Un partido para plutócratas

MIAMI. Los republicanos están organizando una fiesta para multimillonarios y la llaman reforma fiscal. La propuesta tributaria del Partido Republicano, que entre otras cosas, hace grandes recortes a los impuestos corporativos y elimina el impuesto al patrimonio, es un regalo para las personas que conforman la base real del partido: los que tienen y los que tienen más, como los llamó George W. Bush.

¿Quiénes serán los mayores ganadores? Directores generales y grandes accionistas de gigantescas corporaciones, y los herederos de enormes fortunas (un porcentaje minúsculo de todos los contribuyentes; en resumen, ricos y ultrarricos). Si los republicanos prevalecen en el asunto de los impuestos, aquellos que tienen mucho obtendrán más.

La naturaleza de Robin Hood al revés del último plan impositivo republicano no es una sorpresa. Durante cuatro décadas, el Partido Republicano ha estado llevando a cabo una enorme redistribución económica desde la base y el medio hasta la parte superior de la pirámide económica, lo que equivale a una contrarrevolución capitalista contra la muy aguada forma de socialdemocracia promovida por FDR y LBJ.

Esto lo han logrado mediante dos grandes recortes impositivos, cortesía de Ronald Reagan y George W. Bush, respectivamente. Ahora, Trump y el Congreso dominado por los republicanos están planeando superarlos a ambos con lo que el presidente describe como el mayor recorte impositivo, radicalizando significativamente la contrarrevolución capitalista iniciada por Reagan.

Además de colmar a los económicamente privilegiados con mucho más dinero, hasta ahora la contrarrevolución económica republicana ha vaciado a la clase media y ha hecho a los desfavorecidos más pobres e inseguros. Durante esta larga contrarrevolución, el ingreso real de los estadounidenses típicos se estancó o disminuyó. El nivel de vida de los pobres, cuyo número aumentó, casi ha colapsado a medida que las políticas republicanas destrozan sistemáticamente la endeble red de seguridad social del país. Los recortes en los programas para los pobres han sido grandes y demasiados para enumerarlos aquí. Como resultado, muchos de los pobres han pasado de ser simplemente necesitados a estar en los límites de la  indigencia o inmersos a plenitud en ella.

Los republicanos y sus aliados entre economistas conservadores y analistas de políticas han presentado esta contrarrevolución por medio de tantas falsedades y distorsiones que se hace necesario disipar la niebla.

La mentira más descarada es la recurrente tesis republicana de que tales recortes de impuestos se pagan a sí mismos al estimular las actividades económicas y,  por lo tanto, aumentar los ingresos tributarios totales. La realidad es que tanto los recortes de impuestos de Reagan como los  de Bush, lejos de pagarse a sí mismos, crearon un gran vacío en el presupuesto que hizo que el déficit aumentara a un ritmo vertiginoso.

La hipocresía de los republicanos se evidencia en el hecho de que los déficits son un anatema para ellos cuando son causados ​​por programas para los pobres y la clase media, pero no son un problema cuando benefician a los ricos. La perversidad de todo esto es que los republicanos utilizan entonces los déficits creados por ellos mediante recortes tributarios para los ricos y otras políticas (como niveles grotescos de gasto militar, que benefician a los contratistas de defensa) como una justificación para reducir aún más los programas de clase media y de ayuda a los pobres. Es un truco ingenioso y despreciable.

Una segunda gran mentira es que la desigualdad es únicamente el resultado de fuerzas “naturales” en la economía, como la globalización y los rendimientos crecientes de la educación. La realidad es que las políticas públicas desempeñan un papel importante en el impulso a la contrarrevolución en curso, no solo con la política tributaria, sino también con las políticas que restan poder a los trabajadores y a sus sindicatos.

Los recortes impositivos de Reagan y Bush produjeron una desigualdad duradera, pero no una prosperidad duradera. La última evidencia de esto proviene de un informe de la Junta de la Reserva Federal publicado el mes pasado (“La Riqueza Creció Ampliamente Durante 3 Años, pero la Desigualdad También se Hizo Mayor”, The New York Times, 28 de septiembre de 2017). Dos cosas se destacan. Bajo Obama, tachado calumniosamente de anticrecimiento, los datos muestran que en 2016 “la familia estadounidense típica tenía un patrimonio neto de $97,300, un aumento del 16 por ciento desde 2013 después del ajuste por la inflación”. Es más, “las ganancias fueron de amplia base, trascendiendo categorías raciales, educativas y económicas (un cambio significativo con respecto a los años posteriores a la recesión, cuando tanto el ingreso como la riqueza continuaron disminuyendo para muchas familias”.

Así, bajo Obama, la recesión –provocada por la lujuria republicana por recortar la regulación del capital e instigada por la facción de la derecha en el Partido Demócrata en la persona de Bill Clinton– fue básicamente superada sin un retorno al boom económico que caracterizó a los años de la posguerra Y, a pesar de Obama, el único presidente que intentó reducir la desigualdad, la disparidad siguió aumentando. Los datos del informe de la Reserva Federal indican que el 1 por ciento más rico de los hogares controlaba el 36,3 por ciento de la riqueza en 2013 y el 38,6 por ciento en 2016.

Varios factores impidieron a Obama detener el aumento de la desigualdad, y mucho menos revertirla. En décadas anteriores, cada vez que el Partido Republicano controlaba el gobierno, creaba barreras contra una reversión rápida o fácil de la tendencia hacia la desigualdad, como reducir la asistencia social y disminuir el valor real del salario mínimo. Luego, con Obama en el poder, los republicanos en el Congreso trabajaron duro para detener o limitar las políticas para combatir la desigualdad. Por último, si se deja de la mano al capitalismo, este genera desigualdad.

La razón básica de esto se explica en El capital en el siglo veintiuno, de Thomas Piketty: “En el capitalismo, como promedio el rendimiento económico del capital es mayor que el rendimiento del trabajo, a menos que haya fuertes fuerzas compensatorias. En el siglo 20 hubo varias fuerzas compensatorias: dos guerras mundiales que destruyeron mucho capital y arruinaron a muchos capitalistas; el surgimiento del estado de bienestar y los sindicatos laborales; y el surgimiento del comunismo en la Unión Soviética, China y partes del Tercer Mundo como competidor y como modelo alternativo, lo cual tuvo el efecto de que hubiera un capitalismo algo más suave en interés a largo plazo de los propios capitalistas.

El resultado es que la desigualdad seguirá aumentando, a menos que los gobiernos establezcan políticas firmes para combatirla. Cuando gobiernos como Estados Unidos y Gran Bretaña instituyen políticas que promueven la desigualdad, no hay límite hasta dónde se puede llegar. Tal nivel de desigualdad es incompatible con la democracia, un nivel de vida decente para la mayoría de los estadounidenses y el acceso de los pobres a las necesidades básicas de la vida. La Pesadilla Estadounidense que comenzó bajo Reagan y fue sobrealimentada por George W. Bush amenaza con volverse aún más oscura bajo Trump. Pero esto también pasará.

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