La decadencia del discurso de Trump y sus peligros

LA HABANA. Ya la ONU no es el lugar para escuchar a grandes estadistas. El patrón de la política mundial es la falta de vuelo de las ideas y de valentía para expresarlas. También es cierto que Estados Unidos nunca se ha caracterizado por la calidad de sus tribunos, Kennedy y Obama fueron la excepción en una larga lista de oradores sin sustancia ni originalidad.

Pero Donald Trump ha sobrepasado todos los estándares de la mediocridad. Su reciente discurso en la ONU asusta por la superficialidad, ya que detrás del desprecio a la inteligencia ajena viene la fuerza bruta y eso sí le sobra a Estados Unidos. Tal parece que hablaba en Wichita y, a los efectos prácticos, efectivamente estaba en Wichita, porque le importa un bledo lo que piense el mundo.

Trump volvió al discurso más elemental de la Guerra Fría. Imagino que muchos de los más jóvenes habrán tenido que volver a sus libros de historia -o mejor a Internet- para enterarse de lo que fue el Plan Marshall. Y qué decir de su extemporánea crítica al socialismo: alguien debió mirar al escaño ruso, para ver si encontraba allí el fantasma de la Unión Soviética.

El centro del discurso fue la promoción del miedo. El que generan las fuerzas malévolas que actúan contra Estados Unidos y el que Estados Unidos esparce por el planeta, cuando habla de defenderse de estas fuerzas. Parece que Trump pretende convencernos de que la soberanía de Estados Unidos se encuentra amenazada y arremete entonces contra la soberanía de todos los demás, porque “America First”.

Ensalzó todas las guerras estadounidenses, hasta la de Vietnam, y trató de vendérnoslas empaquetadas en la retórica del heroísmo y el desinterés de los soldados norteamericanos. No recuerdo a ningún presidente de Estados Unidos que se ufanara en la ONU de propiciar el presupuesto militar más grande de la historia. Precisamente cuando el resto de las delegaciones habla de paz y acaba de aprobarse una Convención para la prohibición de armas nucleares, que demoró veinte años de negociaciones.

El tema migratorio es uno de sus preferidos y lo abordó con la lógica aplastante de la represión, sin tener en cuenta causas y consecuencias. Una de las características más chocantes de Donald Trump es su incapacidad para transmitir sensibilidad por los problemas humanos, incluso cuando lo intenta, y lo intenta poco, porque su visión del poder está relacionada con la arrogancia y la bravuconería.

Debió haberse sentido más cómodo cuando alardeó de la capacidad norteamericana de borrar Corea de Norte de la faz de la tierra, al amenazar a Cuba y Venezuela, incluso cuando, en los términos más groseros, recordó a la ONU que el que paga manda.

Una de las declaraciones más llamativas que hizo Donald Trump al asumir la presidencia, fue que no iba a tratar de imponer el sistema y los valores norteamericanos al resto del mundo.

Tal parecía un rompimiento absoluto con la cruzada neoconservadora de la época de Geoge W. Bush, así como un distanciamiento con los presupuestos ideológicos del “smart power” de Obama, lo que podía ser interpretado como una disminución del intervencionismo estadounidense en el mundo.

Obviamente no fue así, sino una manera mucho más elemental de justificarlo: lo que se pretende es que el mundo contribuya, a las buenas o las malas, al sostenimiento de este sistema en Estados Unidos. Al menos hay que agradecerle la sinceridad.

La política de Trump se concreta en el Congreso y cuenta con el apoyo de una masa crítica que, aunque minoritaria, fue suficiente para elegirlo. Cuando habla ante la ONU o en cualquier parte, estamos viendo a un Estados Unidos que no es glamoroso y avanzado, sino el que incuba odios de todo tipo y aspira a que su presidente “represente sus intereses” a toda costa.

El chovinismo norteamericano no tiene su origen en Donald Trump, pero se ha exacerbado a niveles que se acercan al neofascismo. Cuando Trump indulta al sheriff de Arizona Joe Arpaio, lo hace en la conciencia de que será de la complacencia de muchos verdugos en potencia, que actúan inspirados en la más brutal xenofobia, no importa que asistan a la iglesia todos los domingos.

Ese es el verdadero peligro que estamos enfrentando, incluso los propios norteamericanos.

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