LA HABANA. Una mañana de 1990, y creo que de septiembre —aunque después de tantos años ya no confío en lo que creo—, me despertó en la radio la noticia que trocó mi vida y la de todos los cubanos, dejándonos la boca abierta y en los ojos el espanto: el gobierno declaraba oficialmente la implantación en el país del Período Especial en Tiempos de Paz.

Desde entonces y hasta el sol de hoy, veintisiete años después, que son cualquier cosa menos “nada”, he vivido a la espera de una segunda declaración que sancione el fin del tan especial período. Ilusión vana. Se da por sentado, sobre todo entre la gente que vive al menudeo, que el Período Especial es cosa del pasado. Pero, de facto, y también de jure, seguimos en él, al menos hasta que oficialmente se diga lo contrario.

La sensación de que lo peor ya pasó, se asienta en muchos cambios visibles y, en la mayoría de los casos, epidérmicos. Una de las estrategias de aquel duro momento fue la apuesta gubernamental por el desarrollo acelerado del turismo. Ello propició, más allá del enorme esfuerzo de la gestión estatal, la apertura repentina de un sinnúmero de restaurantes particulares y casas de alquiler, permisos y más permisos mediante.

De aquellos sitios, la mayoría improvisados a las carreras, casi ninguno sobrevivió. La inexperticia, la mala administración, las dificultades logísticas y quién sabe qué más, dieron cuenta de ellos. Muy pocos resultaron empeños sustentables que perduren todavía en las calles de La Habana.

Particularmente esos, los restaurantes privados y las casas de alojamiento que prestan servicio en la actualidad, y que volvieron a aumentar su número tras la aprobación gubernamental del trabajo por cuenta propia, hacen visible las muchas diferencias entre aquel primer momento en que la crisis económica sacudió al país, y este momento, en que la crisis persiste pero se gestiona de otra manera.

Si en los primeros noventa las casas de alquiler disponían apenas de una o dos habitaciones cuyo lujo máximo podía ser un ventilador adosado a las paredes recién pintadas con cal, ya eso solo es un mal recuerdo que va camino del olvido. Hoy son hostales de varias plantas, con múltiples servicios, espacios VIP, diseños personalizados y todas las comodidades imaginables. Su clientela ya no son aquellos aparecidos que tocaban a las puertas un día al azar: ahora las reservas deben hacerse on-line con meses de anterioridad y casi siempre están a plena capacidad.

El mismo cambio se aprecia en los restaurantes —la popular denominación de “paladares” va desapareciendo en el desuso—, que pasaron de dos o tres mesas las unas encima de las otras y un menú que casi nunca iba más allá de la comida criolla y un remedo de comida italiana, a enormes salones con ambientes diferenciados, internacionalización de sus preparaciones y, en no pocos casos, sus chefs son importados.

Y algo más que denota una diferencia sustancial entre el día en que comenzó el Período Especial y el día de hoy, son las noches de La Habana: la variedad de espacios nocturnos, privados, acercan la ciudad a lo que alguna vez fue. Bares y discotecas afloran, llenando de opciones las noches de quienes se las puedan pagar.

Eso es algo que distingue este momento, y obviamente no es lo único, de lo que fue el crítico despertar al día a día de los noventa: la variedad, el lujo, los costos, y el grupo social emergente que se advierte disfrutando de esas nuevas oportunidades, mano a mano con los turistas.

Ese grupo, que por más que me tiente no llamaré todavía clase social, tiene para sí toda otra gama de servicios exclusivos, como salones de masajes, spa, gimnasios y tiempo libre para el Yoga y el Pilates. Estos servicios están incluso comenzando a ir más allá de una cuota de pago diaria y comienzan a exigir una membresía, como el club más exquisito.

La relación entre ese grupo y sus hábitos de consumo suele ser endógena: ellos mismos son los dueños —o al menos los testaferros de los dueños— de los restaurantes, los hostales, los gym y las agencias de taxis privadas, que también crecen.

Son gente que llegó a los cambios al mismo tiempo que el resto de los cubanos, pero que llegó con ciertas ventajas: ex funcionarios de alto nivel de importantes empresas estatales, con importantes conexiones dentro y fuera de la Isla, experticia y know how. Hijos de esos funcionarios que heredaron las muy bien posicionadas casas que sus padres recibieron de manera gratuita de manos del estado en retribución de sus altos puestos de trabajo. Casi siempre blancos, muchas veces profesionales universitarios.

Así, ese grupo que ahora reflota sobre las noches de La Habana, es otro de los cambios. Han tenido la oportunidad, han tenido la posibilidad, y no han desaprovechado ninguna de las dos.

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