El hábito del poder: Weinstein, Trump, et al.

A los conservadores les encanta despreciar a las personas que reciben ciertos tipos de ayuda gubernamental, los tipos de asistencia que reciben “esa gente” (los pobres, los vulnerables, las minorías), tales como cupones de alimentos o Medicaid. Los conservadores describen tales beneficios como lujos, pero son una miseria en relación con la necesidad y en comparación con lo que otros grupos obtienen o lo que el gobierno gasta en el cuidado y la alimentación del complejo militar-inteligencia-industrial.

Para los conservadores, cosas como Medicaid y los sellos de comida equivalen al robo, una transferencia ilegítima de recursos de los que los merecen a los que no lo merecen. Los conservadores los llaman “programas de ayuda social”, una frase que han demonizado con ganas. Si el gobierno paga la atención médica de un bebé cuyos padres no pueden pagarla, eso es una ayuda social. Imaginen eso: la atención médica a los niños es una ayuda social. No sé, tal vez los conservadores piensan que esos niños deberían haber elegido mejores padres, es decir, padres más ricos, y la pena por fracasar en eso es la muerte.

En cualquier caso, no importa qué se hace con tal de evitar la ayuda social. Pero para aquellos que piensan de esta manera, no es una ayuda social cuando las grandes corporaciones y los individuos ricos obtienen beneficios verdaderamente colosales de manos del gobierno por medio de exenciones de impuestos y contratos lucrativos.

En el mundo real de los Estados Unidos del siglo XXI, las personas que realmente tienen derecho y que actúan como si lo supieran no son en absoluto “esa gente”. Son los poderosos y ricos, y son abrumadoramente blancos y hombres. Están acostumbrados a amonestar, castigar o despedir a los subordinados, y se consideran con derecho a hacer estas cosas. Esto lleva a muchos a adquirir el hábito del poder, y lo ejercen en áreas que, incluso en esta sociedad desigual e injusta, se consideran cada vez más fuera del alcance de tales ejercicios de control arbitrario y unilateral.

El sexo, por ejemplo. El abuso de poder, los usos arbitrarios e injustos del poder son procedimientos operativos estándar en el mundo jerárquico de las empresas de Estados Unidos, en el cual los empleados casi no tienen derechos ni poder. Los adictos al poder piensan: si puedo despedir “a voluntad” a mis aprendices o a cualquiera que trabaje para mí o hacer o destruir la carrera fílmica de alguien por capricho, ¿por qué no puedo usar cuando yo quiera mi poder para tocar los genitales de una actriz o exigir sexo oral de un subordinado? ¿Hay algo peor que arruinar la carrera de alguien sin más motivo que porque uno puede y porque simplemente a uno no le gusta esa persona?

Siempre me he salido con la mía, pensó Harvey Weinstein, pensó Trump, pensaron todos los demás. Es más, hasta ahora Trump se ha salido con la suya. Pero no Weinstein y muchos otros. ¿Están los valores morales de los conservadores mucho más degradados que los de Hollywood?

Lo que está claro es que, a partir de ahora, aquellos con el hábito del poder van a tener más dificultades para salirse con la suya en lo que respecta al sexo. La unanimidad en la negación genera silencio e impunidad. Pero si un individuo rompe filas, las compuertas se abrirán a menos que se ejerza un poder y un castigo abrumadores para unir las filas otra vez. Eso es lo que muestran los estudios de psicología social y lo que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia.

Con el escándalo de Weinstein se derrumbó una presa y la inundación ha llegado incluso al Capitolio, aunque las mujeres afectadas están dispuestas a contar su historia, pero no a decir nombres. ¿Persiste el temor? ¿Compasión?

Pero no es solo en Dinamarca, Hollywood y D.C. donde algo está podrido en la consecuencia tóxica del escándalo de Weinstein. Cabilderos o subordinados han acusado ​​de conducta sexual inapropiada a miembros de la legislatura de la Florida, comenzando con el poderoso presidente del Comité de Apropiaciones del Partido Republicano, el senador republicano Jack Latvala, quien pretendía postularse para gobernador.

Falta por ver si el presente escándalo destruye definitivamente el hábito del poder en la arena sexual. Sin embargo, incluso si lo hace, aquellos con poder incontrolado continuarán abusando de subordinados en áreas distintas que no son el sexo, como salario y beneficios. Porque ellos pueden hacerlo.

No es un cliché si es verdad, y lo sigue siendo: el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Una posdata trágica:

Cuando estaba finalizando esta columna, se supo una noticia que no podía ignorar. El domingo (5 de noviembre), hubo en Estados Unidos otro asesinato masivo con armas de fuego. Al menos 26 personas perdieron la vida. Esta vez, tuvo lugar en una iglesia de un pequeño pueblo de Texas, un entorno que no podría ser más diferente al ambiente libertino de Las Vegas, el sitio de una horrible masacre anterior. Después de la carnicería de Las Vegas, acerca de la cual escribí aquí, los republicanos, del presidente para abajo, respondieron con las mismas estupideces que han usado cada vez que ocurre un tiroteo masivo. “Es hora de luto y empatía, no es hora de politizar una tragedia. Más adelante hablaremos acerca de la política de las armas de fuego”. La indefinición con el fin de mantener una loca política de armas de fuego ha funcionado hasta ahora. Al menos un progresista que conozco fue absorbido por este giro cínico y me golpeó con la perorata habitual del Partido Republicano, casi palabra por palabra.

La razón por la que los republicanos y el lobby de las armas de fuego no quieren hablar acerca del control de armas después de un tiroteo en masa no tiene nada que ver con el respeto a las víctimas. Tiene que ver con el hecho de que sus leyes y puntos de vista defensores de las armas de fuego se revelan por lo que son: una patología social que siembra el asesinato y el caos. No nos dejemos engañar por las lágrimas de cocodrilo, la falsa compasión, la sofistería. Este es exactamente el momento no solo para hablar, sino para actuar de manera decisiva a fin de promulgar las más estrictas políticas de armas de fuego que resistan el escrutinio de este Tribunal Supremo dominado por los derechistas.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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One Response to El hábito del poder: Weinstein, Trump, et al.

  1. Magnifico Articulo. No entiendo los argumentos que se esgrimen para que no se hagan restrcciones a la tenencia de armas de fuego y pienso que mas que eso es eliminar las armas de fuego para los ciudadanos. Se que parece dificil pero mientras tanto mueren muchisimos inocentes cada año en USA.

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