El ataque sónico contra los acuerdos migratorios con Cuba

LA HABANA. Aún nadie ha podido precisar la veracidad de los supuestos ataques sónicos contra funcionarios norteamericanos en Cuba. Sin embargo, bajo esta excusa, Estados Unidos prácticamente ha vaciado ambas embajadas y puesto en duda la factibilidad del cumplimiento de los acuerdos existentes entre los dos países, en particular el referido a los asuntos migratorios, existente desde 1994.

Surgidos del interés norteamericano de evitar nuevas oleadas de migrantes ilegales hacia ese país, Estados Unidos aceptó establecer un mínimo de 20 000 visas anuales como cuota para Cuba. A cambio, obtuvo el compromiso cubano de controlar este tipo de salidas por medios pacíficos y aceptar de vuelta a los migrantes ilegales capturados.

Hasta ahora, estos acuerdos han sobrevivido las peores coyunturas y funcionado con bastante regularidad, a pesar de que la política de pie seco/pie mojado, la cual en 1999 estableció la práctica de aceptar a los que lograran pisar suelo norteamericano, aumentó el riesgo de la aventura marítima e incentivó el uso de terceros países para acceder a la frontera estadounidense. En enero de 2016 Obama canceló esta política y desde ese momento las salidas ilegales de Cuba disminuyeron a niveles prácticamente despreciables.

Ahora, debido a los supuestos peligros de los ataques sónicos, el gobierno de Donald Trump anunció el cierre de su consulado en Cuba y remite las entrevistas de los potenciales migrantes nada menos que a su embajada en Bogotá, Colombia, uno de los países más inseguros de América Latina.

Hasta ahora, Colombia solo ha dicho que está estudiando el asunto, no se conoce si Estados Unidos coordinó previamente con ellos, pero en cualquier caso significa transformar el consulado colombiano en La Habana, establecer nuevos parámetros para otorgar las visas de ese país y asumir los problemas que podría acarrear convertirse en país de tránsito o acogida para muchos cubanos que finalmente no reciban la visa norteamericana.

Tal medida pone en duda la posibilidad de que Estados Unidos cumpla con los acuerdos migratorios y coloca la situación en el mismo nivel de tensión e incertidumbre que generó las oleadas de migrantes ilegales en el pasado.

A falta de una explicación para la creación de problemas en un asunto que parecía resuelto, no queda más remedio que especular respecto a la lógica que puede haber inducido a tomar estas decisiones:

En primer lugar, se corresponde con la filosofía antiinmigrante que domina la política de Donald Trump. En un contexto caracterizado por el veto a ciertos países, la paralización de los programas de refugiados existentes y su reducción de cara al futuro, el debate sobre la construcción del muro con México y la persecución en masa de los indocumentados, no es de extrañar que se aproveche la oportunidad para limitar el ingreso de los cubanos a Estados Unidos.

De ser así, estaríamos en presencia de la transformación del patrón migratorio que ha regido la política hacia Cuba por casi 60 años. Al acabar con la supuesta excepcionalidad de los migrantes cubanos, Estados Unidos estaría reconociendo que no emigran por razones políticas ni para nutrir las bases sociales de la contrarrevolución, como ocurría en las décadas del 60 y el 70 del pasado siglo. También que la emigración ha dejado de ser funcional al proyecto contrarrevolucionario.

Esa es la razón por la que los sectores de la extrema derecha cubanoamericana apoyan esta política. Incluso es posible que la hayan promovido desde la oscuridad de los ataques sónicos, para evitar pagar el precio político que, de cara al resto de la comunidad, implicaría hacerlo abiertamente. Otra conclusión es que estos sectores no representan los intereses mayoritarios de la comunidad cubanoamericana y, tarde o temprano, esto tendrá repercusiones electorales en el sur de la Florida y la elección de sus representantes a escala nacional.

Por último, puede responder a una lectura bastante festinada de la realidad cubana. Con una situación económica difícil, particularmente afectada por el paso del huracán Irma, la política de Estados Unidos hacia Cuba ha vuelto a la tesis de “apretar las tuercas” para generar el caos interno y finalmente, por las malas, propiciar el “cambio de régimen” en la Isla.

Teniendo en cuenta la ignorancia política que caracteriza a Donald Trump, no es descartable que hayan sido sus “asesores” cubanoamericanos los que lo convencieran de que las condiciones están dadas para ello y alentaran su fantasía melómana de ser el presidente que acabe con el comunismo en Cuba.

Así lo demuestra el renovado lenguaje hostil del presidente, la insistencia de aprovechar el cuento de los ataques sónicos para afectar los viajes de los norteamericanos a Cuba y la creencia de que limitar la migración agrega presión a la “caldera” doméstica.  Se acabaron las sutilezas y el objetivo de derrocar al régimen cubano aparece, junto a Venezuela, entre las prioridades del gobierno norteamericano hacia la región.

En retribución por mostrarse como aliados seguros del presidente, la derecha cubanoamericana se está sirviendo con cuchara en lo referido a la política hacia Cuba, donde aporta la experiencia de saber cómo hacer daño. La razón de esta influencia no hay que buscarla en el apoyo electoral en el sur de la Florida, ni en el volumen de sus contribuciones, sino en lo hambriento que está Donald Trump de encontrar apoyos en el Congreso.

No obstante, las medidas contra Cuba también reflejan la fragilidad del consenso. Si observamos la forma en que se presentan, veremos que tratan de no confrontar con los aspectos formales de lo acordado —nada de romper relaciones o cancelar acuerdos— y siempre dejan una puerta abierta para ser revertidas.

Igual que comenzaron, si así lo aconsejan las circunstancias, mañana pueden desaparecer los “peligros originados por los ataques sónicos” y regresarían los funcionarios norteamericanos a su embajada en La Habana y los cubanos a Washington, restableciendo la aparente normalidad del funcionamiento de los acuerdos migratorios entre los dos países.

Digo aparente, porque con Trump o sin él, la señal de la disfuncionalidad de estos acuerdos para Estados Unidos resulta manifiesta y cada día hay menos razones para que los migrantes cubanos sean tratados de manera diferente al resto. En definitiva, somos latinos igual y parece que no nos quieren mucho. Cuba debe tenerlo en cuenta de cara al futuro.

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