LA HABANA. Oficio poco reconocido el de aquellos centinelas anónimos que dentro del periodismo escrito o en cualquier otra manifestación deben velar por la correcta impresión de los textos en evitación de erratas, faltas de ortografía, errores de sintaxis y hasta el mal uso de las palabras.

Cuando ocurren estos descalabros impresos, hay una frase de consuelo que debe venir desde los lejanos tiempos en que se inventó la imprenta: “Bueno, esto no ocurre nunca en una panadería”. U otra más moderna: “Los periodistas publicamos nuestros errores; los médicos, los entierran”.

Las dos pifias aparecidas en el texto que acompaña la réplica del monumento a José Martí en el Central Park de Nueva York, y que este próximo 28 de enero será develado en esta capital, han sido tan publicitadas tanto o más que el propio singular acontecimiento.

Y no por mala voluntad de las agencias o de los adversarios y criticones, sino porque siempre que ocurre igual, pasa lo mismo. El lector, o en este caso la propia gente, hacen del error un verdadero acto de choteo. Esto, al menos en Cuba.

En mi larga vida dentro del periodismo las he visto colosales; donde una simple letra es capaz de provocar un cambio de 180 grados en el sentido de la oración o la frase.

Una, que siempre me viene a la memoria, es aquella donde se relataba los últimos días del patriota cubanoamericano Henry Reeve. La línea de texto original decía:

Herido no hizo más que va-

Luego seguía “gar por los campos de caña”

El avispado corrector ordenó una coma en herido, pero no se percató que el linotipista incluyó una “c”. Por tanto, el patriota no hizo más que cagar por los campos. En las tres ediciones salió el disparate y desde entonces el corrector tomó el sobrenombre de “El inglesito”, hasta después de muerto.

Mi primer jefe en el departamento de corrección de pruebas era un gallego que llegó de niño a Cuba. Largos años dedicó a su afán de capturar erratas en el periodismo anterior a 1959 y después de él. Conservaba como reliquias las más osadas e irreverentes erratas en diversos medios porque algo casi inexplicable sucede en estos casos y es la aparición de la llamada mala palabra.

Se nombraba Carlos Naves Francos y tuvo la osadía de corregir en cierto momento a Fidel Castro en un mano a mano con el líder en los talleres del antiguo periódico Revolución, cuando el Comandante acudió allí para revisar un discurso o enmendar la plana, que era como se le nombraba a tal acto.

“Con todo el respeto que usted merece”, contaba que le dijo, “no es correcta la frase ‘cuando veas las barbas de tu vecino arder…’.” Y le contó que se trataba de bardas, esas enredaderas en los campos de Galicia que durante el verano eran propensas al fuego, que corría rápidamente a la casa vecina.

Fidel le agradeció la observación, pero muy propio de su carácter, le aclaró que el pueblo había entendido bien y que no se precisaba ningún cambio. Al siguiente día, un escolta se presentó en el departamento de Correctores y le hizo entrega de un diccionario que el Comandante le enviaba de regalo.

Naves conservaba otras dos erratas geniales: la de una periodista muy meticulosa que no admitía corrección alguna en sus materiales y era ella quien los revisaba. Tenía una sección titulada “Metiendo la cuchareta” y hacía comentarios lo mismo de cine, gastronomía que ciencias ocultas. Y así fue que, con tono irónico, escribió alguna vez “yo, que no veo bien…”. Nunca supo, hasta que fue publicado, que por la “v” se había colado una “m”, con lo cual hizo público un presunto problema de riñones.

La otra, una nota necrológica ante la muerte de la esposa de un directivo del diario. Con el tono característico de aquella época, donde se resaltaban en extremo las virtudes de la fallecida y de paso se enaltecía al viudo, nadie se percató del final, donde al doliente y su familia, los trabajadores le enviaban “un cálido mensaje de felicitación”.

Y así, pues “camarones como estos, de más de 20 metros de largo, estarán pronto al servicio de la población” en lugar de camaroneros. “Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su cementerio”, en lugar de centenario. “Coño dije”, en vez de “como dije”. O aquel comercial aparecido en los años 50 con un destaque hasta para ser visto por un débil visual, que pretendía anunciar “Mamelucos por 90 centavos” y que no resulta necesario mencionar qué fue en realidad lo que salió impreso.

Algunos medios suelen rectificar y pedir disculpas una vez conocidas las erratas. Otros ignoran el suceso. La que viene a continuación nunca fue anunciada. Era la muerte del Comandante de la Revolución Ramiro Valdés. Contaba el despacho que:

“…fue uno de los restos que dejó a su paso por esta provincia el miembro del Buró Político y vicepresidente de los Consejos de Estado y Ministros, Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez.” Retos era la palabra y no la que fue llevada a letra impresa.

En fin, que de erratas se podría escribir una antología. Ojalá bien pronto, antes de ser develado el monumento a José Martí, quede claro que se trata de “nació” y “ciudad” y que pido a Dios no haya ninguna en esta remembranza porque con los años “no veo bien”.

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