LA HABANA. He tenido extrema paciencia leyendo, escuchando y viendo en estos días conmemorativos todo lo relacionado al Che.

Era yo un adolescente cuando murió. Me preparaba en un internado escolar-deportivo para unos juegos nacionales en tenis de campo. La instalación, ubicada en la antigua Finca de los Monos, tenía varios altoparlantes en que eran frecuente escuchar marchas políticas que hicieron época o la voz de algún responsable de la escuela dando determinada información.

Esa noche subí a una pequeña azotea y escuché, emocionado como pocas veces, las palabras de Fidel en la Plaza de la Revolución en esa ya histórica Velada Solemne.

Pocos años después de su muerte, la revista Moncada, portavoz del Ministerio del Interior, publicó un anecdotario suscrito por hombres que estuvieron al lado del guerrillero cubano-argentino. Debo confesar que esas páginas nunca fueron reproducidas por otros medios y, sin pecar de absolutista, no tuvieron mayor trascendencia que la de aquel momento. Sin embargo, a mi modesto juicio, encerraban como pocas la grandeza del Che.

Hoy día ese ejemplar probablemente no existe. En aquella ocasión la revista circulaba casi clandestinamente entre los miembros del MININT. Años más tarde la revista se hizo pública y entonces sus ejemplares iban rigurosamente cada mes a los archivos de la Biblioteca Nacional y una empresa estatal cubana, Cubalse, era la encargada de vender mensualmente unos 20 o 30 ejemplares a la Sección de Intereses Norteamericanos en Cuba (SINA) para la biblioteca del Congreso.

Aún hoy día las recuerdo como la primera vez. Y algo más, nunca he vuelto a leer un texto que abarcara tantas facetas de la personalidad del Che.

Del casi centenar de comandantes con que se inició la Revolución, Che era el único que vestía el molesto y caluroso uniforme de soldado con su estrella de comandante.

Era tal vez el único donde en su casa se comía sólo de la cartilla de abastecimiento. Comentaba su cocinero que, cansado de preparar casi siempre lo mismo, en ocasiones alzaba la voz anunciando el menú en vana intención de que el Che recapacitara. Nunca lo hizo. Comía sin comentario alguno de cuanto le servían a la mesa.

Cierta vez un escolta tuvo la osadía de llamarle la atención acerca de que él y sus compañeros no tenían medias para calzar las botas. Contó, asombrado, que el Che se retiró sus botas y le mostró las suyas llenas de huecos y con esa sonrisa tan peculiar le preguntó: “¿Serán como estas?”

En cierta oportunidad, y lo comentaba un chofer, su esposa tuvo necesidad de viajar a Santa Clara en asuntos personales. El Comandante le entregó 20 pesos para la gasolina y al regresar se los devolvió con una nota de picardía. “Eché combustible en el Ministerio”. Che entonces era ministro de Industrias y cuenta el hombre que se molestó mucho. A tal extremo que le hizo recordar que el viaje era personal y no oficial, que tomara de inmediato esos 20 pesos, llenara el tanque y se pusiera a dar vueltas por La Habana hasta que él se acordara.

Fue en Minas de Matahambre. Contaba uno de sus guardaespaldas que en las profundidades del sitio, haciendo trabajo voluntario, le sorprendió un ataque de asma. ´Vamos a subir, Comandante”, le dijo. Che se negó. Y narraba que en medio de aquel ambiente rodeado de extremo silencio, “solo escuchaba el jipido del asmático”, que subió una vez terminada la jornada laboral.

“OK, Comandante”, le dijo en cierta ocasión otro escolta. Che, al parecer, estaba de buen humor y le reprendió que cómo un comunista podía hablar así, con ese Ok tan gringo. El escolta actuó con rapidez y le replicó que en Estados Unidos también había comunistas. El argentino sonrió, le puso la mano en el hombro y le dijo “tienes razón”.

Al parecer, Che conversaba mucho con su seguridad personal. Testimoniaba otro entrevistado que en cierto momento le comentó que le gustaría vivir en un rancho pero que eso era imposible. Al preguntarle las razones, le explicó con pocas palabras, que él no los podía obligar a vivir de esa manera también, que alguien entonces les construiría un edificio a la par de la choza, que entonces era mejor dejar las cosas de la manera en que estaban.

Moncada relató en su tiempo casi una veintena de vivencias de personas que estuvieron junto al Che. Alguien me obsequió aquel ejemplar y logré conservarlo durante un tiempo hasta perderlo definitivamente. Si la memoria no me falla, juraría que fue editada antes de 1970.

Lo último que hice fue imprimirlas y en cada día de recordación, en la entrada de la empresa donde laboraba, se entregaba una a cada trabajador o visitante. Casi todos se sorprendían y no faltaron los que la criticaron y mandaron a preguntar de dónde las había sacado. Che muerto los seguía persiguiendo con su ejemplo. Todavía quedan muchos por ahí…

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One Response to Che Guevara en mi memoria

  1. A Che Guevara en mi memoria
    Aurelio Pedroso • 13 de octubre, 2017. Por favor, como en Cuba se burlan constantemente los derechos de autor, y cada cual saca de un lado para introducir en otro una imagen o un texto sin las debidas normas éticas que acrediten las fuentes, la imagen no pertenece a Aurelio Pedroso, el autor, y tampoco a Progreso Semanal, pues corresponde, en última instancia a http://www.vanguardia.cu/che/9571-che-apuntes-precisos. Gracias. Luis Machado Ordetx

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