Masacre en Las Vegas: contar las víctimas; negar las causas

Mientras escribo este lunes por la mañana, después de dejar para otra vez lo que iba a ser mi columna de hoy (una apreciación del heroísmo y la solidaridad del pueblo de México en respuesta al reciente terremoto), el número exacto de víctimas de la masacre de Las Vegas el domingo por la noche, que ya es el peor tiroteo masivo de la historia de Estados Unidos, aún no se ha determinado.

Lo que está claro es que este es sólo el más reciente y más sangriento en una larga lista de homicidios masivos hechos en casa por medio de armas de fuego, una pesadilla recurrente que ha golpeado a escuelas primarias, campus universitarios, cines, trenes e incluso lugares de comida rápida.

Vi la cobertura noticiosa en el programa “This Morning” de CBS, desde poco después de las 7 hasta las 10, cuando la emisora pasó a un programa de concurso. Los conductores y los reporteros aparentemente cubrían todos los hechos y posibilidades conocidos. O casi: No fue hasta las 9:48 que escuché que se mencionaba por primera al aire vez la frase “control de armas de fuego”. Luego fue invocada por el corresponsal de la cadena en la Casa Blanca, especulando acerca del tema del próximo discurso del presidente Donald Trump a la nación.

Algunos silencios hablan más que palabras. Este silencio no es el silencio solemne del monasterio; es el silencio del miedo y la frustración. Una y otra vez, el expresidente Barack Obama experimentó la tristeza que estos eventos evocan, y nunca se cansó de consolar a las víctimas o de hablar acerca de las armas y su papel clave en estas tragedias.

Pero no podía hacer nada al respecto. Cada vez que abordó la cuestión de las armas de fuego, Obama se topó con muros de ladrillo. La NRA (Asociación Nacional del Rifle) y su cobarde compinche, el Congreso de Estados Unidos; el actual derechista Tribunal Supremo de Justicia de Estados Unidos y su disposición a elevar la Segunda Enmienda, un anacronismo diseñado para una era de armas de un solo disparo y tiránica regla imperial, a un derecho individual básico.

La cobertura de los asesinatos múltiples en Las Vegas proporciona otra pieza del rompecabezas en el corazón de la locura estadounidense acerca de las armas de fuego. El puro poder político de la NRA y la amplia veta de individualismo radical en la cultura estadounidense han creado primero la negación y luego un silencio ensordecedor acerca de la conexión entre las armas de fuego y el asesinato. En esta atmósfera de políticas de presión, negación ilusoria, cobardía política y el  entusiasmo fanático por las armas de fuego, hasta los medios de comunicación han sido intimidados y silenciados.

El péndulo político ha dejado de oscilar y ha sido atascado en un extremo por estas fuerzas. El arma de fuego es un tótem. El tema se ha resuelto en el máximo tribunal, en  la legislatura nacional, y ahora también en la Casa Blanca. Lo único que queda por hacer es temer a la siguiente masacre, contar los cuerpos y vendar a los heridos.

La razón fundamental –el individualismo radical–  para este terrible e irracional resultado en el tema de las armas de fuego también explica muchos de los males existentes en Estados Unidos en el primer cuarto del siglo XXI: niveles vertiginosos de desigualdad económica; la voluntad política de aumentar aún más la desigualdad mediante una reducción de impuestos para los muy ricos disfrazados de reforma tributaria; el hecho de que muchos no consideran la atención médica (y no la posesión de armas) como un derecho humano, y la consiguiente falta de voluntad de emular a todos los demás países ricos y sabios en el mundo en cuanto a la prestación de servicios de salud para todos. Por último, el individualismo radical hace todo lo posible para explicar la suma de todos los males: la loca ascensión de Donald J. Trump a la presidencia en 2016.

De nuevo al tema de las armas. No es que, en teoría, no se pueda hacer nada para controlarlas. Para comenzar, se puede abolir la segunda enmienda. La enmienda ha sido mal interpretada por una pequeña mayoría del Tribunal Supremo. Se utiliza como una patente de corso por los cabilderos de las armas de fuego, adoradores de las armas y demagogos políticos. Es un anacronismo evidente. Pero señores, mencionen el tema de abolirlas y desearán no haber nacido jamás.

¿Qué queda? He aquí una idea maliciosa. Alguien con las credenciales apropiadas podría publicar un artículo en un prestigioso medio de comunicación, como la revista The New York Times Magazine del domingo, y argumentar que el amor por las armas de fuego es un síntoma de homosexualidad profundamente reprimida. Yo no sé si eso es cierto, pero es creíble. Debido a que involucra el sexo transgresivo, la noticia será reproducida por las publicaciones menores en la cadena alimentaria de los medios de comunicación, y será ampliamente discutida en programas de entrevistas y a la hora del café en la oficina. Esto sería un guijarro en el zapato de cada adorador de armas de fuego, que también es un homófobo, una intersección que, sospecho, es sustancial. Se lo merecen por ser tan buena gente.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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