LA HABANA. Mal que nos pese, no hay de otras: sobrevivir el día a día y, peor aún, el mes y el año, en la mayoría de los casos y para el común de los mortales, pasa sin remedio por una cosa que se llama trabajo.

Eso de trabajar, en el caso cubano, tiene tantas implicaciones y maneras de mirarlo como púas afiladas adornan a cualquier erizo de mar. Trabajar supone, entre otras cosas, que haya un pago por lo trabajado. Y ese pago, a ratos, no clasifica siquiera como amago.

A diecisiete años de comenzado el milenio, y un poco más desde que con los noventa la economía cubana, que ya no iba bien, cayera definitivamente en picada, aun hablar de salarios en Cuba sigue siendo un eufemismo. La generación que arriba ahora a los cincuenta años, y que comenzó su vida laboral justo en los comienzos de la crisis, da fe de ello.

Años atrás, ante el reclamo por parte de alguna administración de que se debía trabajar más, uno que entonces era joven pero ya no lo es tanto, se levantó de su puesto y le soltó al funcionario: “Trabajar, eso es lo único que he hecho, y salario, eso es lo único que ustedes no me han dado. Mi generación lleva casi veinte años trabajando por un pago que no sirve para nada, y sigue trabajando y trabajando: en las fábricas, en los hospitales y en las escuelas. ¿Cuándo van a dejar de decirnos que debemos trabajar más? ¿Cuándo vamos a recibir por fin nuestro primer salario?”.

A decir verdad, varios han sido los intentos de resolver el problema. Se ha subido el salario a los profesionales de la salud y también, aunque en menor medida, a maestros y profesores, entre otros sectores decisivos de la sociedad y la economía. Pero esas subidas son insuficientes y a ratos terminan sabiendo a nada puesto que los precios también aumentan. Los salarios de partida son tan bajos, que incrementarlos en un 20, un 30 o un 60%, no produce el efecto deseado. Habría que multiplicarlos varias veces, para que puedan enfrentarse con posibilidades reales a las vidrieras de los productos congelados del mercado.

Siendo así, oleadas de trabajadores han emigrado de sus puestos de trabajo hacia otros mejor remunerados, a veces en la misma orbita estatal, a veces hacia firmas extranjeras, a veces hacia el cuentapropismo, y también, hacia otras formas de trabajo no reconocidas. Y no reconocidas, siquiera, por sus protagonistas.

Hace apenas unos meses, mientras reparaba a como pudo ser mi pequeña casa, conocí un personaje que ilustra a la perfección lo complejo y retorcido detrás del concepto de trabajo. Esta es la persona a la que llamas y le das tu lista de necesidades: tantos sacos de cemento, tantos de arena, tantas losas de terrazo. Él se encarga de comprar y transportar los materiales, y en mis obras, los subía por las escaleras, saco a saco sobre su espalda, hasta la puerta de mi casa.

Una tarde le noté preocupado: el saco de cemento sobre su espalda y los ojos en todas partes. Le pregunté qué pasaba, y me respondió: “el policía ese que se ha parado en la esquina y me tiene mal… tú sabes, está puesto para mí… como yo no trabajo…”

La frase me heló la sangre… se sintetizaba mucho del drama laboral de este país con ese “yo no trabajo”. Y comprendí en esas palabras el largo camino a recorrer para que de lado y lado cambie la conciencia y la percepción de qué es trabajo, cuando el personaje que dice “yo no trabajo”, lo dice mientras lleva escaleras arriba un saco de cuarenta y dos kilogramos de cemento gris P-350 sobre su espalda.

Este hombre, que todo lo que hace es trabajar los siete días de la semana, que hace bien lo suyo y lo hace a tiempo, y que sus ganancias tampoco es que sean tantas —no vive como un rey ni mucho menos—, él también, piensa que no trabaja. ¿Cuánta culpabilidad gratuita metida en esa cabeza? ¿Y cuánta oportunidad perdida por esa creencia nefasta de que solo trabajar para el estado o con papeles, es trabajar?

Este es solo un caso, porque hay miles. Completamente al otro lado de la cadena laboral, están, por ejemplo, los asistentes. Alrededor de cada artista de algún éxito, suele haber dos o tres asistentes que trabajan para él, pero su trabajo no es reconocido oficialmente por el estado, privándoles de muchas prestaciones social.

Otras tantas personas laboran aprovechando los olvidos u oportunidades que las agencias turísticas aun no aprovechan, ofreciendo múltiples servicios sencillos que los turistas agradecen, pero también organizando paseos, visitas y excursiones, con toda la logística de transportación, alimentación y alojamiento que ello conlleva. Esas personas, que trabajan y mucho, lo hacen sintiendo siempre sobre sus cabezas la pesada sombra de la espada de Damocles, porque ellos “no trabajan”. Es esta otra de las realidades que necesitan ser comprendidas y actualizadas en nuevas regulaciones en nuestra Isla.

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