El típico Trump, el mayor matón del mundo

Cuando el gran terremoto golpeó a Ciudad México hace un par de semanas, la gente común de la capital acudió en masa –rápida, espontáneamente, con valentía– a ayudar a rescatar a innumerables ciudadanos atrapados bajo los escombros de edificios de oficinas, escuelas y apartamentos.

Hora tras hora, trabajaron incansablemente, junto con los primeros socorristas y soldados que llegaron más tarde y, juntos, lograron salvar las vidas de unas 50 personas. Fue un espectáculo impresionante de lo mejor de la naturaleza humana y típico del carácter mexicano, un ejemplo de valor, heroísmo, solidaridad humana, orgullo nacional y responsabilidad cívica.

Compárese eso con la calumniosa caracterización que hace Donald Trump de los mexicanos en Estados Unidos como criminales, violadores y asesinos. Trump dio inicio a su campaña con una cruel andanada contra los mexicanos. No es de extrañar que su mensaje de condolencia a México se produjera muy tarde.

Los insultos de Donald Trump a los mexicanos durante y después de la campaña fueron mentiras condenables. Pero la verdad no era el asunto. Este fue un mensaje no sólo para aquellos furiosos y atemorizados de lo que ellos ven como la “invasión latina” y el “oscurecimiento de Estados Unidos”. Era una señal de que Donald Trump es el hombre que detendría todo eso y mucho más. Era una promesa de campaña implícita para un mayor número de personas que desprecian la “corrección política” y anhelan un retorno a una época en la que puedan expresar abiertamente sus prejuicios o desprecio por los negros, latinos, mujeres, gays y todos los “otros”. Al burlarse de un reportero discapacitado, Trump proporcionó un modelo de hasta dónde se puede llegar para destruir las obligaciones de la corrección política.

Hacer de la nación entera un espacio seguro para la intolerancia fue parte de lo que  quiere decir con “Hacer a Estados Unidos grande otra vez”. Esta es una promesa de campaña que ha estado tratando de cumplir con sumo gusto y con políticas reales. La lista es larga. He aquí algunos ejemplos:

  • La cruzada de deportación.
  • Echar a los Soñadores a los lobos.
  • La prohibición a los musulmanes.
  • Prohibir a los militares reclutar a personas LGBT.
  • El fabricado ataque contra los jugadores de la NFL que protestan, la mayoría de ellos negros.
  • Y, posiblemente peor aún, nombrar a Jeff Sessions, que habla y actúa de manera racista, como fiscal general a cargo de la justicia, la inmigración y los derechos civiles. Típico de la actitud de Sessions con relación a los derechos es este reciente titular en el Miami Herald: “Directiva de Sessions Protege a los Objetores Religiosos por sobre los Derechos LGBT”. En los Estados Unidos al revés de Trump y Sessions, los prejuicios están protegidos cuando ellos discriminan.

Lo mejor de todo esto para Trump es que, al tiempo que hace que Estados Unidos sea seguro para odiar otra vez, es parte de un cálculo político deliberado y funciona tan bien porque mayormente también es sincero. El prejuicio y una extraña ausencia de empatía forman parte del ADN de Trump. Un ejemplo de ello es la reacción de Trump a la devastación ocasionada por el huracán María en Puerto Rico. La respuesta de emergencia fue tal vez más patética que la de George W. Bush a Katrina. La rapidez y el alcance de la campaña de asistencia fueron muy inferiores a lo que se necesitaba como mínimo.

El contraste en la respuesta federal a Harvey en Texas es enorme. Lejos de mostrar alguna simpatía o disculparse por el pésimo desempeño, casi se le rompen las manos por aplaudirse tanto a sí mismo, reprendió a los puertorriqueños por “echar a perder un poco nuestros presupuestos” (como si Puerto Rico hubiera provocado su propio desastre), denigró y humilló a los puertorriqueños diciendo ellos querían que se lo hicieran todo en vez de hacer más ellos mismos. Fue un brillante desempeño de avaricia, prejuicio y desprecio, incluido el lanzamiento por el presidente de rollos de toallas de papel a los habitantes de una ciudad sin electricidad ni agua y poca comida. ¡Que coman papel! Típico de Trump.

A diferencia de lo que dijo el presidente Trump, Puerto Rico fue un verdadero desastre y no una buena noticia, como dijo uno de sus ayudantes. Pero también hubo buenas noticias. Hubo reportajes excelentes que mostraron las terribles realidades y revelaron las mentiras de Trump. Y luego, lo mejor de todo, fue el surgimiento de la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, como una figura de coraje, audacia y desafío frente al mayor abusador del mundo.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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