¡Tiene el mundo quien tiene el poder de poner sobre los niños las primeras manos!

José Martí

LA HABANA. Diana y Alejandro no se conocen. Ella está ya en la universidad y él comienza en noveno grado. Aunque han estudiado en escuelas diferentes, en distintos municipios, tienen una experiencia común.

“Mi año fue el del fraude”, afirma Diana, como si hablara de una marca a fuego. Era 2014 cuando se filtraron las pruebas de ingreso a la universidad, y hubo que repetir el examen de Matemática y cambiar los de Historia y Español.

En esas cuatro horas se baraja, se apuesta, se gana o no el futuro. Diana recuerda que antes de sonar el primer timbre ya había alumnos preguntando si podían entregar la prueba. “Saqué 88 y me quería morir, y sin embargo había gentes, que nunca en la vida estudiaron, con 90 y pico o 100 puntos”.

Para ella eso fue la guinda del pastel, la cúspide de un fenómeno cotidiano, “que no era público, pero todo el mundo lo sabía”. Y es ahí donde su historia se junta con la de Alejandro, tres años después.

Antes y ahora resulta normal que los profesores de la escuela luego den repasos particulares, a los mismos estudiantes. Dicho sea de paso, una práctica fustigada en la prensa nacional.

Escenas lamentables

“Yo me quedo asombrada: aquí vienen muchos alumnos con conocimientos erróneos, dados por los profesores. No todos se preparan bien”, narra Hilda, profesora jubilada que imparte clases particulares. “¿Por qué han aumentado los repasos? Porque dan clases ‘de a medio’, y después ponen pruebas ‘de a peso’”.

Según Diana, el repaso viene a ser casi un pretexto para crear la relación, el “entrar en confianza”, que luego garantiza —de forma tácita— obtener buenas notas. “No es que no necesitara el estudio extra, pero la otra parte era más importante”, reconoce. También se estila hacer regalos, ofrecer almuerzos y meriendas. Alejandro coincide en que esto ocurre más con las materias “duras”: Matemática, Física, Química…

Un secreto a voces supone ciertos riesgos. “Algunos lo saben y no se quieren involucrar, aunque de alguna manera chantajean o presionan al profesor”, explica Alejandro. Por ejemplo —aclara Diana—, “el chiquito más ‘barco’ del aula sacó 100 una vez. Yo sabía que me había equivocado en un detalle, pero tuvieron que ponerme el máximo. No dije nada, pero me lo tenían que dar, porque cómo Frank Ernesto va a sacar 100… Era muy, muy evidente”.

Por supuesto que esta situación genera roces, momentos incómodos entre los propios alumnos. “Después que dan los resultados, cuando se va el profesor ‘explota’ el aula —cuenta Alejandro: empiezan con las indirectas de ‘aquí hay gato encerrado’, o ‘aquí hay gente que pagó por la nota’”. “Esta tú no la tienes, ¿no?”, le dijo desafiante un muchacho a otro, antes de empezar una prueba en el aula de Diana.

Cuando no hay nada que hacer, los compañeros de Alejandro dramatizan las situaciones, e imitan a un alumno pagando al profesor, o a este recordando que no falten al repaso. “Es como para pasar el rato. Y todo el mundo se ríe, porque saben que es verdad”.

Algunas anécdotas son más escabrosas. En el preuniversitario de la prima de Diana, se cobraba un CUC por cada pregunta escrita. A la hora de los exámenes puede haber tarifas, de acuerdo con la nota que se quiera conseguir.

“El profesor simplemente no da la clase —agrega Alejandro—. Llega y dice: saquen los teléfonos, y guárdenlos cuando toquen la puerta. Después, para recuperar el tiempo, te ‘encienden’ en los turnos libres”.

En su aula ha ocurrido que en medio del examen el profesor llega y lee todas las respuestas. “Normalmente termino bastante rápido, aunque por instinto reviso si lo tengo como él dijo, y si hay algo mal lo rectifico”. Esta escena tiene una versión tan o más lamentable, si cabe, cuando una profesora, siempre la misma, indica: “saquen los ‘chivos’, yo les aviso si entra alguien”.

A pesar de todo, Alejandro señala que por lo general son buenos profesores. “En el repaso se esfuerzan más por explicarte, pero cuando te dan clases, entiendes”.

Otro caso: “Tú escribías cualquier cosa en la prueba —relata Diana—, no hay problema: después la volvías a hacer solo con el profesor. A la hora de reclamar, si venía un jefe, pues le enseñaban la prueba limpia, de tu puño y letra, pero con lo que te dijeron que escribieras”.

Quienes participan no son mayoría

¿Qué lleva a un profesor a ensuciarse las manos —y el carácter— de esta manera? ¿Cómo un alumno se salta su deber elemental, y paga, como si comprara cualquier cosa?

Por un lado, salarios estrechos y pocas oportunidades de pluriempleo; además de que la cantidad de suspensos afecta la evaluación de los docentes. “No todo el mundo tiene las condiciones para entregarles estudiantes, para formar una generación —argumenta la profesora Hilda—. Porque mi salario puede ser bajo, pero tengo que tener principios”. Aunque el problema parece extendido, quienes participan no son mayoría, señala.

Ciertos datos confirman lo poco grato del trabajo de los profesores. Desde el curso 2011-2012 hasta 2016-2017, el país ha perdido 21 mil 285 maestros, de acuerdo con el Anuario Estadístico de Cuba 2016. El indicador “Personal docente frente al aula por educaciones”, muestra que, de seis años hacia acá, hay cinco mil 63 profesores menos en el preuniversitario, y seis mil 177 que ya no están en la secundaria.

“Si alguien suspende los padres lo regañan, le quitan el celular, no lo dejan salir… y como nadie quiere eso, sencillamente pagan —argumenta Diana—. No por pensar en su futuro, ni en el escalafón; ya es por vicio. Toda esa gente que pagó, ¿tú crees que les sirvió de algo?”. Si hubiera que repartir culpas, a la familia también le toca su dosis.

Diana tiene 21 años y Alejandro 14. Tras andar un camino torcido, con trampas y falsos atajos, parece difícil hablarles de valores, de la dedicación y el esfuerzo como vías para triunfar. Por más que sean buenos estudiantes, cabe incluso la duda sobre cuál hubiera sido su desempeño en condiciones honestas.

En la facultad, la profesora de Cálculo, insultada, contó que dos alumnos de primer año le hicieron la “proposición indecorosa”. “Acabados de entrar, imagínate, se creen que es la misma ‘movida’ del pre”, remata Diana.

Alejandro resume la situación con una sabiduría mayor que su edad: “Sé que no es correcto… pero es lo normal”.

Estas historias le quitan brillo a una reputación merecida: los maestros cubanos –como los médicos- son verdaderos héroes. Detrás de cada éxito de este país, está la buena formación que ha recibido su gente. Si la corrupción, esa enfermedad —como bien la describiera hace poco el periódico 5 de Septiembre—, ha llegado hasta las aulas, es porque también está en otros ámbitos sociales; porque el contagio es su naturaleza.

En virtud de esa educación —uno de los pilares del proyecto nacional—, lo normal y lo correcto deberían significar estrictamente lo mismo.

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