este, también parte de la inevitable globalización, hoy algunos hombres se depilan, se arreglan las cejas y usan aretes y lápiz labial, esmalte de uñas; y llevan muy alto el estandarte de “somos iguales” cuando se hacen los dormidos para no ceder su asiento a una mujer, incluso ni a una anciana. La sociedad cubana no ha acaba de entender bien esto de los géneros; o como en casi todo tendemos a aferrarnos a lo que más nos conviene de esta o más cual “moda” sociopolítica para jalonar más hacia un “mí mismo” que no hace concesiones.

Pero habrá que celebrar al hombre que sigue asumiendo su rol de sostener la casa y que sabe que sostenerla; es también adelantar la comida para cuando llegue la mujer, porque ya que somos iguales ella tiene un trabajo de más horas que él, aunque el de él necesite de otra fuerza. Habrá que preocuparse por educar a nuestros varones en que los hombres sí tienen el derecho de la sensibilidad más allá de afeites, allí donde es necesario usar sombrilla o bloqueador solar porque siempre andan más expuestos que las mujeres, allí donde hay que ocuparse de la revisión sistemática para evitar el cáncer de próstata del mismo modo en que se promueve la revisión que debe hacerse la mujer como prevención al cáncer de mamas.

Descuidados nuestros varones tienden a ser siempre los malos de la película y termina por cumplirse en ellos la profecía, eso que en sicología también se llama Síndrome de Pigmalión, eso que en la pedagogía asegura que a quien usted le ve solo las manchas más manchas habrá de crear, es decir, más reforzará esa conducta que termina siendo mancha.

Los hombres son seres tan vulnerables como mujeres, niños y ancianos. Desde esta misma prioridad de los otros por delante de él ya ha tenido que asirse a una coraza que lo endurece. Vemos mal que un hombre no haga su “papel de hombre”, cuando ni siquiera tenemos muy configurada una idea de cuál debería ser ese papel. El hombre es un ser humano tan víctima de su entorno como el que más, y no solo le toca lidiar con el estigma de aquellas raras concepciones acerca de la masculinidad, le toca vivir con el miedo de no cumplir con ellas, de no estar a la altura.

La celebración del Día del Hombre se entrelaza con el Movember, un evento mundial en el que los hombres se dejan crecer el bigote en función de promover y recaudar fondos para la salud física y mental de los varones. Porque el hombre también se enferma y se deprime. Por mis muchos amigos hombres, por mi pareja, por mi abuelo, por mi padre, yo misma me pintaría un bigote si supiera que alcanzaría para hacer sanar cualquiera de sus dolores. En lo personal, si hace falta cargar dos cubos de agua, yo puedo cargar uno y así vamos más rápido, y aprendí a poner masilla en las paredes para ocultar los huecos por los que luego pasará mi brocha o la de ÉL. En eso creo que radica la igualdad, en reconocernos seres interdependientes o independientes, pero sobre todo humanos.

Se dice, reforzando los estereotipos, que un hombre puede ser más leal a un equipo de fútbol que a una mujer, ya sabemos, y hasta a un hijo. Que las mujeres entregan sexo para recibir amor y los hombres amor para recibir sexo, que tiran el cable a tierra porque nosotras siempre andamos hablando demasiado, que son monotarea y egoístas; sin embargo algo habrá que aprender de estos “defecticos”, sobre todo porque al final del día queremos que estén allí.

Muy mal parados quedan los hombres cuando hemos sido criados a cuentos de hada. La mujer, que tiene ese pensamiento mágico en el que sueña cumplir sus expectativas, ha construido su esperanza a la sazón de un modelo que indica que el hombre vendrá a salvarnos, nos besará y despertaremos del sueño eterno, o escalará hasta rescatarnos de la torre. El hombre sabe esto y sufre porque no siempre tiene la pericia, o la gana, o la intención; la mujer sufre porque se frustran sus deseos y entonces no puede ver que ella también debería tener un equipo de lo que sea favorito, hacer sagrado el tiempo para las amigas, concentrarse en una sola tarea a la vez para no llegar tan extenuada a la casa luego de pasarse el día haciendo el trabajo y el resto de los trabajos.

Ya es difícil la vida en un país lleno de carencias, ya lo haría más llevadero que reconociéramos la fortaleza precisamente en la diferencia entre los sexos y los géneros y las maneras de afrontar la naturaleza de las cosas. En un país machista como Cuba mucho hace falta celebrar el privilegio de la masculinidad, a ver si dejamos de celebrarnos y cantarnos tanto desde el egoísmo y encontramos ese punto medio que nos hará mejorar como sociedad. Cuando termine estas líneas y mi novio me lea, se reirá de mi circunstancial alumbramiento, y luego de vez en cuando aludirá a este texto cuando quiera darse un tiempo para sí o deleitarse con las patadas del equipo merengue. Pero el caso es que hoy me pintaría un bigote, aunque mañana me queje de que comió galletas encima de nuestra cama.

Foto de portada: Joel Carillet.

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